Opinión

Universidad y fútbol

Actualizado el 14 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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¿Es compatible y factible jugar fútbol profesionalmente y sacar una carrera universitaria? Mi respuesta, basada en la experiencia personal, es que sí. Me motiva a compartir esta conclusión el excelente trabajo periodístico de David Goldberg publicado, en días pasados, en La Nación . Merece este periodista una felicitación por lo acucioso de su investigación y el desarrollo, en forma tan completa, de un tema de tanta actualidad e importancia.

Estudié exitosamente medicina en la Universidad de San Carlos, Guatemala, y durante toda la carrera jugué fútbol, que se denominaba “no amateur ”, pues había varias formas de retribuir la dedicación a lo deportivo, usualmente un empleo con el privilegio de asistir a los entrenamientos diarios, a dar prioridad a los compromisos del club. Jugué en equipos de prestigio y gran afición, como Municipal, en el que militaron, como compañeros, grandes jugadores como Tony Edwing, Marvin Rodríguez, Ernesto Picot, para solo citar tres. Me tocó vivir una época de resurgimiento del fútbol guatemalteco después de la frustración de los Juegos Centroamericanos de 1950 (cuando se construyó el Mateo Flores y la Ciudad Olímpica) y, con un gran equipo, no salió campeón.

Cuatro consejos. ¿Qué se requiere para jugar profesionalmente y estudiar una carrera universitaria simultáneamente? Primero: el deseo ferviente de culminar exitosamente los estudios. Segundo: tener un nivel de inteligencia normal. No se requiere ser un superdotado. Tercero: crearse el hábito de estudiar dos horas diarias, los 365 días del año. Para mí, esto es lo más importante. No faltar a clases. Cuarto: amor por el fútbol y por el estudio. Constancia, que te haga renunciar a las otras tentaciones de la juventud.

Mi “contrato” con Municipal fue tener el mismo pago como titular, aunque no jugase. Me consiguieron una plaza de “interno en un dispensario municipal”, donde quedaban las instalaciones del Club, con una salario fijo. Ya otros compañeros ganaban solamente por jugar.

Dos anécdotas. Dos anécdotas deseo compartir. En medicina, las obligaciones hospitalarias del estudiante son estrictas, desde que se es “externo”, y más cuando se cursa el último año, el “internado”. Recuerdo que mis compañeros fanáticos del Municipal me hacían el “quite” diariamente para que fuera a entrenar. Entrenábamos dos o tres horas, y regresaba a mis responsabilidades hospitalarias. La segunda es que el secretario de la Facultad de Medicina, fanático del equipo de la Universidad, de Primera, siempre me pidió que jugara con ese equipo. Hizo todos los arreglos con Municipal, y mi último año (aun sin graduarme) lo jugué con la “U” por él. Pidió ser uno de mis examinadores en el examen final de Medicina Interna, y su pregunta fue: “Bachiller, dígame el trata miento de la insuficiencia cardíaca”.

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Cuando me gradué de médico, hará este mes de agosto 50 años, y presenté mi examen público previo a optar al título, ninguno de mis examinadores me hizo alguna pregunta sobre mi tesis de grado. La mayoría de ellos me felicitaron por haber sido un ejemplo para la juventud y el deporte. Ya para ese entonces estaba casado (lo hice en quinto año). Mi esposa, mis padres y mis hijos estaban en el Paraninfo de la Universidad, así como mis compañero futbolistas, y el entrenador que más quise en mi vida deportiva: Carlos Pepino Toledo.

Finalizo haciendo un comentario al artículo de David Goldberg: es extraordinario que el 57% de los jugadores de Primera División sean bachilleres, y que el 41% entraran a la universidad y, de ellos, 25 se graduaran y 119 sigan con sus estudios (2012–2013).

Me sorprende que ninguno estudie medicina. A los futbolistas que deseen ser médicos en el futuro les digo: sí se puede jugar y estudiar. Solamente se requiere constancia, hábito de estudio y el deseo de culminar la carrera (… y algunos compañeros de estudio que sean fanáticos del equipo en que jugamos).

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