Transgénicos y falsos profetas

Hace más de 20 años consumimos alimentos modificados genéticamente

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Ante las acaloradas discusiones que ha habido últimamente sobre el tema de los transgénicos, es preocupante que personas e instituciones hayan emitido pronunciamientos generales condenando a una tecnología muy beneficiosa para la humanidad, partiendo del análisis de una solicitud específica de una empresa en particular.

Por definición, un organismo transgénico es aquel al cual se le han incorporado habilidades especiales. Como se hace por medio de técnicas de ingeniería genética, a estos se les llama organismos genéticamente modificados. En cultivos agrícolas, la mayoría de modificaciones permiten a las plantas ser resistentes a algunos herbicidas o defenderse mejor del ataque de ciertos insectos.

Quien haya sembrado algo en su vida, sea a pequeña o gran escala, comprenderá que estas constituyen habilidades muy deseables. Otros desarrollos científicos más recientes han permitido que los frutos de algunos de los cultivos más importantes contengan mayor cantidad de vitaminas, aminoácidos, antioxidantes y otras moléculas buenas para la salud.

Asimismo, se han generado plantas capaces de adaptarse a la sequía. Esta característica es muy importante porque permite cultivar en muchos lugares del mundo donde hoy no se puede hacer y también tener posibilidades de enfrentar mejor los inminentes embates del cambio climático. Por eso, lo prudente en este tema es analizar caso por caso.

Sorprende, entonces, escuchar proclamas que incitan a la población a no consumir alimentos transgénicos, lo cual pareciera ingenuo en virtud que desde hace más de dos décadas una parte importante de la alimentación que se consume en este país proviene de cultivos que han sido modificados genéticamente.

Algunos ejemplos incluyen a la mayoría de alimentos originados a partir de maíz o soya importados, que van desde las tortillas comunes hasta los refrescos gaseosos que contienen jarabe de maíz. La gente los ha consumido y sigue consumiendo sin que se hayan cumplido los fatales pronósticos anunciados por esos falsos profetas.

Otra consideración a tomar en cuenta es que los concentrados con los cuales se alimenta a las vacas, cerdos y pollos están compuestos en gran parte por derivados de maíz y soya transgénica, por lo que cualquier restricción a estos productos transgénicos tendrá un efecto directo sobre la disponibilidad y costos de la leche, los huevos y las carnes de estos animales.

También es incoherente que se quiera restringir los transgénicos para uso alimentario cuando, por otro lado, existe una amplia aceptación para usar otros productos de origen totalmente transgénico como la insulina, los antibióticos y vacunas, los cuales, incluso, son inyectados directamente en el cuerpo.

Se estima que para el 2050 la población mundial alcanzará cerca de los 9.300 millones, donde la demanda por alimentos aumentaría en un 70% mientras que el crecimiento de las tierras sembradas sería de solamente un 5%. Ante esto, ¿cómo hacer para darle de comer a un planeta hambriento? ¿Cómo producir más alimentos y de mejor calidad consumiendo menos agua, energía, contaminando menos y manteniendo la rentabilidad?

Este reto difícilmente se superará sin la investigación biotecnológica y sin el uso de organismos genéticamente modificados.

Por lo anterior, más mesura, por favor, que en esta era de la información y el conocimiento ya no es tan fácil tapar el sol con un dedo.

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Noticia La Nación: Transgénicos y falsos profetas