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¿Tiempos de cambio?

Actualizado el 11 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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¿Tiempos de cambio?

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“¿Se avecinan realmente tiempos de cambio?”. Eso me preguntaba yo, en estas páginas, cuando François Hollande fue electo presidente de Francia (“Un gatopardismo necesario”, 2012). El lado galo de mi alma me decía entonces que Hollande no era una alternativa realmente diferente de Sarkozy.

Retórica electoral. En la borrachera de tiempos electorales, más de un pueblo se inebria con retóricas de cambios. Frases altisonantes prometen, en el aire, sin reparar siquiera en las condiciones económicas, sociales, administrativas y fiscales mínimamente necesarias para un giro. Triste y testaruda llega después la realidad y las frases se moderan, se pide paciencia y lentamente se sale de la resaca.

El 14 de agosto del 2012 se cumplieron los primeros cien días del mandato de Hollande y ya se anunciaba entonces un final precoz de su luna de miel con el electorado francés. La confianza iba desfalleciendo. A Hollande, que se vendió al electorado como un producto político contra la austeridad, poco a poco le fue tocando nada menos que implementar un plan mucho más draconiano que el de Sarkozy. De “Merkozy” se pasó a “Merkhollande”, austeridad sin crecimiento económico, imparable déficit fiscal, incremento en desempleo y planes de gobierno con mayor dureza, a cambio de tardías y desbalanceadas reformas estructurales, en las que pocos creen. Entre acusaciones y altisonancia de impacto en el electorado se desperdiciaron las elecciones para explicar realidades y formas sensatas de enfrentarlas.

Pasada la borrachera electoral, las denuncias de los escándalos de Sarkozy no bastan ya para entretener al público francés y las auditorías administrativas ya no sirven de cortina de humo. Sarkozy se había ido con tufillo de corrupción y su caso se fue agravando, sumiendo a la oposición en la confusión y dando un breve respiro político a Hollande. El pasado primero de julio, el expresidente francés fue detenido y luego imputado por tráfico de influencias y corrupción, en un proceso que involucra por lo menos a un juez del Tribunal Supremo de Justicia.

Pero eso da para lo que da. El sol no se puede seguir tapando con ese dedo, por gordo que sea. Ahora, la principal noticia es el fracaso del mismo Gobierno que, hace unos días, tocando fondo de impopularidad, tuvo que volver a cambiar su gabinete y hundir en el marasmo al socialismo francés.

Promesas sin sustento. ¿Cuándo se equivocó Hollande? No ahora. Una observación serena del escenario galo nos muestra que el presidente es consciente de la impopularidad de su programa de austeridad, pero esta vez está dispuesto a sacrificar su figura en beneficio del futuro francés. Así debió, tal vez, haber comenzado. Pero era más “vendible” el mundo de las vaguedades. Con solo palabras, el cambio no podía llegar. La situación empeoró y comprende, ahora, la necesidad de cambios radicales, impopulares, pero imperiosos, para frenar la pérdida estructural de competitividad de la economía francesa. Paga así no haber puesto, de primero, el buey de la economía delante de la carreta social. Quiso mejorar el reparto sin competitividad. El alero de la corrupción de su predecesor le dio un impulso inicial de salida, pero la carrera era de resistencia. Ahora, Francia bebe el trago amargo por haber creído en promesas sin sustento.

De cerca, el proyecto de largo plazo de Hollande no es muy diferente, sino inclusive más radical y acelerado que el de Sarkozy. Su "pacto de responsabilidad" tiene dos ejes: reducción del 20% de los impuestos a las empresas (14% en el 2014 y 6% adicional en el 2015) y, paralelamente, recortes del 4% del gasto público. Apuesta a que un supuesto aumento de la producción solucione el déficit fiscal. Nada original. El agua tibia ya estaba inventada. Más de lo mismo, pero más tarde, más duro y más difícil de tragar.

Esperanzas muertas. ¿Cómo ser electo diciendo la verdad? Difícil dilema para el candidato socialista cuando le era tan fácil decirle a la gente que, con solo cobrar mejor, se resolvía la brecha fiscal. Hollande prometió, además, detener el avance del déficit con contención del gasto público y resolverlo con crecimiento. Pero cedió a la presión de grupos de interés, del lado social y empresarial, y el déficit sigue en los mismos niveles de gravedad (de 4,9% en el 2012 al 4,3% en el 2013). Eso no evitó que la contención del gasto detuviera el crecimiento, que hoy se proyecta en solo 0,5% para el 2014. Están desempleados 500.000 franceses más que cuando inició su mandato, y la deuda pública aumentó (del 90,6% en el 2012 al 93.5% en el 2013). Pasar de Sarkozy a Hollande no significó nada más que la simple muerte de las esperanzas de un cambio, que no era posible en los términos con que se le presentó al electorado. Con una tambaleante izquierda, la derecha xenófoba se frota las manos.

Cuando el nuevo Gobierno socialista llegó al poder, ¿descubrió en ese punto la inmensidad de su tarea? ¿Cómo pretender, entonces, que el electorado de a pie no fuera presa fácil de una maquinaria publicitaria de simplismos? Si los que gobiernan, una vez electos, tienen que confesar su confusión, ¿cuánto mayor desconcierto no tendría el electorado francés, al que se le prometió una imposible rebelión contra Alemania?

Fin del populismo. Populismo de promesas o populismo de denuncias llegaron a su fin. ¿Qué queda? Es el fin de la retórica y del mensaje político como publicidad. Llegó la hora, en Francia, de tomar al toro por los cuernos y dejarse de pañitos tibios. Eso lo entiende, ahora, Hollande, cuando apuesta a la promoción de la competitividad. Pero lo hace políticamente debilitado, a destiempo y de forma desequilibrada, en un segundo cambio de gabinete. Es claro que así no habría sido electo. Pero es lo que le toca. Penosamente, contra las cuerdas, habiendo decepcionado a todos, especialmente en su partido, y poniendo en entredicho la misma viabilidad del cambio.

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