Opinión

¿Uber o no Uber?

Actualizado el 03 de febrero de 2016 a las 12:00 am

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¿Uber o no Uber?

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Lejos estaban de pensar en los entuertos legales costarricenses el canadiense Garret M. Camp y el californiano Travis Kalanik cuando, durante una tormenta en el invierno del 2008, en París, se preguntaron cómo hacer para llegar a su encuentro de jornadas tecnológicas al no encontrar un taxi.

El frío no congeló sus cerebros, ya de por sí acostumbrados a la tecnología, al contrario, la luz de París les iluminó para lo que en marzo del 2009, con una inversión de unos $250 millones y lejos de la nieve, fundaran lo que hoy conocemos como el servicio Uber.

Con tan solo dos carros, iniciaron su plan piloto, justo en Nueva York, ciudad complicada para el tránsito. Tras estos experimentos, en junio del 2010, el proyecto vio la luz y nació como Uber Cab, precisamente en la ciudad natal de uno de sus creadores, en San Francisco, California.

Hoy, es una empresa valorada en más de $50.000 millones, con operación en pequeños y grandes países, el último de ellos, el gigante China.

Economía de mercado. Costa Rica, su más reciente apuesta, enfrenta hoy la lucha que en cada país han librado. Podría decirse que Uber ya pasó por donde asustan, y de ningún lado se han ido.

Más allá de un asunto de legalidad –aspecto que no toco en este capítulo– Uber se convirtió en una nueva forma de vida para cientos de costarricenses, y en una solución para el subempleo y el desempleo. Sobre todo, ha puesto en marcha una economía activa.

Los ingresos, nada despreciables, de los llamados “choferes de Uber”, son transversales al resto de la comunidad. Es una cadena en la que aquellos que estaban sin trabajo, pero tenían posibilidad de alquilar, pedir prestado, arrendar o comprar un vehículo con ciertos requisitos, encontraron la solución para dejar atrás la estrechez, superar el punto de equilibrio y gozar de mejores condiciones de vida para ellos y sus familias.

Esa misma cadena se extiende ahora desde los grandes supermercados hasta el pulpero de la esquina, el minisúper, el chino, las ferias del agricultor o bien a los almacenes, carpinteros, pintores, ebanistas, costureras y todo tipo de mano de obra, porque se ven beneficiados con nuevos y mejores ingresos de los choferes de Uber.

En otras palabras, inyectan dinero fresco a la economía local y nacional, y ni se diga de una mayor y mejor importación de autos, lo que deja jugosos dividendos al país, tras el pago de los ya sabidos onerosos impuestos.

Diferenciación. Sin menospreciar a los taxistas que saben que su primera obligación es el servicio al cliente, la verdad es que la generalidad del pueblo tiene una percepción de que este objetivo se ha olvidado, y de ahí el éxito de Uber.

Mejores unidades, vehículos del 2008 al 2016; el servicio a bordo, como dirían los pilotos; rutas seguidas por medio de tecnología; tarifas, en la mayor parte de los casos, al 30% o 40% del costo del taxi tradicional; siempre un detalle, como un rostro amigable, buena presentación, un buenos días, buenas tardes o bienvenido; le abren la puerta al cliente, le ofrecen agua o le dan un dulce.

Además de lo anterior, entre los elementos diferenciadores, se quiera o no, de la preferencia del usuario hacia Uber, también están el ofrecer la posibilidad de ir por la ruta que el cliente escoja, poner el aire acondicionado a disposición del usuario o la emisora que él –y no el chofer– quiere escuchar y hasta la posibilidad de cargar el celular o utilizar Internet en la cabina.

Si lo vemos desde el ángulo de un mejor servicio a bordo, de tarifas muy económicas y del chineo, como decimos los ticos, y a ello le sumamos que resuelve problemas de desempleo, subempleo y tiene impacto en la economía, Uber solo puede ser una relación de ganar – ganar. Gana el usuario o cliente, gana el conductor, gana la sociedad. A esto en redes sociales se le ha conocido como el #Uberlove.

Debemos buscar la forma en que gobierno y empresa se pongan de acuerdo, y, como siempre, si la mayoría de la llamada “fuerza roja” decide revolucionar y demostrar que puede incluso mejorar a Uber, será, a final de cuentas, la ciudadanía la que tenga la libertad de escoger el servicio que desee, como debe ser.

Entretanto, parafraseamos a Shakespeare: ¿Uber o no Uber?, y sus palabras siguen siendo inspiración ante el arrebato de la violencia, a lo mejor una tormenta muy diferente, pero igual de caprichosa de aquella tarde invernal de París del 2008.

El autor es periodista.

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