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UE y Turquía: volver a cero

Actualizado el 22 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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UE y Turquía: volver a cero

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ROMA – Más adelante este año, Turquía será sede de la Cumbre de Líderes del G20 de 2015, la décima reunión anual de los jefes de estado del G20. La prominencia de ese país en el escenario mundial llega en un momento extraño, cuando se encuentra rodeado por un creciente arco de inestabilidad.

De hecho, dos órdenes geopolíticos se están deshilachando en el entorno inmediato de Turquía: la entente pos Guerra Fría con Rusia y las fronteras nacionales en Oriente Medio definidas por el Acuerdo Sykes-Picot de 1916 y el Tratado de Versailles de 1919. Nunca la Unión Europea y Turquía se han necesitado más entre sí... sin embargo, rara vez han estado tan distantes.

Turquía ya no es la estrella regional en ascenso que fue durante la primera mitad de los 12 años en que el presidente Recep Tayyip Erdogan estuvo al frente del país. Lejos quedaron aquellos días en que el país transitaba un boom económico y se acercaba a una verdadera democracia, una fuente de inspiración para muchos en la región. Hoy, Turquía enfrenta una miríada de desafíos: creciente autoritarismo, crecimiento mediocre y un tambaleante proceso de paz con los kurdos. Debido a su frontera de 900 kilómetros con Siria, aloja a casi 2 millones de refugiados sirios y es vulnerable a ataques e infiltraciones del Estado Islámico. Las tensiones tanto con Irán como con Israel se han afianzado profundamente y el país depende cada vez más de la energía provista por una Rusia revanchista.

Turquía no puede enfrentar sola estos desafíos. La UE representa casi el 40 % del comercio de Turquía, el 70 % de su inversión directa extranjera y más del 50 % de su sector turístico. Mientras tanto, los vínculos económicos del país con sus vecinos del sur han entrado en una espiral descendente desde la Primavera Árabe en 2011.

Esta realidad se ve reflejada en la opinión pública turca, con un aumento del apoyo hacia la UE que ha pasado de un escaso 34 % en 2009 al 53 % el año pasado. En términos simples, Turquía está aceptando la realidad de que no cuenta con alternativas atractivas a la UE y la estrecha cooperación con la comunidad euroatlántica. La Estrategia UE del país anunciada por su ministro de Asuntos Europeos, Volkan Bozkir, el otoño pasado puede entenderse como un reconocimiento implícito de este hecho.

Mientras tanto, Europa nunca ha tenido mayor interés en que Turquía sea estable, democrática y se oriente hacia Occidente. Sin la cooperación turca, Europa y la comunidad internacional se verán en problemas para enfrentar la amenaza de combatientes extranjeros, vencer al estado islámico, estabilizar Irak y desarrollar una solución política al cenagal sirio. La UE también necesita una asociación sólida con Turquía para lograr la seguridad energética mediante la diversificación.

Sin embargo, en vez de acercarse, la UE y Turquía se están distanciando. La libertad de expresión, la separación de los poderes y el imperio de la ley se han visto progresivamente erosionados bajo el mandato de Erdogan. El país se arriesga a verse arrastrado a los conflictos sectarios de la región y a la tentación de las sirenas autoritarias de la Rusia de Vladimir Putin.

La relación entre la UE y Turquía empeoró hasta niveles extremos a fines del año pasado, cuando Turquía aumentó su presión sobre los medios cercanos al líder islámico autoexiliado Fethullah Gülen. La severa restricción generó fuertes críticas de la UE, que Erdogan, a su vez, rechazó con enojo.

Hay en Europa quienes sostienen que el deterioro de los derechos y las libertades en Turquía es tan grave que su ya moribundo proceso de ingreso a la UE debiera ser suspendido. De hecho, sería difícil justificar que Turquía cumple los criterios políticos de Copenhague. Por ejemplo, Turquía cayó en el Índice Mundial de Libertad de Prensa de Periodistas sin Fronteras al puesto 154 (entre 180 países).

Pero es improbable que una suspensión formal de las negociaciones para el ingreso logre algo más que eliminar el último incentivo que tiene Turquía para buscar la democratización y la armonización con la UE. De hecho, la UE debiera redoblar sus esfuerzos, fortaleciendo tanto su crítica del retroceso democrático turco como la credibilidad de su proceso de ingreso.

Hasta ahora, Chipre ha sido el mayor obstáculo para el ingreso de Turquía. Los estados miembros de la UE debieran participar más activamente con el gobierno chipriota para lograr los cambios necesarios. Esto permitiría a la UE a abrir los capítulos 23 y 24 de las conversaciones para el ingreso –los que se ocupan de los derechos, las libertades fundamentales y el poder judicial– como lo recomiendan el Parlamento Europeo y la Comisión Europea. La UE podría entonces presentar sus críticas dentro del marco legal apropiado y los líderes turcos no estarían en posición de hacer caso omiso de las preocupaciones de la UE.

Poner fin al bloqueo de las negociaciones beneficiaría a Chipre tanto como a Europa. Ningún otro país ganaría más que Chipre con una democracia en Turquía, mientras que la desdemocratización turca en un entorno que se está deshilachando amenaza seriamente tanto a los intereses chipriotas como a los europeos.

Más allá del proceso de ingreso a la UE, se debieran implementar otras medidas importantes para recuperar la confianza y lograr beneficios concretos para ambas partes, revitalizando así una relación aquejada de problemas, aunque cada vez más estratégica. Esos pasos debieran incluir la profundización de la cooperación entre la UE y Turquía contra el terrorismo, en temas relacionados con los refugiados sirios y las múltiples crisis desde Libia hasta Ucrania, además de mejorar y modernizar el acuerdo de unión aduanera (como lo recomendó recientemente el Banco Mundial) y procurar vigorosamente una liberalización de las visas.

Si bien estas medidas no son alternativas a un proceso de ingreso reformado, ayudarían a revivirlo. Sobre todo, al incluir a Turquía en la familia europea, esas medidas contrarrestarían el peligroso alejamiento de ese país de nuestros valores comunes europeos.

Martti Ahtisaari, expresidente de Finlandia y premio Nobel de la Paz, es miembro de la Comisión Independiente para Turquía.

Emma Bonino ha sido ministra italiana de Relaciones Exteriores y comisaria de la UE.

Albert Rohan fue secretario general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Austria.

Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich;

Hans van den Broek, exministro holandés de Relaciones Exteriores y comisario de Relaciones Exteriores de la UE;

Marcelino Oreja Aguirre, ex ministro de Relaciones Exteriores de España; Michel Rocard, ex primer ministro de Francia y Nathalie Tocci, directora adjunta del Istituto Affari Internazionali en Roma. ©Copyright: Project Syndicate, 2015.

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