Opinión

Verificación de la realidad por parte de Putin para Europa

Actualizado el 08 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Verificación de la realidad por parte de Putin para Europa

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BERLÍN – Durante demasiado tiempo, Occidente ha abrigado ilusiones sobre la Rusia de Vladimir Putin, ahora destrozadas en la península de Crimea. Occidente podía (y debía) haber mostrado mayor agudeza: siempre, desde el primer período en que ocupó el cargo de presidente de Rusia, el objetivo estratégico de Putin ha sido el de restablecer la condición de potencia mundial de Rusia.

Para ese fin, Putin recurrió a las exportaciones energéticas con miras a recuperar gradualmente los territorios perdidos cuando la Unión Soviética se desplomó hace una generación. Ucrania ha sido el centro de dicha estrategia, porque, sin ella, el objetivo de una Rusia rediviva es inalcanzable. Así, pues, Crimea era la primera meta; la segunda será la Ucrania oriental y la desestabilización permanente de todo el país.

Se está eliminando ante nuestros ojos el sistema internacional post-soviético en la Europa oriental, el Cáucaso y el Asia central. Los conceptos decimonónicos de orden internacional, basado en consideraciones de equilibrio de poder de suma cero y esferas de interés, están amenazando con sustituir las normas modernas de autodeterminación nacional, inviolabilidad de las fronteras, Estado de derecho y principios fundamentales de la democracia.

A consecuencia de ello, esa conmoción tendrá repercusiones enormes en Europa y sus relaciones con Rusia, pues determinará si los europeos viven conforme a normas del siglo XXI. Quienes creen que Occidente puede adaptarse al comportamiento ruso, como indican los apologistas occidentales de Putin, corren el riesgo de contribuir a una mayor escalada estratégica, pues una actitud blanda solo servirá para envalentonar al Kremlin.

De hecho, lo reconozcan, o no, sus dirigentes, la Unión Europea (UE) está ahora en conflicto directo con Rusia por su política de ampliación desde el final de la Guerra Fría. Esa es la razón por la que el resurgimiento de Rusia como una potencia mundial requiere no solo la reintegración de territorios soviéticos perdidos, sino también un acceso directo a Europa y un papel predominante en ella, en particular en la Europa oriental. Así, pues, ahora existe una lucha estratégica fundamental.

Desde una perspectiva occidental, la confrontación deliberada apenas tiene sentido, porque la UE y Rusia son y seguirán siendo vecinos. Con vistas al futuro, Rusia necesitará a la UE más aún que viceversa, porque, en su extremo oriental y en el Asia central, China está surgiendo como un rival de dimensiones totalmente distintas. Además, el rápido declive demográfico y el enorme déficit de modernización de Rusia entrañan la necesidad de un futuro compartido con Europa, pero aprovechar esa oportunidad solo es posible sobre la base del Estado de derecho, no de la fuerza, y debe regirse por los principios de la democracia y la autodeterminación nacional, no de la política de gran potencia.

En cambio, Putin ha desencadenado ahora una crisis duradera. La reacción de Europa será una nueva política de contención, principalmente en forma de medidas económicas y diplomáticas. Europa reducirá su dependencia energética de Rusia, revisará su alineación estratégica y sus prioridades, y reducirá sus inversiones y su cooperación bilateral.

A corto plazo, Putin parece tener más influencia, pero pronto resultará patente la debilidad de su posición. Rusia depende por completo, económica y políticamente, de sus exportaciones de productos básicos y energía, que van dirigidos primordialmente a Europa. Una menor demanda europea y un precio del petróleo que ya no baste para sostener el presupuesto de Rusia maniatarán al Kremlin muy rápidamente.

De hecho, hay razones para creer que a Putin se le puede haber ido la mano. El desplome de la Unión Soviética al comienzo del decenio de 1990 no fue causado por Occidente, sino por una oleada de secesión, pues las nacionalidades y las minorías, al ver debilitado el partido-Estado, aprovecharon la oportunidad para liberarse. La Rusia de hoy no tiene fuerza económica ni política para recuperar e integrar los territorios soviéticos perdidos, y todo intento por parte de Putin de seguir adelante con su plan empobrecería a su población y propiciaría una mayor desintegración: una perspectiva sombría.

Los europeos tienen motivos para estar preocupados y ahora han de afrontar el hecho de que la UE no sea solo un mercado común –una simple comunidad económica–, sino también una protagonista mundial, una unidad política cohesionada, con valores compartidos e intereses comunes en materia de seguridad. Así, pues, los intereses estratégicos y normativos de Europa han resurgido con mayor fuerza; en realidad, Putin se las ha arreglado, casi por sí solo, para vigorizar la OTAN al brindarle un propósito.

La UE deberá entender que en su vecindad oriental y meridional no actúa en un vacío y que, en pro de sus intereses en materia de seguridad, no puede pasar por alto simplemente los intereses en conflicto de otras potencias en esa zona ni, menos aún, aceptarlos. La política de ampliación de la UE no es simplemente una molestia cara y prescindible; es un componente decisivo de la seguridad de la UE y de proyección de su poder al exterior. La seguridad tiene un precio.

Tal vez ahora haya una reevaluación en el Reino Unido de los costos de una salida de la UE y tal vez se comprenda en el Continente que la unificación europea debe seguir adelante más rápidamente, porque el mundo –y los vecinos de Europa en particular– no ha resultado ser tan pacifico como muchos –sobre todo los alemanes– creían.

El proyecto de paz de la UE –del impulso original para la integración europea– puede haber funcionado demasiado bien; tras más de seis decenios de éxito, ha llegado a considerárselo irremediablemente anticuado. Putin ha ofrecido una verificación de la realidad. Ha vuelto a plantearse la cuestión de la paz en Europa y se le debe responder con una UE fuerte y unida.

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania de 1998 al 2005, fue dirigente del Partido Verde alemán durante casi 20 años. © Project Syndicate.

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