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Trump y sus enemigos republicanos

Actualizado el 11 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

¿Por qué es tan difícil que Trump gane? Por la resistencia de muchos republicanos

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Trump y sus enemigos republicanos

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Una encuesta nacional de CNN coloca a Donald Trump dos puntos por encima de Hillary Clinton: 45 a 43. Dado que el margen de error es de tres puntos, los dos candidatos están prácticamente empatados.

Pero hay otro dato interesante. La mitad de los encuestados percibe a Trump como más honesto y fiable. Solo el 35% sitúa a Hillary en esa categoría moralmente superior. Hay 15 puntos de diferencia entre ambos en este juicio ético, aunque apenas los separan dos puntos en la preferencia de esos mismos electores.

Evidentemente, eso quiere decir que a los norteamericanos no les importa demasiado cuál de los dos candidatos creen más deshonesto o suponen que miente con más frecuencia. Ambos tienen un altísimo grado de rechazo por parte de una sociedad que mayoritariamente los califica como crooks and liars (pillos y embusteros).

Una, porque no entrega los e-mails supuestamente perdidos y muestra sin recato todos los síntomas del conflicto de intereses entre su condición de exsecretaria de Estado y la fundación de su marido.

El otro, porque esconde su declaración de impuestos, se alega que estafó a miles de estudiantes en la pomposamente llamada Trump University, mientras en el mundillo empresarial se le tiene por un personaje inescrupuloso que multiplicó su cuantiosa fortuna atropellando inicuamente a suministradores y colaboradores.

Conclusión. Parece, pues, acertada la melancólica conclusión a que llegó la analista republicana Ana Navarro, una abogada divertida y elocuente que ha sido insultada por Trump: “Los republicanos eligieron al único candidato que podía perder frente a Hillary Clinton, y los demócratas a la única persona capaz de ser derrotada por Donald Trump”.

En definitiva, ¿ganará Trump o Hillary? Probablemente, triunfará Hillary. La votación general será muy reñida, pero la enrevesada ley electoral de Estados Unidos descansa en las elecciones estatales, y ahí lleva las de ganar la señora Clinton.

Se trata de obtener 270 votos electorales (la mitad más uno de los 538 electores que eligen al presidente y a su vice, seleccionados por los 50 estados de la Unión), y la candidata demócrata, de acuerdo con las proyecciones de los expertos, tendría en su haber 273.

Las elecciones, pues, se decidirán en nueve estados “indecisos” y Hillary lleva la delantera en siete de ellos. Solo necesita prevalecer en dos o tres estados para llegar a los míticos 270 votos.

Trump, en cambio, debe ganar en ocho para triunfar en la contienda, algo muy improbable que suceda, salvo que, literalmente, destroce a la señora Clinton en los tres debates que sostendrán ambos candidatos.

Trump. ¿Por qué es tan difícil que Trump gane? Al margen del enfrentamiento de Trump con los hispanos, los negros, los gais, el rechazo de los blancos educados y la hostilidad comprensible de los demócratas, debe perder, esencialmente, por la resistencia de muchos republicanos.

Estos perciben al multimillonario como un outsider oportunista que ha destruido el clima de colaboración interna y cordialidad cívica que existió en al partido hasta la candidatura de Mitt Romney. Corazón adentro, preferirían que Trump perdiera antes de que gobierne rematadamente mal y les haga un daño irreparable al país, a los republicanos y, probablemente, al planeta.

Eso explica el rechazo público de figuras emblemáticas republicanas de la Florida como el exgobernador Jeb Bush y los congresistas Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo e Ileana Ros-Lehtinen, más el sordo distanciamiento del senador Marco Rubio, cuyo tibio respaldo es una hipócrita concesión que le parece indispensable para salir reelecto, como le sucede a John McCain en Arizona.

Disparo directo. La carta firmada y divulgada a principios de agosto por 50 estrategas y policy makers republicanos sobre la incapacidad de Trump para lidiar con los asuntos internacionales, y a propósito de su carácter voluble y peligroso, unida a las críticas por su proclividad por Vladimir Putin, fue un disparo directo a la línea de flotación de Trump.

El apoyo de Carlos Gutiérrez a Hillary Clinton, exsecretario de Comercio de George W. Bush, republicano de toda la vida, ex-CEO de Kellogg, fue impactante.

Persona muy competente en el terreno económico, calificó de disparatadas las ideas económicas de Trump.

Por eso, en esta oportunidad, apoyaba a los demócratas. Seguía lo que le parecía mejor para Estados Unidos.

El proteccionismo arancelario de Trump, la política de sustitución de importaciones (un adefesio preconizado por la Cepal en los años cincuenta) y el rechazo al comercio libre internacional (típico de naciones comunistoides subdesarrolladas como Cuba, Venezuela, Bolivia o Ecuador) le resultaban expresiones de una atrasada ideología tercermundista, impropia de la nación que encabeza a los países de libre mercado.

Naturalmente, quedan unas ocho semanas para la cita electoral y sería una irresponsabilidad negarle totalmente a Trump la posibilidad de tener éxito. Todo es cuestión de creer en los milagros.

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su novela más reciente es “Tiempo de canallas”.

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