Opinión

Virus, globalización y sociedad

Actualizado el 01 de agosto de 2013 a las 12:01 am

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No se le dio voz ni voto en las deliberaciones y negociaciones establecidas entre los países para llegar a tratados comerciales o pactos de inversión, en especial los acuerdos sobre transportes, migración y aduanas; viaja entre fronteras sin realizar previamente los trámites de rigor en los consulados, embajadas y puertos aéreos y marítimos, y se traslada gratis de un país a otro, sin que le exijan mostrar su pasaporte. Se trata de uno de los seres más pequeños, a tal punto que su tamaño es una millonésima porción de la cabeza de un alfiler, circunstancia que le valió, junto a otros pares, que se creara una nueva subdisciplina llamada nanomicroscopía para conocerlo.

Además, ese microscópico ser permite que sea llevado en las manos, la boca o la nariz y en todo aquello que estas partes humanas toquen, prueben o respiren. Aunque tiene ascendientes, no se sabe el nombre de su padre y madre. Por eso, ha sido bautizado de una manera peculiar. A pesar de su pequeñez, es más fuerte que una persona, un conglomerado humano o una nación. No obstante su origen inicialmente inocuo, cuando se dispersa en la naturaleza a través del ciclo biológico e infecta a los animales que están cerca de los humanos y contamina a estos, si no se lo controla, es más potente, en cuanto a destructividad, que la ocasionada por muchas guerras convencionales, incluso la de una explosión nuclear. Un pariente suyo, la “gripe española”, mató en dos años, en 1918 y 1919, a 40 millones de personas.

Estamos hablando del virus de la influenza, tipo AH1N1, mejor publicitado como el agente causante de la “fiebre o gripe porcina”, y que tiene al mundo entero, otra vez, en estado de alerta, siendo nuestro país ya una víctima, pues tenemos unas seis muertes atribuidas a ese flagelo.

Este minúsculo organismo ha sido el culpable de que desde el 2009, cuando se presentó la emergencia en el mundo, varias ramas de la ciencia estén “dialogando” y rompiendo barreras que el especialismo positivista creó, tratando de aportar los conceptos y conocimientos de cada cual para comprender este fenómeno novedoso. De aquí que profesionales de la agronomía, veterinaria, biología, microbiología, virología, infectología, epidemiología, salud pública y demás personal sanitario, junto con las casas farmacéuticas, estén tratando de hallar la explicación acerca del cómo y dónde nació ese virus.

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Sin embargo, una “contribución” de ese virus es que reforzará, nuevamente, el concepto de la interacción social que fue introducido en el 2009: los saludos, abrazos y besos estarán siendo restringidos, con tal de evitar que el contagio se dé. En algún momento, esos gestos humanos, pero realizados “a la distancia”, podrían ser la norma que nos caracterice hasta que se nos informe de que la enfermedad y la pandemia hayan sido conjuradas. El problema es que nos acostumbremos a esta nueva manera de relacionarnos unos con otros. La frialdad, y no el afecto “cuerpo a cuerpo”, nos marcaría.

Por otra parte, si a alguien se le percibe como sospechoso o con posibilidades de contraer la enfermedad, solo el hecho de estornudar y toser en un bus lleno de gente, o en la oficina en la que labora, podría derivar en conductas discriminatorias de parte de los pasajeros y compañeros de trabajo.

Si bien nos podemos organizar para atender eficaz y eficientemente la emergencia sanitaria, ¿estaremos, por otro lado, en capacidad de eliminar los prejuicios resultantes?

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