Opinión

Transfiguración en la belleza

Actualizado el 30 de mayo de 2014 a las 12:02 am

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Transfiguración en la belleza

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He oído a miles de músicos de gran nivel. Pero me doy cuenta de que los que en mí han dejado huella profunda son pocos. El primer chelista que escuché fue Pierre Fournier, en 1975. Fui a oírlo lleno de ilusión, porque en casa tenía la que creo sigue siendo la mejor versión del Concierto de Dvorak: él y George Szell con la Orquesta de Cleveland.

Nombre mítico. Así, pues, su nombre era ya mítico para mí, cuando fui, aquella noche de octubre, a escucharlo con mi padre al Teatro Nacional. Tocó el Concierto de Schumann. Era poliomielítico. Lo estoy viendo entrar a escena, el gesto altivo, con sus muletas y el chelo firmemente asido, entre sus fierros y la pesada parafernalia metálica que le permitía mantenerse en pie. Se instaló en su podio, a la altura del director, Gerald Brown. Era ya un hombre viejo: su técnica se había deteriorado, y desafinaba de manera ostensible. Pero hay artistas que están por encima de cualquier imperfección técnica. Reparar en sus errores sería mezquino. Quien, en presencia de La Victoria de Samotracia, únicamente vea el lunar de su muslo izquierdo es un cicatero y no merece ser expuesto a su magnificencia.

Tres discretos acordes de las maderas, a guisa de introducción, del Concierto de Schumann y, luego, ese tema del solista, que por su romanticismo oscuro y apasionado no tiene parangón en la historia del chelo. Recuerdo haber sentido por momentos que el instrumento no solo cantaba: ¡hablaba, me interpelaba! ¡Tal lirismo, tan íntima, contenida tragedia, detrás de esta música! Hasta mí llegaba desde el fondo de los siglos, burlando, como filosa centella, esa ilusión que llamamos “tiempo”. Compuesta especialmente para el niño que yo era. Un mensaje personal. Como reencontrar a un viejo amigo. Y algo más: sentí que, de haber sido compositor, tal hubiese sido la música que habría creado. Más que conocer, tuve la impresión de reconocer: yo era la melodía con que da inicio la pieza: ¡mi alma estaba en La menor! El mismo efecto que la melodía de Vinteuil tiene sobre Proust: mi vida expresada, retratada, encapsulada en aquel tema doliente pero lleno de dignidad.

Tal era la belleza de la interpretación, que aun las desafinaciones contribuían a cimentar la figura de un ser humano sublimemente falible. Eran bellas. Había en ellas humanidad. Dejaban de ser percibidas como imperfecciones, se integraban a un discurso en el que el criterio de impecabilidad perdía toda importancia. En un gran músico, aun las pifias deben ser acogidas como dación, un acto de generosidad. “No temo confesar que soy humano” –era el mensaje implícito en su actitud–.

Músico hasta la médula. Fournier nunca tuvo un sonido tan avasallador como Rostropovitch, pero era músico hasta la médula. Durante la celebración de su septuagésimo quinto aniversario, el monstruo ruso se refirió a él como “mi amigo, mi ídolo, mi dios”. Nadie hacía cantar el chelo mejor que Fournier: en la enunciación y fraseo de las largas líneas melódicas era incomparable. La escritora Colette dijo: “Canta mejor que cualquier cosa que cante en el mundo”.

Al tomar el avión, durante una de sus giras de conciertos, algún cretino le prohibió viajar con su instrumento al lado (jamás se separaba de él). Lo obligaron a guardarlo en el compartimento de las valijas. Era un Stradivarius que había pertenecido a Piatigorsky, y que llevaba por nombre “La bella durmiente”. Lo hicieron trizas. Fin del noble instrumento: el cuerpo de Fournier había sido irreparablemente lesionado por segunda vez. Un magnífico Gofriller de 1972 tomó su lugar… Pero, para un músico tan simbióticamente vinculado a su instrumento, el hecho adquirió la resonancia de una tragedia personal. Como Quasimodo, cuando aparece confundido a la campana de Notre Dame cual híbrida, teratológica criatura, hombre y violonchelo eran indiscernibles.

Visita en el camerino. Lo visité en el camerino. Por ahí conservo su autógrafo. Le hizo gracia que un chiquillo tan formal fuera a saludarlo. “¿Sos músico?”. “Sí”. “¿Qué tocás?”. “Soy pianista” –y me llené de una dignidad que ha de haber sido entre enternecedora y risible–. “¡Es fácil el piano: todas las notas están ahí, transformadas en teclas: es cuestión de tocarlas! ¡En cambio, en el chelo hay que crearlas, sacarlas de la nada!”. Y rio. El camerino se llenó de luz. Sonrisa franca, cálida, en Mi bemol mayor y compás de tres por cuatro. “Yo comencé como pianista, pero la poliomielitis me impedía accionar los pedales. Fue por eso que me hice chelista”. “Pero el piano no es fácil… Uno a veces falla notas…” –atiné a decir–. “Eso no importa: lo que cuenta no son las notas, sino lo que hay detrás de ellas”. Lo que no entendí en aquel momento es hoy para mí una de las más hondas verdades de mi oficio.

Un titán. ¡Ah, qué gran viejo, Pierre Fournier! Aquel hombre frágil, con sus muletas, su caminar difícil, casi penoso, volaba tan pronto comenzaba a tocar. Como el Albatros de Baudelaire, exiliado sobre el puente de los barcos lucía lento y torpe, pero en pleno vuelo se transformaba en señor de los dos infinitos: cielo y mar. “Sus alas de gigante le impedían caminar”. Fournier, ser herido, vulnerable, discapacitado… Verlo entrar a escena era perturbador. Pero, tan pronto blandía su instrumento, se transfiguraba. La belleza era la patria de su espíritu, su verdadera residencia: todo lo demás eran ciudadanías transitorias, falsos pasaportes. Tomaba el arco, y de las concavidades de la sinuosa caja brotaban las más fragantes, misteriosas armonías. Entonces era fuerte, emanaba salud, se convertía en un titán, y llenaba la sala de poesía.

Lo comprendo: su verdadero cuerpo era la música. Tal era su secreto.

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