Opinión

Tico no, mejor costarricense

Actualizado el 05 de febrero de 2017 a las 12:00 am

El paso creciente de costarricenses a ticos revela mucho más que un mero giro lingüístico

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Tico no, mejor costarricense

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Cada vez más a menudo, cuando alguien en el extranjero se entera de dónde nací, espeta rápido, “ah, tico”, y sigue a continuación la retahíla de lugares comunes, dependiendo de la edad: desde los más viejos que hablarán de la democracia sin ejército, hasta los más jóvenes que mencionarán playas y turismo ecológico. No está mal. Casi todos se referirán al deporte (fútbol, sobre todo) y a la colorida alegría caribeña, supuesta alma nacional.

Mientras tanto, yo escucho con paciencia aquella lista de clichés en la que no me siento debidamente retratado. Y tras oír una y otra vez el sonsonete de tico, tico, tico, termino aclarando, de la manera más suave posible para que no crean que es pesadez, sino más bien precisión patria: tico no, mejor costarricense.

Una cosa es que, en confianza, de manera coloquial, usemos dicho término, y otra es que amenace con desplazar al gentilicio natural: costarricense, que alude a una nacionalidad completa y respetable, no esa derivación algo carnavalesca que apunta a una identidad enana; no la palabra plena, sino su diminutivo. Y Costa Rica tiene un espíritu muy grande como para que sus habitantes se resignen a ser pigmeos nominales.

Usar bien los términos. Que se use en casa o entre amigos está bien; que se exporte y los extranjeros comiencen a utilizarlo, ya no me parece tan simpático. Hay una falsa sinonimia, desequilibrada, entre ambas expresiones, y la corta tiende a ahogar a la larga en los usos cotidianos, tanto a nivel popular como en lo culto. No se trata de elegir una u otra, ambas pueden coexistir sin problemas, como ha ocurrido desde hace mucho tiempo, pero hay que saber cuándo usarlas, cómo y con quién.

Son sobre todo las últimas generaciones las que han hecho del término “tico” una divertida bandera nacionalista y populachera, y como es corto y de fácil ortografía, circula mejor entre las “reses sociales” (con perdón de los vacunos) que el largo “costarricense”, con esa doble erre resbalosa y esa ce y esa ese que pueden fácilmente enredarse para los educados a medias, o de plano sin educación.

Los titulares de los periódicos y demás medios también caen en la tentación “tiquesca” por economía de espacio, aparte de promover una nueva y ruidosa identidad colectiva acorde con el neoliberalismo de las últimas décadas.

¿Costa Rica caribeña? Sí y no. Por supuesto que por geografía, ahí estamos, y por historia también, pero a un nivel más ancestral, más profundo, la cultura del Valle Central es más de montaña y de río, y solo en la margen, de playa y de mar.

El arquetípico campesino nacional es un montañés ladino, más callado que bullanguero, más retraído que bailador, con un modo muy propio de ser triste, esa “pequeña pero endémica y cotidiana tristeza” de nuestros antepasados de la que hablaba Emilia Prieto, la notable estudiosa del folclor y la música “cartaga”, esto es, meseteña, y que ella explicaba con determinismo geográfico: “Entre la pésima costumbre de ser pobres –al decir de don Manuel de Jesús (Jiménez)– y la mortificación de la llovedera durante largos ocho meses, bajo un sol anémico cuando se digna asomar, el alma se acoquina, languidece y decae”.

Así, parte de nuestra tristeza como pueblo tendría como base la famosa pobreza colonial que nos democratizó, según las teorías históricas de estudiosos como Carlos Monge y Rodrigo Facio, más, claro, el ingrediente climático (tanta llovedera y nublazón). ¡Qué lejos estamos del autoengaño turístico de ser “el país más feliz del mundo”!

Por su parte, el ensayista Luis Barahona habló de “la voz quejumbrosa de nuestros campesinos”, “el dejo de tristura con que entonan sus canciones”, a lo que la marxista Prieto añade: “muchos son los factores que nos alejan de nosotros mismos y nos hacen extraños. La superficialidad y la frívola novelería suplantan a menudo lo auténtico por un advenedizo e importuno falsete que nada tiene en común con el asunto. Crece nuestro descastamiento y se desvanece lo que nos da razón de ser en el espacio y el tiempo”.

Ingredientes. En su momento, Barahona y Prieto diferenciaban el sentir y la música de la Costa Rica profunda del intento de entonces por “guanacastequizar” su tradición folclórica, sin que ello significara descalificar lo guanacasteco, sino apenas ponerlo en su justo lugar, igual que hoy se pretende hacer del Caribe nuestro corazón histórico y no verlo apenas como uno de sus ingredientes, hacer de una parte el todo.

Cierto es que las identidades (individuales y colectivas), en tanto construcciones imaginarias, no son inmutables, se van modificando con la historia, pero los estratos más recientes no pueden ignorar los más hondos y decisivos.

Si pienso en mis ancestros, veo campesinos de Coronado (retratados en poesía por Arturo Agüero) y burgueses de Cartago, algunos de los cuales, en la práctica, no vivían mucho mejor que sus trabajadores, todos respirando bajo nubes de mutismo y de tristura, atrapados en la morriña, afectados de cabanga, no por algo en especial, ni por todo o por nada, solo cabanga amorriñada, porque sí, porque se la trae en la sangre, sin importar si andaban descalzos o con botas, en el barreal o en la acera, a pie o a caballo.

A veces el alcohol les sacaba alegrías del pecho, pero al poco tiempo retornaban a sus tristezas atávicas. Fiestas, sí, pero no carnaval. Risas, sí, más bien sonrisas irónicas que nunca florecían del todo. Había turnos, ferias, procesiones y fiestas patronales, pero luego volvían el silencio de los encuevados y el cuchicheo de las chismosas.

Las cosas cambian, qué duda cabe. Pero el paso creciente de costarricenses a ticos no es algo inocente, sin consecuencias, y revela mucho más que un mero giro lingüístico; tiene algo de mutación social, del descastamiento señalado por Prieto.

Es como dejar el nombre propio de lado para asumir el apodo, y yo prefiero usar mi nombre de bautismo. Ojalá que otros compatriotas quieran recuperar el tesoro que siempre han tenido en su largo gentilicio, que lo engañoso de una malentendida multiculturalidad y de un populismo amnésico les impide apreciar debidamente.

El autor es escritor.

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