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Visión y aporte de Seymour Papert

Actualizado el 24 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Papert comprendió bien que vivimos tiempos de un “pluralismo epistemológico”

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Seymour Papert partió. La noticia de su muerte me produjo una emoción profunda que pronto se volvió nostalgia y presencia. Lo había conocido como líder, mentor y guía, como aliado en múltiples batallas, como profesor y amigo. Casi sin proponérselo, él había creado una amplia comunidad de pensamiento, prácticas, sueños y valores. Como muchos, había enlazado mi labor de largos años a sus ideas y a su estrella. Por eso su partida representaba una ruptura dolorosa.

Ansiosamente, busqué con el “ojo de la mente”–como diría el poeta William Wordsworth– los rostros y los nombres de una constelación de amigos, colegas y colaboradores suyos que, en asocio con el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), se vincularon a su revolución y a su campo magnético, aunque cada uno de ellos desplegaba su luz y transitaba una órbita propia. Al igual que Papert, muchos de ellos tuvieron un impacto en mi visión del mundo y en mi vida, como también lo tuvieron en el quehacer de decenas de otros costarricenses con los que se relacionaron a lo largo de ya casi tres décadas.

Era imposible no pensar en Nicholas Negroponte, Marvin Misky, Mitch Resnick, Brian Silverman, Steve Ocko, Marilyn Schaffer, Fred Martin, David Cavallo, Cynthia Salomon, Idit Harel, Edith Ackerman, Jacqueline Karaaslanian, Allan Kay, Sherry Turkle, Michael Temple, Michael Quinn, Paula Bontá y tantos otros. Era imposible no recordar a Suzanne Massie, su esposa, y Artemis Papert, su hija.

Todos ellos fueron parte de su mundo y su obra. Todos contribuyeron, de distintas maneras, a materializarla, desarrollarla y divulgarla. Cada uno lo hizo desde su perspectiva y con su estilo. La inmensa mayoría aún la enriquece y continúa, como lo hacen también muchos costarricenses.

Propositivo. Seymour, como solíamos llamarlo con inconmensurable afecto y sencilla reverencia, fue un hombre único, un ser de mente y corazón privilegiados. Fue profundo, creativo, audaz, propositivo. Careció de arrogancias. Fue amable, respetuoso y solidario. Se distinguió por su carisma y su energía transformadora, por su gran sentido del humor y su legendaria capacidad para olvidar el mundo circundante y centrarse en una idea o un problema.

Papert fue, ante todo, un pensador lúcido, penetrante y visionario. Jamás quiso ser tan solo un intelectual. Estaba convencido de que toda formulación abstracta exige un anclaje en lo concreto. Siempre unió la idea con la acción, el pensamiento con su impacto, los valores con la práctica. No debe sorprendernos que se autodefiniera como “un activista”. Imagino que esa es la forma como hoy querría ser recordado. Fue alguien que pensó y produjo, creó e incidió.

Amó la matemática y la computación. Una de sus más grandes pasiones fue, sin embargo, el aprendizaje. Lo intrigó siempre la génesis del conocimiento. Papert se preocupó por comprender las estructuras intelectuales que lo hacen posible y las condiciones que lo promueven de forma más estimulante y poderosa.

No es de extrañar, entonces, que dedicara tanta atención a temas de epistemología y educación, y que él y los suyos tuvieran una comprensión tan honda e inteligente de estos campos. Sus planteamientos se apoyaron en las concepciones de Piaget –uno de los grandes pilares de la cognición del siglo XX– con quien él trabajó e investigó en Suiza durante varios años.

A partir de aquella experiencia reinterpretó aspectos del trabajo de Piaget y consolidó una visión propia que con maestría ancló en el potencial cognitivo de la informática y lo digital.

Misión. Aportar a la educación fue una misión que se autoimpuso. Batalló como nadie contra el peligro asociado a la indiferencia y el hastío que genera la enseñanza tradicional y que aleja, de manera tan clara y contundente, a tantos jóvenes y adultos de los procesos formativos.

El instruccionismo, centrado en la mera transmisión de información, no es ya ni viable ni eficaz. Papert lo comprendió plenamente. La información no puede ser transferida de profesor a alumno como si fuera conocimiento prefabricado.

Sabemos que el conocimiento se construye y que se requieren modelos mentales para lograrlo. La creación de ambientes, situaciones y herramientas de aprendizaje, se vuelve crítica, por tanto, si se trata de fomentar aprendizajes que luego puedan traducirse en desempeños.

