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Utopías desgarradoras

Actualizado el 06 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Utopías desgarradoras

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MADRID – Emigró de Argelia buscando una vida mejor. Llegó a París para escapar de la pobreza, de la marginación y la falta de futuro. Logró un trabajo de baja cualificación, tuvo hijos y también nietos. Ya eran franceses, tuvieron derecho a la educación y a la sanidad, pero, para ellos, ya no era suficiente tener un techo digno y agua caliente en casa. Vivían en un país en el que no lograron integrarse, en barriadas con muchas familias como la suya, sin un ascensor social que les asegurara el futuro. Su paraíso estaba roto. Buscaron una utopía y fue la peor de las posibles.

Esta historia se ha repetido millones de veces en los países de Europa occidental. La gran mayoría de las veces, termina formando bolsas de pobreza y exclusión. En el peor de los casos, acaba en las redes de captación de grupos terroristas, criminales, radicales o fanáticos, que ofrecen lo que la sociedad en la que viven no ofrece: sentido de pertenencia, identidad, objetivos vitales y búsqueda de ilusión, pero también mentiras, autodestrucción y muerte.

Los atentados de París y la operación antiterrorista en Bélgica han puesto a Europa frente al espejo. Los emigrantes de segunda o tercera generación, ya ciudadanos europeos de pleno derecho, están en el punto de mira. La falta de integración, es decir, la exclusión social, es el problema que subyace y el que necesita ser arreglado cuanto antes. Está indisolublemente asociado a la creciente desigualdad que golpea, como consecuencia de la crisis, a Europa.

Las personas necesitan esperanzas que llenen la vacante de la desilusión. Aferrarse a una utopía, a un proyecto ilusionante que implique la realización personal y colectiva, es fundamental. Ahora, en tiempos de crisis, es más evidente que nunca. No es casual que emerjan opciones populistas de todo signo, pero tampoco que los grupos terroristas extiendan sus redes de captación por la sociedades europeas. El debate sobre la emergencia yihadista está de nuevo en lo más alto de las prioridades, y las decisiones políticas debieran saber leer la situación sin caer en la tentación del enfrentamiento entre culturas.

Francia estima que más de 1.200 personas están implicadas en las redes yihadistas sirias; el Reino Unido, en torno a 600; Alemania, 550 personas, y Bélgica ha exportado ya 400 ciudadanos a combatir por la guerra santa en Siria. Lo mismo ocurre en otros países europeos como España. Otros, como los asesinos de París, han actuado en suelo europeo. La labor de seguimiento de los servicios de inteligencia es crucial, pero no lo es menos detectar las causas profundas para encontrar soluciones duraderas. Estas no son policiales ni legales, son sociales y a largo plazo.

El esfuerzo occidental, por ello, debe ir mucho más allá de la defensa de la libertad de expresión y la coordinación policial. También del falso debate entre libertad y seguridad. Si la seguridad condiciona las libertades que caracterizan al mundo occidental, el fanatismo podrá apuntarse un tanto. Del mismo modo, si avanza la islamofobia, el racismo o la xenofobia, Occidente habrá sufrido una derrota. Las palabras de Angela Merkel, junto al primer ministro turco, haciendo suya la afirmación del expresidente Christian Wulff sobre el islam, junto al cristianismo y al judaísmo, como “parte de Alemania”, marcan el camino a seguir.

Debemos ser capaces de convivir e integrar a los musulmanes de primera, segunda o tercera generación en las sociedades europeas. No se ha conseguido hasta ahora. Pero la convivencia no es importante solo dentro de nuestras sociedades. El mismo principio debe aplicarse a nivel global. La convivencia, respeto y tolerancia debe llegar a la escena internacional, de manera que se conforme un marco inclusivo donde avanzar hacia el desarrollo social de los países islámicos y se rechace claramente a los fanáticos. El cristianismo necesitó siglos para llegar al nivel de desarrollo del que hoy goza, lastrado por disputas internas y los fundamentalismos destructivos. Afortunadamente, hoy son problemas del pasado.

La religión no es solo una fe o una creencia, también es una institución, un lenguaje e, incluso, un mercado donde se compite por creyentes. El radicalismo terrorista trata de consolidarse como única institución verdadera del islam, imponiendo su lenguaje para copar todo el mercado musulmán. El Estado Islámico y Boko Haram se suman hoy a Al Qaeda, enzarzados en una lucha interna por liderar el yihadismo global y atraer a musulmanes de todo el mundo hacia sus filas. El Estado Islámico, las fallidas transiciones árabes (con la excepción de Túnez) y la violencia en Siria, Irak, Libia o Yemen cambian el tablero global en el que debe analizarse la nueva emergencia del terrorismo yihadista.

Las revueltas árabes se produjeron en un contexto de estancamiento social, desempleo y hastío de las dictaduras imperantes en Oriente Medio y el norte de África. El fracaso, con la excepción tunecina, deja a millones de jóvenes sin expectativas, frustrados por lo que pudo ser y no fue. La ilusión está rota dentro y fuera de los países musulmanes. La yihad, como cualquier otro mensaje simplista, radical y reduccionista, es capaz de seducir a mucha gente sumida en la desesperanza. La vacante que deja el desánimo se puede ver fácilmente cubierta con fanáticos que posan ante banderas negras. No debemos permitirlo.

Las intervenciones militares occidentales han demostrado sobradamente su fracaso, como demuestra el caso afgano o iraquí. Occidente debe ser consciente de que hay un conflicto dentro del mundo musulmán que no se puede ganar con bombas ni intervenciones extranjeras. Deben ser los propios musulmanes moderados, la gran mayoría, la que venza. Debemos encontrarlos, acercarnos, apoyarlos e integrarlos dentro y fuera de nuestros países. Son la gran esperanza de paz para un contexto tan volátil e inestable como el que nos rodea.

Javier Solana, distinguido senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade. © Project Syndicate.

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