Opinión

Valeria y Sebastián

Actualizado el 25 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Cada día, un ejército de más de 10.000 niños y jóvenes de Costa Rica salen de sus humildes casas con sus armas bajo el brazo: violines, flautas y la firme convicción de superarse a sí mismos, transformar la realidad de su familia, su comunidad y su país.

Son los soldados del Sistema Nacional de Educación Musical (Sinem), creado con el fin principal de generar una transformación de la sociedad costarricense a través de la práctica orquestal, fortaleciendo los valores fundamentales de convivencia humana. En pocos años se ha convertido en nuestra mejor herramienta para la prevención del delito y la violencia, y tiene un incalculable valor social.

Cada niño aprende que una orquesta constituye en sí misma una sociedad: tiene una organización, un director, mandos medios, trabajadores de fila, y todos tienen la misma importancia, son igual de indispensables para trabajar en conjunto, pues cada quien aporta lo que le corresponde para tener éxito en el logro de su objetivos comunes.

Sus profesores trabajan, además, en la sensibilización de las personas por medio del arte, de una manera total y equilibrada, cuidando las dimensiones física, mental, emocional y espiritual que están involucradas en el proceso de formación integral.

Se generan un desarrollo de la estética, de lo bueno, de lo sano, y una ética del bien común, aspectos que no solo los niños y jóvenes que participan en el Sinem logran interiorizar, sino también sus padres, hermanos, otros familiares y amigos, pues se impregnan de esos sentimientos.

Asimismo, se fortalece el núcleo familiar con cada actividad en la que participan las orquestas, se convierte en una actividad familiar y comunal que congrega a la comunidad, y genera sentimientos de satisfacción y orgullo.

El sentido de logro y de reconocimiento que obtienen los niños y jóvenes al participar en las orquestas se traslada, luego, a todas las demás actividades de sus vidas, y eso les ayuda a demostrarse a sí mismos que, con trabajo, dedicación y disciplina, son capaces de lograr cualquier meta que ellos se propongan.

El pasado 13 de enero, dos de nuestros mejores soldados fueron brutalmente asesinados presuntamente por otro joven que tenía entre sus manos un revólver en lugar de un violín, una navaja en vez de una flauta, odio en lugar de compasión.

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Nunca olvidaremos a Valeria ni a Sebastián, quienes, con su flauta, su violín y su gran amor, nos enseñaron que podemos evitar muchas muertes aún, si logramos tener más músicos que delincuentes, más instrumentos que armas y más artistas que asesinos.

Hacemos un firme llamado a toda la sociedad costarricense para unirnos en la tarea de eliminar el flagelo de la violencia y poder recuperar, al fin, el derecho universal al pleno disfrute de una cultura de paz.

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