La educación debe vincularse a “ideas poderosas”, sostenía. Debe involucrar elementos de naturaleza multidisciplinaria, descubrimientos de la ciencia y desarrollos de la experiencia humana. El profesor de hoy necesita capacidad para generar condiciones que faciliten la comprensión. Los procesos cognitivos y las situaciones de aprendizaje deben articularse de manera orgánica, rigurosa y lúdica.

No es de extrañar, entonces, que Papert fuera el inspirador y líder de un pequeño grupo de científicos computacionales y especialistas en inteligencia artificial que desarrolló el Lenguaje Logo y que, desde el MIT, Papert laborara tan intensamente para crear herramientas que respondieran a esa necesidad.

Su gran labor estuvo, precisamente, en crear recursos y ambientes que hicieran posible aprender mientras se imagina, se inventa, se diseña, se disfruta y se crea.

Posiciones. La defensa de la programación como recurso para desarrollar la capacidad matemática, la lógica, y la imaginación creativa fue, quizá, una de sus más revolucionarias y controversiales posiciones. Desde su perspectiva, lo crítico nunca fue aprender a usar la máquina o facilitar el simple acceso a redes.

Se propuso, más bien, empoderar a niños, jóvenes y adultos para que, apoyados en los sorprendentes recursos tecnológicos, científicos y culturales de nuestro tiempo, pudieran desarrollar su potencial intelectual y sus capacidades personales.

Papert defendió sin tregua el poder transformador de la computadora como instrumento para crear contextos digitales y situaciones de aprendizaje en las que puede confluir “lo afectivo, lo estético, lo corporal, lo analítico y lo abstracto en una sola experiencia”, según apuntó en reiteradas ocasiones.

No cabe duda de que estos planteamientos resultaron particularmente útiles y atractivos no solo para los informáticos sino también para quienes tenían nexos con la educación, las humanidades y las ciencias sociales, muchos de los cuales tendían a mantenerse completamente al margen de los desarrollos computacionales.

Papert impulsó una agenda que permitió integrar las tecnologías más avanzadas a la actividad cotidiana de niños, escuelas y colegios del mundo, aun en los lugares más pobres y alejados, como ocurrió en Costa Rica. Lo hizo porque estaba convencido de que las computadoras son objetos con los cuales pensar – objects to think with – como solía decir.

Por eso luchó siempre contra el “reduccionismo tecnológico”, esa tendencia que nos hace renunciar a los usos más avanzados de las tecnologías digitales a causa de la miopía que, no pocas veces, impone el arrastre al presente de una trasnochada concepción analógica.

“Perestroika”. Papert comprendió bien que vivimos tiempos de “pluralismo epistemológico”. Sostuvo ingeniosamente que enfrentamos lo que podríamos llamar una “perestroika” en este campo. Los cambios tecnológicos y el conocimiento de hoy nos obligan a replantear nuestra comprensión de los procesos de cognición y aprendizaje. Nos exigen repensar la educación y reconsiderar los modelos mentales que la facilitan y los contextos en que esta ocurre.

Los sistemas educativos, las instituciones y los profesores no pueden quedarse atrás. Es imprescindible encontrar nuevas estrategias que nos permitan responder a esas necesidades. Es preciso ser sensibles a los perfiles cognitivos de los estudiantes, independientemente de su condición socioeconómica y de su entorno. La computadora tiene un papel poderoso en este ámbito, insistía. Quien enseña debe estar atento. También debería estarlo quien diseña aplicaciones, programas y recursos formativos.

Por su visión y su aporte, Papert marcó la vida y el quehacer de un número importante de líderes educativos y tecnológicos de los más diversos ámbitos y lugares del mundo. Influyó sobre el trabajo de organismos, instituciones y empresas.

Sus planteamientos, que una vez fueron altamente controversiales, ahora resultan cada vez más evidentes, como suele ocurrir cuando las ideas de un visionario empiezan a entrar en la corriente de las concepciones dominantes. Justo por eso no podemos ni debemos olvidarlo.

Seymour Papert se fue en forma definitiva después de diez años de ausencia obligada a causa de los efectos de un terrible accidente de tránsito en Hanoi, adonde había ido a dictar una conferencia.

Su aporte dejó una huella indeleble en Costa Rica, gracias a su labor y a su vínculo vibrante y prolongado con una institución extraordinaria –la Fundación Omar Dengo– y a los programas que ella realiza con el MEP.

Su trabajo benefició y sigue alcanzando a miles de educadores y a cientos de miles de niños, jóvenes y adultos de nuestro país. De esa contribución maravillosa queda mucho por decir.

La autora es exministra de Ciencia y Tecnología.

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