Opinión

Yves Debroise, el profesor

Actualizado el 11 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

La gratitud hay que expresarla. De lo contrario, es como si no existiera

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Yves Debroise, el profesor

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La gratitud es el sentimiento más cercano a la felicidad. No solo condición de su posibilidad, sino vivencia consustancial con esta. Pero la gratitud hay que expresarla. De lo contrario, es como si no existiera. Nada tan vil como un ser humano estreñido a la hora de dar las gracias. Buena cosa es, supongo, darle gracias a Dios por la vida. Pero esta gratitud será siempre diseminativa.

Yo quiero ser muy concreto. Hablar de un hombre. De un profesor. Monsieur Yves Debroise. Alguna vez maestro, ahora… ¡pues ahora también maestro! Once a teacher always a teacher, dicen los americanos. Así que el pobre Yves está condenado a ser mi profesor. No es una opción; es un estigma.

La diferencia es que ahora es un amigo-profesor, y ello no hace sino enriquecer nuestra relación. Nos enseñó francés y literatura francesa durante un trimestre en sexto grado (en una pequeña aula que no era otra cosa que un viejo granero, cuando el Liceo quedaba en el Paseo Colón), y siguió guiándonos en las mismas asignaturas en tercero, cuarto y quinto año de la secundaria, en Concepción de Tres Ríos.

Cualidades. ¿Por qué lo recordamos con afecto todos aquellos que fuimos sus alumnos? Lo diré, pues de lo que voy a puntualizar se desprende un perfil humano y pedagógico que muchos profesores harían bien en imitar.

Uno: Yves era un hombre profundamente respetuoso de la integridad humana de sus estudiantes. Nunca humilló ni expuso públicamente a nadie.

Dos: ¿cómo no querer a alguien que manifestaba tal respeto por la diferencia y la especificidad humana de sus alumnos? No tardaba en cono-cernos, mucho más hondamente de lo que creíamos. Disfrutaba de esta heterogeneidad, lo divertía y fascinaba. Nos leía, nos estudiaba con exactitud de sicólogo, pero, sobre todo, con la curiosidad que genera naturalmente el cariño. Era lo que Montaigne hubiera llamado un “amador de vidas”.

Tres: tenía un sentido del humor que no se sustentaba en la mofa o el sarcasmo. Nunca lo vi reír a expensas de nadie, o si alguna vez lo hizo fue sin sorna, benévolamente. No dark sarcasm in the classrooms, exigen, de manera amenazadora, los niños rebeldes en Another brick in the wall, de Pink Floyd.

Cuatro: había en él malicia ( espièglerie ), pero nunca malignidad. Su bonhomía, su andar lento de oso amodorrado, con una ligera renquera de la pierna izquierda y su barba rojiza, que exhibía como escudo de armas de su nacionalidad bretona, su corpulencia de aire austero y majestuoso sin ser nunca intimidante… todo en él rezumaba serenidad, aun cuando, como todo ser humano, sus tormentas llevaría por dentro.

Cinco: amaba a las mujeres, y no lo ocultaba, no por lo menos a mí. Según yo, eso basta para hacer a un hombre adorable. Era respetuoso y discreto, empero, jamás caía en la salacidad. Siendo proclive a la voluptuosidad y, a todas luces, un bon vivant, era incapaz de vulgaridad.

Seis: daba sus lecciones a ritmo lento, pausado. No escondía su tedio cuando tal era el caso, y ciertamente no reprimía su entusiasmo cuando alguno de los textos analizados lo encendía. A todos nos parecía magnífico: ¿por qué tiene un profesor que maquillar su ocasional pereza, fatiga o falta de inspiración? ¿Quién mejor que nosotros podía entender esas intermitencias? No era una traición a su misión pedagógica era… ¡pues era pereza, merde!

Siete: sabía distinguir perfectamente la autoridad del autoritarismo. En cuatro años no recuerdo haberlo visto sacar a alguien de la clase, reprender con acritud a nadie o emitir órdenes con voz tonante de soldado prusiano.

Ocho: siempre se sumaba a las polvorientas y desmañadas “rondas” que los alumnos improvisaban al final de los aburridísimos discursetes, izas de bandera y desfiles estudiantiles del 15 de setiembre, día de la independencia patria. Después del último himnillo, los estudiantes tomaban por la mano a Yves y lo hacían girar en una ronda que levantaba un simún en todo el patio.

Otros profesores eran también succionados en el fatídico vórtice, pero él lo hacía de buena gana y no como si lo estuviesen lanzando a la gehena. Alguna vez lo vi también aporreando una piñata a ojos vendados, aceptando hacer el ridículo momentáneamente, y no logró con ello sino ganarse aún más nuestro cariño.

Nueve: Yves tenía “el fuego sacro”. Ilustraba a la perfección el dictum de Montaigne: “enseñar no es llenar un vaso, sino encender un fuego”. No quería hacer de nosotros pozos de ciencia y sabiduría. Para volver a Montaigne, consideraba que era mucho más importante “una cabeza bien formada que una cabeza bien llena”.

Diez: era un entusiasta que sabía transmitirnos su entusiasmo. Un entusiasmador nato: he ahí la mejor manera de definirlo. Cada vez que comentaba un texto cercano a su corazón, sonreía, aceleraba el ritmo del discurso, exponía el impacto y la resonancia que el fragmento en cuestión había tenido en su vida.

Nunca habló únicamente del texto. La suya era siempre una crónica de su relación personal con este. La diferencia entre una y otra actitud es radical. La primera es una lección; la segunda, un testimonio. La primera puede ser una exposición formalmente irreprochable; la segunda, un contagio emocional. La primera cumple con un programa preestablecido; la segunda, una misión humana que por mucho desborda las marcos académicos sin por ello ignorarlos. Yves era un hombre que hacía amar aquello que amaba. ¿Qué más se le puede pedir a un profesor?

Once: todo lo anterior puede resumirse en una palabra. El problema es que ha sido tan traída y llevada, tan erosionada, que por poco se ha desemantizado: decencia. Un hombre decente, sí, eso es Yves. Decencia significa respetar al otro, respetar la alteridad, respetar su especificidad como ser humano, aun cuando no nos resulte particularmente grata.

Muestras de agradecimiento. Bueno, y ese es Yves Debroise. Hoy, es mi amigo. Además, soy el padrino de su hija menor, Ysé. He tratado de honrar a Yves dedicándole un libro y mencionándolo en un par de articulillos. Eso no es nada, absolutamente nada contra el don de Molière, Pascal, Beaumarchais, Lamartine, Hugo, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, los iconoclastas Charles Cross, Alphonse Allais y Alfred Jarry, el perturbador Beckett… un poquito de Proust –lo que juzgó que nuestras enzimas espirituales podrían asimilar–.

Yves tenía un profundo conocimiento de la variopinta sicología del adolescente. Sabía perfectamente qué cosas nos desvelaban, nos hacían suspirar y mirar a menudo por la ventana, la razón de nuestro poco decorativo acné, ¡en fin! de toda esa suma de fervores e infortunios que constituyen el período más torpe y errático de nuestras vidas.

Sí, es bella la gratitud. Perfuma la vida, la hace más tolerable, se acerca tanto al amor que por poco podría decirse que son lo mismo. Gratitud, junto con perdón, las palabras claves, los ejes morales que sostienen este mundo devenido tan opresivo e inhóspito.

El autor es pianista y escritor.

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