Opinión

Trump, el dragón y el minotauro

Actualizado el 01 de diciembre de 2016 a las 12:00 am

Lo que se necesita modificar no es la deuda pública de EE. UU. sino la deuda privada china

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Trump, el dragón y el minotauro

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ATENAS – Si algo entiende Donald Trump, es el valor de la bancarrota y el reciclado financiero. Domina el arte del impago estratégico seguido de eliminación de deuda masivas y creación de activos a partir de pasivos. Pero ¿comprenderá la profunda diferencia entre la deuda de un empresario constructor y la de una gran economía? ¿Y sabrá que la economía mundial está sentada encima de un barril de pólvora: la burbuja de deuda privada de China? Mucho depende de la respuesta a estas preguntas.

Trump fue elegido por una ola de descontento con la pésima gestión que hizo el establishment del auge anterior al 2008 y de la recesión que le siguió. Sus promesas de estímulo interno y políticas comerciales proteccionistas para recuperar empleos fabriles lo llevaron a la Casa Blanca. Pero su capacidad de cumplirlas depende de que comprenda el papel que Estados Unidos tenía en “los buenos tiempos”, el que puede tener hoy y, sobre todo, la importancia de China.

Hasta 1971, la hegemonía mundial de Estados Unidos se basó en su superávit de cuenta corriente en relación con el resto del mundo capitalista, que Estados Unidos ayudaba a estabilizar reciclando una parte hacia Europa y Japón. Esto sostuvo la estabilidad económica y una gran reducción de la desigualdad en todas partes. Pero conforme la economía estadounidense comenzó a tornarse deficitaria, ese sistema global ya no era viable, lo que dio lugar a lo que he denominado la fase del minotauro global.

Según el antiguo mito, el rey Minos de Creta debía su hegemonía al minotauro, una bestia trágica encerrada bajo el palacio del rey. La soledad del minotauro era inmensa, igual que el temor que inspiraba en todas partes, porque su voraz apetito solo podía saciarse con carne humana (lo que garantizaba el reinado de Minos). Así que periódicamente un barco cargado de jóvenes zarpaba de la remota Atenas con rumbo a Creta, para llevar a la bestia su tributo humano. El cruel ritual era esencial para mantener la pax cretana y la hegemonía del rey.

Después de 1971, la hegemonía estadounidense creció mediante un proceso análogo. El minotauro no era otra cosa que el déficit comercial de Estados Unidos, que devoraba una cuota cada vez mayor de las exportaciones netas del mundo. El creciente déficit estadounidense se financiaba con miles de millones de dólares de ingresos netos diarios a Wall Street procedentes de los dueños extranjeros (y a menudo también estadounidenses) de esas fábricas distantes, una forma de moderno tributo al minotauro global.

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Cuanto más crecía el déficit, mayor el apetito de capital europeo y asiático del minotauro. Lo que lo hacía realmente global era su función: ayudaba a reciclar el capital financiero (ganancias, ahorros y excedentes de dinero). Mantenía las relucientes fábricas alemanas ocupadas. Consumía todo lo que produjera Japón y, más tarde, China. Pero al mismo tiempo, Wall Street aprendía a amplificar y potenciar esos ingresos de capital mediante instrumentos financieros exóticos. El financiamiento se desató y el mundo se llenó de deudas.

En el otoño boreal del 2008, el minotauro recibió una herida mortal al chocar contra un muro de deudas privadas que su apetito había contribuido a generar. Aunque luego la Reserva Federal y el Tesoro consiguieron reflotar los mercados de su país (a costa de los estadounidenses más vulnerables marginados desde los setenta), ya nada sería lo mismo: Wall Street perdió su capacidad para seguir “cerrando” el circuito global de reciclado.

El sector bancario estadounidense ya no podía usar los déficits gemelos (comercial y presupuestario) de su país para financiar una demanda interna que pudiera sostener las exportaciones netas del resto del mundo. Después de eso la economía mundial ya no pudo recuperarse.

A pesar de la herida mortal que sufrió el minotauro, Estados Unidos pudo evitar una nueva Gran Depresión, pero no fue solo gracias a la Reserva Federal y el Tesoro. Hubo un tercer salvador: el dragón. El gobierno chino aumentó la inversión interna hasta niveles inéditos, y ocupó así el vacío dejado por la contracción del gasto en Estados Unidos y Europa. Por muchos años, China dejó a su sector bancario (formal e informal) crear crédito sin control, e incluso le permitió aprovechar la generosidad monetaria de la Reserva Federal para tomar préstamos en dólares. En síntesis, cuando el minotauro ya no pudo seguir equilibrando a Occidente, apareció el dragón y tomó su lugar.

La dirigencia china sabía lo que hacía: estaba creando una burbuja de inversiones insostenible, para dar a Europa y Estados Unidos tiempo de recomponerse. Qué lástima que ninguno de los dos lo hizo: Estados Unidos, por la parálisis del enfrentamiento entre el presidente Barack Obama y el Congreso bajo control republicano, y Europa, por razones que es demasiado penoso recordar. Y cuando en el 2015 se desató la tormenta perfecta (alza de las tasas en Estados Unidos y caída simultánea del precio de las materias primas), China tuvo que intensificar otra vez la creación de crédito.

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Hoy, el bum crediticio chino se sostiene sobre garantías casi tan malas como las que tenían Bear Stearns, Lehman Brothers y el resto en el 2007. Encima, como el yuan chino está demasiado sobrevaluado, las corporaciones toman préstamos en dólares para devolver anticipadamente deudas que arrastran en esa moneda, lo que presiona el tipo de cambio a la baja.

El plan de Trump para ayudar a los que quedaron rezagados desde los setenta (hasta donde puede discernirse un plan) parece girar en torno a dos ejes: estímulo interno y negociación bilateral bajo amenaza de aranceles y cuotas. Pero si se pone rudo con China (la obliga a revaluar el yuan, la amenaza con aranceles, etc.), corre el riesgo de pinchar la burbuja china de deuda privada y desatar un diluvio de terribles consecuencias que empequeñecerían cualquier plan de estímulo interno.

En ese caso, el gasto de Trump en infraestructura se transformaría en más guerra corporativa, y el efecto multiplicador sería insignificante. Eso a su vez crearía condiciones para una futura austeridad, cuando el temor a nuevos aumentos de las tasas y del gasto federal en Estados Unidos ponga presión sobre los pasivos públicos no financiados actuales (por ejemplo, la seguridad social).

Para que la estrategia económica de Trump a medio plazo tenga alguna posibilidad de éxito, debe entender que lo que necesita reestructuración no es la deuda pública estadounidense sino la deuda privada china. De lo contrario, las tasas del Tesoro de los Estados Unidos pueden irse por las nubes y debilitar seriamente la sostenibilidad de la deuda estadounidense.

Trump también debe entender que no puede hacer a Estados Unidos grande otra vez imitando el plan de estímulo no financiado de Ronald Reagan. Ese truco funcionó cuando el minotauro estaba encadenado y alimentado; pero no funcionará con un dragón al que se le agotó el fuego. En vez de eso, si Trump realmente quiere reequilibrar la economía estadounidense para que el crecimiento beneficie a los abandonados a los que prometió tanto, debería imitar a Franklin D. Roosevelt y buscar una remodelación keynesiana de Bretton Woods.

Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, es profesor de Economía en la Universidad de Atenas. © Project Syndicate 1995–2016

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