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¿Los Estados Unidos por poderes?

Actualizado el 25 de mayo de 2013 a las 12:00 am

La guerra con aviones teledirigidos refuerza el carácter perverso de las “guerras asimétricas”

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PARÍS – La caída del Imperio romano fue consecuencia de una combinación de un exceso estratégico y una delegación excesiva de los cometidos de seguridad a unos recién llegados. Sin pretender hacer comparaciones indebidas, la cuestión que se plantea actualmente a los Estados Unidos es si pueden seguir siendo la potencia principal del mundo y al tiempo delegar en otros o en instrumentos técnicos la tarea de proteger su influencia mundial.

Los aviones teledirigidos y los aliados – armas no humanas y soldados no estadounidenses – han pasado a ser fundamentales para la doctrina militar de los Estados Unidos. Como cuentan con el mayor adelanto tecnológico del mundo y al tiempo dirigen desde detrás las fuerzas de combate en tierra, ya que no en el aire, no se puede pasar por alto el cambio dado por los EE. UU.

En primer lugar, hubo la intervención combinada francesa y británica en Libia, que provocó el derrocamiento del régimen del coronel Muammar Gadafi; después la intervención francesa en Mali y ahora los ataques aéreos israelíes en Siria. Desde luego, cada uno de esos casos es totalmente distinto, pero todos ellos tienen algo en común: los Estados Unidos no han estado en la primera línea de la intervención. Sin embargo, sin su apoyo militar directo o su apoyo político indirecto (y en algunos casos implícito), resulta difícil imaginar que se hubieran lanzado semejantes operaciones arriesgadas. ¿Se han vuelto los británicos, los franceses e incluso los israelíes extensiones armadas de los EE.UU. en sus esferas de influencia respectivas?

De ser así, el contraste con el pasado reciente no podría ser más claro. Después de los ataques terroristas del 11 de setiembre de 2001, los estadounidenses no podían imaginar, sencillamente, que compartirían sus cometidos de seguridad con otros. En el mejor de los casos, los europeos podían ser “las señoras de la limpieza” de los Estados Unidos, por utilizar la grosera analogía acuñada en aquel momento por algunos pensadores neoconservadores durante el primer mandato en su cargo de George W. Bush.

Pero, aun antes de setiembre de 2001, algunos conservadores de los EE. UU. habían expresado desdén por sus aliados europeos. Aún recuerdo la advertencia hecha por un alto diplomático de ese país en Estrasburgo a comienzos del decenio de 1990, en vísperas de las guerras de los Balcanes. “Si dejamos a los europeos a cargo de sí mismos, serán irresponsables, disgregadores y suicidas y después tendremos que rescatarlos de sí mismos”. Actualmente, los estadounidenses están más que contentos de confiar en la competencia militar y las inclinaciones intervencionistas de algunos (en realidad, muy pocos) de sus amigos europeos.

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Sería fácil interpretar ese cambio como una reacción al costo humano y económico de las intervenciones de los Estados Unidos en el Afganistán y en el Irak. La realidad es más compleja.

Ambivalencia. El nuevo gusto de los Estados Unidos por la delegación de cometidos militares en otros no es consecuencia de una serie de acontecimientos, sino de un proceso a largo plazo, debido a la simultánea ambivalencia de ese país para con el mundo y su intervención activa en él.

¿Vale la pena luchar por un mundo al que no se puede salvar y que solo se presta a enredos turbios e inútiles?

Desde esa perspectiva, la participación de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y, aún más, en la Segunda Guerra Mundial, son excepciones a la regla. Las tropas estadounidenses que desembarcaron en las playas de Normandía en junio de 1944, estaban animadas por un intenso espíritu de misión. Sabían que estaban luchando contra el mal en un medio que les era, histórica y culturalmente, familiar.

En el Vietnam, los soldados de los EE. UU., muchos de ellos negros, con frecuencia no entendían por qué estaban luchando. En el Irak, muchos de sus equivalentes eran latinos para los que la integración en la sociedad estadounidense era al menos tan importante como derrocar a Sadam Husein. Cuando un país interviene en el mundo, su autoridad se debe a su disposición a correr riesgos personales y su capacidad para hacerlo. Cuando se advierte un desfase demasiado amplio entre el valor de la vida de sus población y la de sus enemigos, su autoridad disminuye.

Guerras perversas. A ese respecto, la guerra mediante aviones teledirigidos refuerza el carácter perverso de las “guerras asimétricas”. En su reciente libro Drone Warfare: Killing by Remote Control ( La guerra mediante aviones teledirigidos. Matar mediante control remoto ), Medea Benjamin, activista en pro de la paz e inteligente observadora de las relaciones internacionales, hace una afirmación decisiva: “Además de hacer que sea más fácil dar muerte a los malos, los aviones teledirigidos facilitan más la decisión de ir a la guerra”.

Asimismo, delegar la seguridad en los aliados puede tener efectos psicológicos perversos. Así es en particular en Oriente Medio. ¿Cómo pueden los EE. UU. ejercer presión sobre Israel para que celebre negociaciones en serio con los palestinos o se abstenga de atacar al Irán, cuando alienta –aunque solo sea mediante el silencio en público– la intervención militar israelí en Siria? Si el propósito de los Estados Unidos es el de enviar un mensaje al Irán –“Cuidado, que podéis ser el próximo objetivo”, muchos pondrán en tela de juicio la sinceridad con la que contienen a Israel.

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Para algunos, los EE.UU. han pasado de demasiada intervención durante el mandato de Bush a hacer demasiado poco durante el de Barack Obama. Para otros, Obama se limita a seguir aplicando la política exterior de Bush por otros medios: aviones teledirigidos en lugar de soldados.

Probablemente, la realidad esté en el medio, pero está claro que no beneficia a los EE. UU. ni a sus aliados ni a la estabilidad mundial. Precisamente porque este país sigue siendo indispensable para la seguridad internacional, deseamos que sus dirigentes actúen con mayor discernimiento. En política internacional, como en educación, no existe la asistencia por poderes. Para que se ejerza la responsabilidad eficazmente, no se puede delegarla en máquinas o en otros países.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Dominique Moisi, profesor en el Instituto de Ciencias Políticas de París y asesor superior del Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI), es actualmente profesor visitante en el King’s College de Londres.

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