Opinión

¿Votos botados?

Actualizado el 10 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Es tan fácil hacer votos a principios de año, prometer que “este año sí” dejaré de fumar, “este año sí” terminaré el bachillerato, seré fiel… Parte de la cuesta de enero es que cuesta creer cómo la gente se auto-engaña con escoba nueva… en la cabeza. Cuando yo era estudiante de la Universidad de Lovaina (la misma de Jorge Volio, Arnoldo Mora, Javier Solís y un largísimo etcétera), cantábamos que “los años de estudio pasan”, pero mentira: conviene seguir siendo estudiante toda la vida.

Pasa que uno, por viejo más que por diablo, se va dando cuenta, cada vez más, de que la gente en realidad no cambia. Y, si hay evolución, progreso que le llaman, es en la tecnología sobre todo, pero, como lo expresa Carlos Fuentes, por lo demás, hay “cambio de piel”.

Me preocupa, además, que quizá vayamos para atrás y mis votos de real adelanto humano, por dentro, quedarán botados. En los últimos días, en este mismo matutino leo a Putin, sí ese mismo de la KGB, haciendo reflexiones sobre lo moral: que el comunismo se basaba en la estructura mental de la Iglesia ortodoxa, con el no matarás, no robarás, la solidaridad, etc. Claro, digo yo, a todo le ponían topping “tavarich”: camarada por aquí, camarada por allá.

Y leo el interesante libro China Road , de Rob Gifford (la ruta de seda, pero en versión posmoderna): el confucianismo, que en tantos episodios dio las bases morales para varios capítulos de grandeza de los chinos, ahora queda como camisa grande; todo queda simplificado a lo que ilustra ese horrible anuncio que aquí ya comentó la colega: “Quítate, que voy”. Allá, la misma cuestión de semántica, ahora con ketchup de ellos: progreso por la vía china, pero se descubre cada tremendo desequilibrio, corrupciones a granel (“de dónde sacó la plata para ese BMW”, se pregunta Gifford respecto de aquel nuevo rico).

En todas partes están debilitándose las bases profundas de lo humano-con-espiritualidad en función del “lobo” que ya describían los romanos o el rapaz que vemos todos los días. En la civilización occidental, incluyendo la Iglesia ortodoxa hacia la que parece mirar con nostalgia Putin, prevalecía una estructura de voluntad, claro, con miedo, muchas veces. Pero aquel Dios en la nube que nos enseñaron se voló en añicos: el primer astronauta ruso argumentó que no lo había encontrado por allí, sentado en su trono. Sí, miedo, como en Dostoyevsky, que urgía por una diferencia entre bien o mal, establecida por una autoridad superior.

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Mis votos, ¿botados por el viento? Me quedo con mi amigo Erasmo, el eterno estudiante: hay un Dios en nosotros, reencarnado. Su modelo vivo de comportamiento –no solo el maniquí, muerto– está ahora en ese Francisco que enseña cómo resistir a los vendavales de las promesas fáciles no cumplidas (dando a uno crédito en cómodas cuotas: no les de crédito usted). Entre todos construyamos un mundo también con trascendencia. Mire que “tu interior” (como reza aquella publicidad) no está solo en tu calzoncillo nuevo (cómo no: amarillo por si acaso). Voto por plus ultra: más está en nosotros, en todas partes.

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