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Terminando con el hambre

Actualizado el 21 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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ROMA – Por lo menos 842 millones de personas en todo el mundo sufren hambre crónica –una disminución de casi 1,5% con respecto a los 854 millones calculados para el 2010-2012–. Claramente, si bien se ha hecho cierto progreso, el mundo todavía tiene un largo camino por recorrer para erradicar la desnutrición.

Mientras los líderes mundiales intentan encontrar la mejor manera de actuar, un informe publicado conjuntamente este año por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola y el Programa Mundial de Alimentos puede servir como un recurso importante. El informe El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo (SOFI 2013) ofrece estimaciones actualizadas en materia de desnutrición y sobre el progreso de cara a alcanzar los objetivos de hambre fijados por los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y la Cumbre Mundial sobre la Alimentación (WFS).

El progreso en el campo de los ODM ha sido desigual. Si bien muchos países en el mundo en desarrollo –donde habitan 827 millones de los desnutridos del mundo (comparado con 838 millones en el 2010-2012)– han avanzado hacia la meta de reducir a la mitad, en el 2015, el porcentaje de gente con hambre comparado con 1990, la tasa promedio de disminución no alcanza para cumplir con el objetivo en los próximos dos años. El objetivo más ambicioso de la WFS de reducir a la mitad la cantidad total de personas con hambre en el mundo está aún más distante: la cantidad de personas desnutridas se ha reducido apenas el 17% desde 1990-1992.

Como señala el informe SOFI 2013, el progreso, a la hora de erradicar el hambre y la desnutrición, se ha desacelerado desde el 2000, cuando los precios de los alimentos comenzaron a subir, luego de casi medio siglo de declinación. Si bien el rápido crecimiento económico ha impulsado los ingresos per cápita en gran parte del mundo desarrollado, las alzas de los ingresos no se produjeron de manera pareja, lo cual dejó a cientos de millones de personas frente a precios de alimentos más altos sin suficientes incrementos de los ingresos.

El Banco Mundial originariamente definió su umbral de extrema pobreza de “un dólar por día”, principalmente en términos de la cantidad de alimentos que hace falta comprar para no padecer hambre. Pero los ajustes subsiguientes –como a $1,25 por día para el 2005– parecen haber perdido esa relación. La línea de extrema pobreza de hoy es inadecuada para evitar estar desnutrido –en Nicaragua, por ejemplo–. Si bien el porcentaje de gente que vivía en una situación de extrema pobreza en 1990 se redujo a la mitad en el 2010, el progreso deberá acelerarse considerablemente para reducir a la mitad la prevalencia de la desnutrición en el 2015.

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Mientras tanto, a pesar de la caída en el empleo y los ingresos de los expatriados en los últimos 50 años, las remesas de dinero han ayudado a combatir la pobreza, reducir el hambre, mejorar las dietas y aumentar la inversión agrícola. Globalmente, las remesas representan casi tres veces el volumen de la asistencia oficial destinada al desarrollo, que ha sido un blanco fácil de recortes presupuestarios por parte de los países ricos en los últimos años.

El informe SOFI 2013 también describe las persistentes y marcadas disparidades entre las regiones. El este y el sudeste de Asia y América Latina –que han experimentado un crecimiento particularmente rápido en los últimos decenios– son los que tuvieron mejor desempeño en términos de reducir el hambre. El África subsahariana, después de un cuarto de siglo de estancamiento económico, ha hecho cierto progreso en la última década, pero sigue teniendo la tasa más alta de desnutrición en el mundo. Los progresos en el sur de Asia y el norte de África han sido modestos, mientras que las condiciones en Asia occidental en verdad se han agravado.

El hambre y la desnutrición (que refleja solo el suministro de energía alimentaria) suelen convivir. Pero, en la mayoría de los lugares, las tasas de desnutrición –según lo indica, por ejemplo, la proporción de niños raquíticos– son mucho más altas que las estimaciones para la prevalencia de la desnutrición. Es por ese motivo que son necesarias intervenciones que mejoren la alimentación –en la agricultura, las escuelas, la atención médica, los suministros de agua y otros sectores–, destinadas especialmente a las mujeres y los niños pequeños.

Los esfuerzos para asegurar un crecimiento económico sostenible e inclusivo también son vitales. Dado que la desaceleración económica general de los últimos 50 años llegó hasta las zonas más resilientes del mundo en desarrollo, es improbable que se alcance un pleno empleo en la mayoría de los países, al menos en el futuro previsible. Pero todavía se puede hacer mucho para mejorar las perspectivas de empleo de los trabajadores y, por ende, su capacidad para adquirir los alimentos que ellos y sus familias necesitan.

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En muchos casos, si se implementaran reformas integrales destinadas a inducir suficiente inversión agrícola y ofrecer una protección social apropiada, se podrían facilitar reducciones importantes de la pobreza y el hambre. Esto incluye asegurar que la gente tenga un acceso confiable a agua potable e instalaciones sanitarias adecuadas.

Si las medidas de protección social están correctamente diseñadas, su aporte, a la hora de reducir la desnutrición, aumentaría sustancialmente. Por ejemplo, ciertos beneficios podrían depender de la adopción de medidas de alimentación prenatales y posnatales que apuntasen a las madres y los niños en edad preescolar.

Programas de alimentación escolar bien diseñados han permitido que los niños superen el hambre –inclusive, el “hambre oculto” causado por deficiencias en los micronutrientes–. Políticas vinculadas para la adquisición de alimentos hicieron que surgieran cooperativas de pequeños agricultores familiares que practican una agricultura sustentable. Estas medidas –junto con iniciativas destinadas a mejorar los ingresos de la gente pobre– también ayudan a fomentar el desarrollo rural, estimular los mercados y promover la creación de empleo.

Un compromiso político de largo plazo para erradicar el hambre y la desnutrición –respaldado por una acción contundente– es esencial para mejorar las condiciones de salud y respaldar un crecimiento económico sostenible e inclusivo en todo el mundo. Ya se dieron los primeros pasos. Ahora es el momento de terminar la tarea.

Jomo Kwame Sundaram es subdirector general y coordinador de Desarrollo Económico y Social en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. © Project Syndicate.

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