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Venezuela para rato

Actualizado el 09 de agosto de 2017 a las 10:00 pm

La trama de la Constituyente disimula una opereta de alcances inconmensurables

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El socialismo del siglo XXI fundado por Chávez y continuado por sus herederos en el poder, patentó varias “conquistas”: la canibalización de la política al estilo ruso (Stalin), la demolición de su economía siguiendo el manual cubano (Castro I), la militarización de su seguridad conforme la experiencia mexicana (Calderón) y en redundancia de todo lo anterior: la narcotización de la política y la seguridad a la su usanza colombiana (Samper).

Pero lo peor de toda esa comedia que deja traslucir el fondo de semejante tragedia, es que el gobierno lo controla todo, y, sin embargo, alega no tener la culpa de nada, como suelen ensayar retóricamente los movimientos políticos con aspiraciones totalitarias, sean de izquierda o derecha.

El problema en Venezuela no es Maduro. Ese es solo el chivo expiatorio, el blanco expuesto, el tonto útil, en fin, el pato de la fiesta.

Después de Maduro están Diosdado Cabello y Padrino López, los hermanos Rodríguez y varios más, cuya mención sigue siendo innecesaria en tanto son todos fungibles. Detrás de esos personajes grises, están Raúl Castro y sus aparatos de inteligencia y diplomacia, que se cuentan entre los más versados y hábiles de las Américas.

De hecho, parece obvio a esta altura, pese a que muchas cancillerías disminuidas no lo anticipen, que la Constituyente recién instalada no es más que un traspaso de poderes soterrado. Ahora le toca a Cabello y el ala dura del chavismo.

Qué hay detrás. No es que Maduro se haya erigido como un dictador, así, sin más. Toda la trama de la Constituyente disimula una opereta mucho peor y de alcances inconmensurables.

Lo que se viene es un recrudecimiento de la violencia política, ahora que el presidente pasa a ser un figurín decorativo que, con banderita blanca en mano y carita de yo no fui, va a insistir, en adelante, en que el poder constituyente es absoluto y autónomo.

Evidentemente, todo este drama chavista disimula un reseteo de las reglas del juego. Y, por esa vía, desde ahora y hasta cuando corresponda elegir nuevo jefe de Estado, la oposición no solo estará proscrita jurídicamente –ya que políticamente lo está hace tiempo–, sino que muchos líderes más habrán emigrado, otros estarán muertos y los restantes mermados o atemorizados, como es natural.

Pero aun así, cabe guardar la esperanza como imperativo de solidaridad mínima con los venezolanos de bien, que siguen siendo la inmensa mayoría. Y por esa vía, seguir pensando que no hay mal que dure cien años ni país que lo resista. Que los chavistas se irán y a la larga se extinguirán. Pero a la larga, quede claro.

Y cuando eso pase, el problema heredado por el chavismo será mayúsculo: índices económicos subsaharianos, estructura industrial y agraria destruida, dispersión política sin par y lo que es mucho más grave aún: una sociedad partida. Ni siquiera dividida sino escindida. Una cultura de enemigos que no admitirá, por un buen tiempo, el cuentito de “hermanos”.

Desafío. Todo lo anterior, sin ignorar, claro está, el reto que supone la militarización de lo civil y la narcotización de lo militar. Desafío mayúsculo que ha de contarse entre los mayores peligros y posiblemente en el problema de más difícil solución a largo plazo.

Desmontar esa herencia no solo no es tarea sencilla, sino que es lenta. Implica reculturizar para la paz y la integridad. Reeducar para la democracia real y la convivencia civil tolerante.

Para colmo, la comunidad internacional no está en situación fiscal de tender manos muy dadivosas que trasciendan el discurso y la emoción inicial, una vez defenestrado el chavismo. Ni arriesgará más allá de lo mediáticamente conveniente, en un terreno afganizado, como resulta a esta altura el venezolano, donde la dispersión de las fuerzas políticas opositoras impide identificar liderazgos del todo creíbles, pero, además, sostenibles, más allá de reconocerles un apasionamiento y valentía envidiables.

Todo esto, además, sin olvidar al célebre exilio venezolano, que a pesar de los pesares, no se integra solo de los venezolanos de bien, que son los más y han tenido que emigrar en medio de esta crisis de ribetes humanitarios, con tal de no morir en el intento de ser venezolanos en su propio país, como le toca, irremediablemente, al resto que no ha podido o no ha querido salir.

A años luz de esos venezolanos esforzados y dolientes de su patria, primero robada corruptamente, después secuestrada políticamente y ahora masacrada violentamente, están aquellos apertrechados en cuentas bancarias tan deslumbrantes como dudosas. Esos que secuestraron el sueño de Bolívar a punta de corrupción y hoy se refugian en Nueva York, Miami, México, Ginebra, Madrid, Panamá y, por qué no reconocerlo, también y progresivamente en San José.

El autor es abogado.

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