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Vender el viento

Actualizado el 06 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Se pueden obtener ganancias por medios lícitos, o no. A veces hay zonas grises donde una legislación laxa, oscura o incompleta permite la generación de portillos de dudosa moralidad, pero de aparente legalidad.

Esto ha sucedido desde que el mundo es mundo: a veces, la astucia del comerciante o negociador se ubica en la frontera del dolo del derecho penal, al punto que se requiere un verdadero ejercicio de interpretación para poder establecer la diferencia.

En la vorágine del lucro –sin pretender satanizarlo, por cuanto es la motivación principal de quienes proveen bienes y servicios a la sociedad– se encuentra la especulación, tanto para fijar el valor presente como futuro de un bien material o un intangible.

Esa necesidad transaccional es una de las claves para entender el nacimiento de las bolsas de valores a nivel global.

Burbujas especulativas. Una burbuja especulativa (también llamada “burbuja económica”, “burbuja financiera” o “burbuja de mercado”) es un fenómeno económico consistente en el incremento desproporcionado del precio corriente de algún activo o producto, de forma que dicho precio se aleja sustancialmente de su valor teórico.

Esta situación surge, principalmente, como consecuencia de la especulación –de ahí, el nombre de “burbuja especulativa”– y se mantiene hasta que finaliza la euforia y se produce un cambio en las expectativas de los inversores, que pierden la confianza en el mercado.

Esto genera un período de pánico financiero en el que los agentes corren a vender lo adquirido, con el propósito de minimizar sus pérdidas o de obtener beneficios, logrando con su actitud una caída repentina y brusca de los precios del objeto de la especulación, que, en determinadas circunstancias, puede ocasionar una quiebra en los mercados (el crac de 1929, el lunes negro de 1987 o la crisis bursátil mundial de octubre del 2008).

Las burbujas especulativas se alimentan de la creencia de los inversores en el eterno crecimiento, en la “invencibilidad” de la economía o en la idea de que los mercados financieros son capaces de autorregularse. Se puede decir que conllevan una buena dosis de pensamiento irracional, acrecentado por la histeria colectiva, lo cual lleva a los individuos a realizar acciones arriesgadas que, en otras circunstancias, jamás desplegarían.

Nunca hay que menospreciar el papel de la codicia en este escenario, especialmente cuando se favorece la desregularización por el lobby que se hace en los poderes del Estado, y que suele ser financiado por quienes propician estas actividades.

Las burbujas han estado presentes a lo largo de la historia del capitalismo. Surgen cuando los agentes compran determinados activos o productos con la expectativa de que su precio subirá y podrán venderlo posteriormente más caro, obteniendo beneficios gratuitos.

Profecía autocumplida. La especulación es considerada una profecía autocumplida, pues, al creer los compradores que el precio de un determinado activo va a subir, lo adquieren, provocando un incremento en la demanda, que trae como consecuencia un aumento en el precio del objeto de la especulación, que deja de ser una señal eficiente de la escasez del mercado. Eventualmente, este proceso concluye con una decepción por la insostenibilidad de la premisa, pero la historia ha demostrado que las burbujas son repetitivas y circulares.

Cualquier activo o producto puede ser objeto de especulación. Basta con que parezca nuevo y sea lo suficientemente atractivo. Una vez que los especuladores entran en acción, el precio de dicho objeto comienza a aumentar, lo que atrae a nuevos compradores, que a su vez determinan una nueva alza en el precio. Comienza así una espiral alcista de precios que finaliza cuando, viendo agotadas sus posibilidades de beneficio, los especuladores se retiran del mercado precipitadamente, y una pompa de jabón estalla en el aire enrarecido de los más desprevenidos.

Cuanto más fácil y menos costoso sea el almacenaje de un bien, más posibilidades habrá de que se formen burbujas a su alrededor, pues los especuladores tendrán menos prisa por venderlo.

Varios tipos. Entre los tipos de burbujas financieras más comunes están la de reventa, que consiste en comprar un bien para venderlo después a un precio superior; la de sobrevaloración en los beneficios, en que las empresas incrementarán su producción a la espera de obtener grandes beneficios, y la del tipo que sucedió en el año 2008 con las hipotecas sub prime en Norteamérica, motivada por las altas comisiones que las entidades implicadas se dejaban en los intrincados hilos de los derivados financieros, es decir, la burbuja del apalancamiento excesivo, consistente en comprar bienes sin pagarlos en su totalidad, con la expectativa de que se incrementará el precio del activo, con lo cual podrá pagarse él mismo. Sin embargo, si no se cumplen las expectativas, se producirá un sustancial aumento de las deudas, siendo el apalancamiento una de las posibles causas desencadenantes del crac.

No nos hemos recuperado aún de esa maniobra descaradamente ambiciosa gestada en Wall Street por quienes, alguna vez, se autodesignaron “amos del universo”, la cual contagió al resto de los mercados y puso en evidencia las debilidades de las economías de casi todos los países.

Antídoto. El justo medio aristotélico emerge de nuevo como una regla de moderación y un antídoto. Alguien dijo que, si no se es feliz con lo que se tiene, posiblemente tampoco se podrá serlo con lo que no se posee.

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