Opinión

Vive y aprendes

Actualizado el 01 de agosto de 2013 a las 12:01 am

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Live and learn, dicen allá por el norte. Por aquí, en referencia a lo mismo, decimos: “más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo”. En efecto, cada día que pasa algo se aprende. Lo que hay que evitar a toda costa, como prevenía un amigo, adulto mayor, es que se le llene el cerebro y que cada nueva idea desplace una vieja. Por dicha –y ha sido confirmado por la ciencia– los problemas del tipo Alzheimer tienden a reducirse si la persona pospone la edad de su jubilación. Órgano (el cerebro entre ellos y sé que los lectores tendrán en mente otros más) que no se utiliza, se atrofia, sentenciaron los darwinianos.

La historia que quiero relatar tiene que ver con política económica. Primero, conviene recordar que los fundamentos de la Economía (por ej., no comprar A si cuesta el doble que B y no ofrece el doble, o más, de satisfacción) los conoce desde tiempos inmemoriales todo aquel que se desempeñe como cabeza de familia. En el griego antiguo la palabra oikonomia significó, precisamente, administración eficaz de la casa ( oikos ).

Sin embargo, quienes comenzaron a formalizar el estudio de la disciplina que nos ocupa, notando que de ello se podrían extraer conclusiones de interés normativo, de política pública, la llamaron Economía Política, no Economía a secas.

A mediados del siglo XVIII un economista y clérigo de nombre Robert Malthus postuló que, en el planeta, la población tendía inevitablemente a crecer más rápidamente que la producción de alimentos y, por ende, el hambre y la miseria humana eran inevitables. Para los malthusianos, las guerras, las pestes y los huracanes, entre otros, no dejaban de cumplir una función social. (¡Un personaje neo-malthusiano de la novela Inferno, de Dan Brown, cree que el mundo enfrenta hoy un escenario de sobrepoblación y que procede, desde ya, tomar medidas selectivas para reducir en un tercio la población total! ¿Cómo? No les voy a decir).

La teoría de Malthus llevó a Thomas Carlyle a llamar a la Economía "la Ciencia Lúgubre" ( Dismal Science ). Pero, como veremos, también ella tiene su lado simpático.

Hace unos días, en el boulevard situado entre el Colegio de Señoritas y el Ministerio de Hacienda, en San José, observé que un librero se aprestaba a abrir su compra-venta de libros usados y decidí entrar a ojear el material que ofrecía. Estas ventas me encantan, pues no sabe uno qué puede encontrarse en ellas (“Los mejores 30 tangos de Gardel”, “El liberalismo es pecado”, “La novia secreta de Hitler”, “Cómo distinguir un carraco de un pato”…). Al revisar la oferta encontré un libro viejo (no antiguo, que son los que más me gustan) titulado Reforma fiscal en los países en vías de desarrollo. El libro en sí no tenía mucha novedad desde el punto de vista técnico. Lo que encontré interesante, y que llevó a la reflexión con que concluyo este escrito, fue la sección donde estaba ubicado: “Cuentos”.

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Quizá tenga razón el tendero: eso de “reforma fiscal” en nuestros países tiene mucho de cuento. Mucho se dice y poco, o nada, se convierte en realidad.

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