Opinión

Urge un tsunami en la educación

Actualizado el 25 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Urge un tsunami en la educación

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El modelo educativo está centrado en formar personas para que sean exitosas en la sociedad capitalista, para conseguir dinero, disfrutar del placer y tener poder. Es el mismo esquema de fondo de las telenovelas y realities que se encargan de educar a la inmensa mayoría. Por el contrario, deberíamos dedicarnos a formar ciudadanos líderes, gente dispuesta a trabajar por el bien común, que combata la profunda inequidad social, personas de conducta recta, solidarias y dedicadas a servir a la comunidad.

Hable usted con los rectores de colegios y universidades y encontrará que su pensamiento dominante es el multilingüismo, la informática y los campus dotados de los más modernos equipos y facilidades deportivas. Eso corre paralelo con lo que pasa en el resto de la sociedad: cada día más templos dedicados al consumo; cada vez más body centers dedicados al culto al cuerpo; cada vez más sitios para el espectáculo y el entretenimiento, la nueva religión de las almas. Sólo un puñado, cada vez más pequeño, de educadores de verdad, intelectuales, poetas, artistas y otros “locos” seguimos creyendo que lo más importante es el cultivo del espíritu humano.

Los medios electrónicos y las redes sociales, además, se encargan de instaurar “el imperio de la efímero” (Lipowetsky) y la superficialidad en todos los terrenos. La educación sigue por el mismo camino: se convierte cada vez más en edutaiment e infotaiment (mezcla horrorosa de educación, entretenimiento e información). Esto a pesar de que todos sabemos muy bien que la información no forma y que un país sin un modelo educativo propio y sin gente creativa se convierte fácilmente en una colonia de ideas extranjeras. El modelo educativo sigue siendo el tradicional, de transmisión de contenidos oralmente por un profesor que repite lo que el día anterior estuvo leyendo. Si los educadores no cambian, de pronto les llegará un tsunami inesperado en el que desaparecerán los modelos actuales y serán reemplazados por la dictadura absoluta de los medios de comunicación y de las redes sociales masivas y despersonalizadas. Hoy en día hay sitios de Internet dedicados al exhibicionismo de todos los tipos, con millones de seguidores, los nuevos alumnos de las universidades del espectáculo que a nadie enseñan a ser.

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Los centros educativos están llenos de muchachos que no quieren pensar ni estudiar. Sus padres pagan matrículas caras, pero los hijos no quieren ir a clase porque les resulta aburrido y quieren salir del paso aprobando las materias de cualquier manera. Mientras, sus profesores, no todos, se dedican a entretenerlos, exigiéndoles lo menos posible y dejando que de ellos se apodere la pereza mental. Es la gente menos productiva en la sociedad y menos responsable ante la inversión económica que hacen las familias o el Estado.

Los centros educativos deberían devanarse los sesos provocando el tsunami del cambio, removiendo a fondo los cimientos de una educación anquilosada y marcada profundamente por el academicismo, el individualismo y el relativismo. Hacen falta maestros que inspiren, que enseñen a pensar, que busquen el equilibrio cabeza-corazón, que despierten el espíritu crítico, que orienten, que sean ejemplares, que sean líderes y encabecen la gran ola renovadora que urge la sociedad. Pero primero hay que renunciar al mercantilismo educativo, al lucro desenfrenado, a la falta de concentración en formar para lo fundamental, no para lo accesorio. Sobre todo, gente con el corazón puesto en los demás, no en ellos mismos, que hagan primar el bien común sobre los intereses particulares.

El gran desafío de la educación es, ante todo, formar la mente y el corazón de las nuevas generaciones para atender las grandes necesidades de la sociedad, para reparar el tejido social de la inequidad, la violencia y la injusticia, y para soñar con un futuro mejor para todos con base en un proyecto de nación en el cual la cohesión social sea el factor fundamental.

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