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Ucrania y más allá

Actualizado el 29 de abril de 2014 a las 12:00 am

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GÉNOVA – La crisis ucraniana ha dejado de ser grave para tornarse crónica. La principal pregunta –¿se atreverá Rusia a invadir Ucrania continental?– ya tiene respuesta: ahora, no. Entonces, ¿cuál es la situación?

Obviamente, el Kremlin no esperaba la reacción firme y unida de Occidente frente a la anexión de Crimea. La llamada telefónica del presidente Vladimir Putin al presidente estadounidense Barack Obama, el 28 de marzo, claramente demostró el deseo ruso de conversar sobre el “desescalamiento”. Los principales objetivos de Putin ahora son la eliminación del bloqueo ucraniano de Transnistria, la región disidente prorrusa de Moldavia, y la “federalización” ucraniana (un eufemismo para la estrategia encubierta que busca ganar el control de las regiones este y sur del país).

Pero un pronto retorno a la normalidad no es posible. La invasión rusa y la anexión de Crimea han disparado cambios tectónicos no deliberados en la política internacional. Si bien aún no se definen las implicaciones a largo plazo, las consecuencias inmediatas están claras.

En primer lugar, los rusos pagarán muy caro, en términos de su propia libertad, las insensatas decisiones de sus líderes. Después de la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, el poeta ruso Aleksandr Gálich escribió: “Compatriotas, ¡la patria está en peligro! ¡Nuestros tanques pisan suelo extranjero!”. La confrontación con Occidente, aparentemente inevitable después del Anschluss de Crimea, dará lugar a un régimen de “movilización”. El reciente proyecto del presupuesto ruso –en el cual los gastos militares se dispararon–, junto con menciones paranoicas a “quintas columnas” y “traidores nacionales”, dan fe de esta tendencia. En tales circunstancias, las sanciones que golpeen a la gente común solo ayudarán al régimen a consolidar su poder.

En segundo lugar, la crisis tiene varias ramificaciones geopolíticas. Las acciones del Kremlin han socavado la seguridad europea, causaron serias dificultades al derecho internacional, debilitaron el régimen de no proliferación nuclear al socavar fatalmente el rol de las garantías de seguridad para los Estados no nucleares y crearon dudas sobre la previsibilidad de Rusia bajo el liderazgo actual.

Todo esto tendrá efectos de largo alcance en los próximos años y décadas, que van desde el realineamiento de alianzas formales e informales y la militarización de los acuerdos de seguridad hasta posibles –y muy discutidos– ajustes en el sistema de gobierno internacional. La expulsión de Rusia del G8 y los renovados fortalecimientos militares solo son los primeros de muchos de esos cambios.

En tercer lugar, la crisis ucraniana transformará completamente las relaciones de Rusia con Occidente. Durante las dos primeras décadas pasadas, la Guerra Fría, una combinación de sospecha y pragmatismo, prevaleció en ambos lados, donde la competencia en algunos aspectos y la cooperación en otros desempeñó un papel fundamental para abordar importantes desafíos internacionales. La transformación de la relación en una de confrontación “contaminará” el sistema internacional porque socavará posibles soluciones a muchos problemas: desde la reducción del armamento nuclear y el cambio climático hasta la estabilización de sitios regionales críticos como Siria.

Como respuesta a las sanciones de Occidente, el Kremlin creará problemas en otros sitios para presionar a Estados Unidos. Por ejemplo, Rusia ya se ofreció a construir dos reactores nucleares no militares en Irán. El apoyo tecnológico a los programas nucleares iraníes podría obstaculizar las negociaciones internacionales en curso para evitar que Irán desarrolle armas nucleares, especialmente porque los iraníes buscan aumentar su influencia en las conversaciones.

Rusia podría escalar la crisis presionando a EE.UU. más cerca de su territorio. Consideren a Venezuela, donde –al igual que con el programa nuclear iraní– Rusia ha demostrado su voluntad de tomar riesgos que antes no habría asumido. El 26 de febrero, el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, anunció formalmente el plan de su gobierno para ampliar su presencia militar en el extranjero. Venezuela ocupa los primeros puestos de su lista (y ya ha comprado más de las tres cuartas partes de los $14.500 millones en armas que Rusia vendió en la región entre el 2001 y el 2013).

En cuarto lugar, al anexar Crimea, Rusia perdió a Ucrania, que pasó de país amigo a enemigo. La infraestructura industrial y manufacturera ucraniana evolucionó bajo la Unión Soviética como un complemento de la base de recursos rusos. Después de la disolución de la Unión Soviética, los vínculos tradicionales entre la economía de recursos rusa y Ucrania, incluida su extensa infraestructura de ductos, garantizaron su acceso a los mercados europeos.

Ahora que perdió la base industrial y manufacturera ucraniana, y con una Europa más decidida que nunca a reducir su dependencia del aprovisionamiento energético ruso, el Kremlin tendrá que volverse hacia China, que estará feliz al ver a Rusia como una economía de recursos sometida a ella.

Dadas todas estas funestas posibles consecuencias, es fundamental evitar una segunda Guerra Fría. Durante el período de transición que se avecina, el mundo necesitará nuevos mecanismos para el diálogo internacional. El aislamiento de Rusia sería contraproducente, solo agravaría su fuerte sensación de victimización y, posiblemente, la convertiría en un Estado “canalla” (un escenario realmente de pesadilla, dado que Rusia cuenta con el mayor arsenal nuclear del mundo).

En lugar de eso, las sanciones económicas específicas y las medidas militares calibradas deben combinarse con un diálogo político intensivo y abierto. Una reunión personal entre los líderes estadounidenses, rusos y alemanes podría ayudar a canalizar las relaciones en una dirección no destructiva. Para que sea verdaderamente productivo, ese contacto no debe limitarse a resolver la crisis ucraniana, ni a los funcionarios de mayor jerarquía.

No debe permitirse que la crisis ucraniana oculte la amplia gama de desafíos que enfrenta el mundo. De hecho, es más probable que el enfrentamiento se resuelva constructivamente dentro de un marco que procure lograr consensos para una agenda más amplia. Después de todo, las crisis crean nuevas oportunidades (por ejemplo, la guerra civil siria ha promovido importantes acciones importantes sobre las armas químicas). La oportunidad está dada para que Rusia y Occidente generen la voluntad política necesaria para enfrentar los problemas –principalmente, la cuestión del anticuado sistema de relaciones internacionales– que han sido ignorados ya durante demasiado tiempo.

Alexander Likhotal es presidente de Green Cross International y miembro del Grupo de Trabajo sobre Cambio Climático. © Project Syndicate.

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