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Volkswagen y las empresas B

Actualizado el 28 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

El dilema empresarial de la responsabilidad resuelto con una idea inversa a la práctica

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Con estupor nos hemos enterado de que la empresa más respetada de Alemania, Volkswagen, ha hecho algo que, a todas luces, parece ser absolutamente descabellado: desarrollar un sofisticado software e instalarlo en cientos de miles de autos para violar las normas ambientales de Estados Unidos.

Que Volkswagen haya tomado semejante decisión desafía toda lógica y nos lleva a concluir que no puede ser más que el resultado de la combinación perversa de dos factores: la codicia y la estupidez.

Pero también nos obliga a preguntarnos si esto será el resultado de alguna extraña anomalía sufrida aleatoriamente por algunos individuos en alguna empresa o será que el contexto mismo en que operan casi la totalidad de las grandes compañías del mundo conspira para que actúen de manera ilegal, ilógica y francamente estúpida.

El mismo marco legal en que operan, ¿las empujará de algún modo a actuar de manera irresponsable?

Cambio de mentalidad. Hace ya algunos años Jay Cohen se hizo la misma pregunta. Había vivido en carne propia el dilema: ¿Ser rentable o ser responsable?

Jay fundó una empresa de productos deportivos especializada en básquetbol . Y tuvo éxito. Tanto, que llevó a su compañía a la bolsa de valores y se hizo pública. Lo que significa que su operación queda sujeta a un estricto y claro marco legal cuyo propósito último es, comprensiblemente, proteger a los accionistas.

Y lo que los accionistas quieren, por encima de todo, es rentabilidad y, además, a corto plazo.

Jay es un tipo responsable. Se preocupa por las personas y por el planeta. Y en la gestión de su empresa quiso ser consecuente con sus valores y principios.

Pronto se dio cuenta de que tenía un problema: el llamado “deber fiduciario”. En virtud de ese deber, la obligación de todo ejecutivo de una empresa pública (cotizada en la Bolsa de Valores) es maximizar el retorno para sus accionistas cada tres meses.

En una agradable conversación que tuve con él, en Santiago de Chile, Jay me contó que cuando decidía hacer una inversión para, por ejemplo, reducir el impacto ambiental o mejorar las condiciones de salud y seguridad, sus abogados le advertían que esas mejoras no eran requisito legal, y que, por tanto, accionistas podían demandarlo porque perjudiciaría las ganancias esperadas.

Entendió que la responsabilidad social empresarial (RSE) tiene un límite legal. Decidió entonces que era hora de que existiera un nuevo marco legal.

Vendió su empresa y, en vez de irse al desierto a concretar su idea, vino al bello bosque lluvioso de Monteverde en nuestro país. Ahí, inmerso en la feraz selva tropical, concibió un nuevo tipo de empresa; una que, en virtud de un nuevo marco legal, revirtiera la lógica perversa que lo atormentó anteriormente.

En esta, los accionistas demandarían a los ejecutivos si estos causaban daño a las personas y al planeta en la búsqueda de rentabilidad.

La nueva empresa, pensó Jay, no solo tiene que generar utilidades, tiene también que ser benéfica para la sociedad; y por eso la llamó B Company; la empresa B.

Si Volkswagen hubiera adoptado el nuevo marco legal y se hubiera convertido en empresa B, a nadie jamás se le habría ocurrido utilizar el talento, la experiencia, la creatividad y los inmensos recursos de que dispone para desarrollar un sofisticado sistema para violar la ley, contaminar más el medioambiente y dañar la salud de las personas.

No habría sentido la enorme presión de maximizar resultados a corto plazo. Hay una perversa lógica subyacente que es sistémica; y que finalmente se expresa en conductas de individuos que son eventualmente castigados.

Pero la lógica misma permanece intacta. La empresa B se sale de esa lógica. Jay entendió que el problema solo se puede resolver en un nivel superior a aquel en que se creó.

Primeros pasos. El movimiento de empresas B en el mundo es aún incipiente. La mayoría son pequeñas y medianas, aunque recientemente una enorme compañía brasileña, Natura Cosméticos, se declaró empresa B.

En Santiago de Chile se creó Sistema B, una organización sin fines de lucro dedicada a promover empresas B en Sudamérica. Hemos iniciado los primeros contactos para que también las promueva en Costa Rica.

Trataremos de traer a Jay el año próximo para que nos hable del nuevo movimiento empresarial que creó en el mundo. Y, por supuesto, lo llevaremos al majestuoso bosque lluvioso de Monteverde, donde todo empezó.

Miguel Martí es comunicador.

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