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Ucrania y el engaño de la disuasión nuclear

Actualizado el 27 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Ucrania y el engaño de la disuasión nuclear

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GINEBRA – Muchos están diciendo en estos días que Ucrania no estaría en el problema en el que está si después de la Guerra Fría hubiera conservado su importante arsenal atómico. Es un argumento con peligrosas implicaciones políticas, y no podemos dejarlo pasar sin cuestionarlo.

A pesar de su aparente lógica, este argumento no resiste el análisis cuando se lo contrasta con la evidencia empírica disponible sobre la conducta de los estados. Contra lo que muchos creen, las armas nucleares no son un elemento de disuasión eficaz, ya se trate de evitar guerras entre grandes potencias nucleares, o de proteger de ataques convencionales a estados más débiles.

La tesis de que el equilibrio del terror nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue lo que mantuvo la paz a lo largo de la Guerra Fría (y que después contribuyó en gran medida a evitar otros conflictos potenciales, entre la India y Pakistán, entre la India y China, entre China y Estados Unidos) no es tan fuerte como parece. No hay datos que demuestren que en algún momento de la Guerra Fría la Unión Soviética o Estados Unidos tuvieron intenciones de iniciar una guerra y se abstuvieron solamente porque el bando contrario tenía armas nucleares.

Es bien sabido que conocer que el adversario posee armas extremadamente destructivas (como las armas químicas y biológicas antes de 1939) no ha impedido guerras entre grandes potencias. Tampoco la experiencia de haber sufrido enormes daños en ciudades y bajas civiles, o la posibilidad de sufrirlos, puso a los líderes del pasado en retirada. Ni siquiera tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki: hoy existe fuerte evidencia histórica de que no fue ese el principal motivo de la rendición de Japón, sino la declaración de guerra de la Unión Soviética, ocurrida esa misma semana.

Pero, si no fueron las armas nucleares las que mantuvieron la “larga paz” desde 1945, ¿qué fue? Hay una explicación alternativa muy atendible, y es simplemente que después de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial (y dada la velocidad de los avances tecnológicos que siguieron), las grandes potencias se dieron cuenta de que el daño provocado por cualquier guerra futura sería increíblemente horrendo y superaría con creces cualquier beneficio imaginable.

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¿Qué decir de la idea, de más inmediata aplicación a la situación actual de Ucrania, de que las armas nucleares son un nivelador estratégico necesario para compensar la inferioridad de fuerzas y capacidades convencionales? Es evidente que Corea del Norte cree que la posesión de un arsenal nuclear, por pequeño que sea, le ofrece cierto poder de disuadir un intento de derrocamiento del régimen, y lo sucedido con Serbia en 1999, Irak en 2003 y Libia en 2011 sin duda refuerza su idea de que un estado desprovisto de semejantes armas es particularmente vulnerable.

Pero, en última instancia, cuando el uso de ciertas armas sería evidentemente suicida, no son un elemento de disuasión muy creíble. No impedirán la clase de aventurerismo que hoy vemos en Ucrania, porque sencillamente el riesgo que supone el uso deliberado de esas armas es demasiado alto. Y las dos partes en estas situaciones lo entienden perfectamente. El presidente ruso Vladímir Putin sabe que sería tan improbable que Ucrania lanzara un ataque nuclear sobre Moscú en respuesta al envío de tanques a Crimea (o incluso a Dnipropetrovsk) como que lo hiciera Estados Unidos.

Contra lo que se supone habitualmente, las armas nucleares no son herramientas de estabilización. Tal vez porque el grado de destrucción del que son capaces vuelve impensable su uso militar en casi cualquier circunstancia imaginable. Tal vez por el bien comprendido tabú ético que inhibió incluso a quien fue secretario de Estado de los Estados Unidos, John Foster Dulles, y lo llevó a decir que si Estados Unidos hubiera usado armas nucleares en Corea, en Vietnam o contra China por la cuestión de Taiwán, “para la opinión del mundo actual, ese hubiera sido nuestro fin”.

Cualquiera que sea el motivo, no han dejado de producirse conflictos en los que las armas nucleares hubieran podido tener un papel y no lo tuvieron. Piénsese en la larga lista de guerras en las que países sin poder nuclear atacaron directamente a potencias nucleares o no se dejaron disuadir por la perspectiva de su intervención nuclear: Corea, Vietnam, Yom Kippur, Malvinas, las dos guerras de Afganistán después de la década de 1970, y la primera Guerra del Golfo.

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También hubo casos en los que el hecho de que ambas partes poseyeran armas nucleares, en vez de obrar como factor de contención, ofreció a uno de los bandos un contexto en el cual lanzar acciones militares de pequeña escala sin temor serio a una represalia nuclear, ya que sabía que para el otro bando era demasiado arriesgado responder de ese modo. Basta con pensar en la guerra de Kargil entre Pakistán y la India, en 1999.

Hay numerosa evidencia cuantitativa (así como anecdótica) que abona lo que en la literatura especializada se conoce como la “paradoja de la estabilidad inestable”: la idea de que un aparente equilibrio nuclear estable en realidad alienta más violencia. El viejo argumento conservador dice que “la ausencia de armas nucleares crearía un mundo donde sería más fácil iniciar una guerra convencional”. Pero es más probable que sea al revés: que la presencia de armas nucleares sea lo que creó esa clase de mundo.

Que hoy Ucrania poseyera armas nucleares hubiera, sin duda, sumado un agravante a la situación: otra enorme capa de incertidumbre potencial debida al riesgo de que se produzca una catástrofe por accidente, mal cálculo, error de sistema o sabotaje. Incluso los convencidos del poder de la disuasión nuclear deben admitir que siempre fue una base demasiado frágil para el mantenimiento de una paz estable.

Bajo las enormes presiones de una crisis en tiempo real, no se puede dar por sentado que en todo momento prevalecerá la sobria y reflexiva racionalidad. Ni que nunca habrá errores humanos o tecnológicos que lleven a interpretar como amenaza un acontecimiento inocuo (como ocurrió en 1995, cuando los asesores del presidente ruso Borís Yeltsin le aconsejaron responder con una represalia inmediata al lanzamiento de un misil de la OTAN, que resultó ser un cohete científico noruego).

También, existe un riesgo serio de problemas de comunicación (agravado ahora por la sofisticación de las armas de la guerra informática) y errores de sistema básicos. Hay abundantes documentos de tiempos de la Guerra Fría que revelan que el mundo estuvo periódicamente cerca de que se produjera una calamidad, mucho más a menudo de lo que se supo entonces. Y la recurrencia de informes de fallas de seguridad y agudos problemas con la moral del personal de las bases misilísticas de Estados Unidos torna todavía más preocupante esta perspectiva.

Parece que los entusiastas del poder de disuasión nuclear nunca se cansan de tener malos argumentos, y nada de lo que les he oído decir en relación con Ucrania indica que los estén mejorando.

Gareth Evans, ministro de Asuntos Exteriores de Australia entre 1988 y 1996, fue copresidente de la Comisión Internacional para la No Proliferación y el Desarme Nuclear en el 2009 y uno de los editores del informe Nuclear Weapons: The State of Play [Armas nucleares: situación actual].Project Syndicate. © Copyright, 2014.www.project-syndicate.org

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