Opinión

Tecnología, creatividad y otras confesiones

Actualizado el 03 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Debo confesar que don Pepe tenía razón: ¿para qué tecnología sin creatividad?

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“¿Para qué tractores sin violines?”, me preguntó en español un gigante de casi dos metros, con el pelo y la barba blancos y muy parecido a Nicolás, el santo. Sonreí, haciendo un enorme esfuerzo por controlar el sentimiento de emoción y confusión que provocó en mí esa sola frase.

Respiré profundamente, pues en fracciones de segundos fui y volví treinta años atrás, y miles de kilómetros al sur. La noche en el campo de Nuevo Hampshire estaba oscurísima. Caminamos despacio por entre lo que presentí era un bosque maravilloso.

Entramos al establo, una edificación del siglo XVIII, de las que se conocen en Nueva Inglaterra como “establos para un caballo”, pues tenían espacio solamente para uno de esos animales y el heno que se iba a necesitar durante el invierno.

En los últimos veinticinco años, este establo se ha convertido en el espacio que acoge los conciertos en el Centro para Música de Cámara Apple Hill.

Richard Harthorne, Dobbs, quien nos recibió al bajar del autobús –junto con otros miembros del Centro– es un bajista reconocido mundialmente y quien, antes de tocar para la Orquesta Sinfónica de Costa Rica entre 1971 y 1973, ejecutó bajo la batuta de Leopold Stokowski, y al regresar a su país, después de dejar el nuestro, fue dirigido por Igor Stravinski. Actualmente, recorre el mundo con el grupo de Música de Cámara de Apple Hill, tocando por la paz.

Múltiples procedencias. Nosotros llegábamos esa noche a Apple Hill procedentes de varios centros de tecnología, como el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y el Tecnológico de Georgia (Georgia Tech), entre otros, para explorar nuestas posibilidades creativas como individuos y como grupo, y este es el lugar idóneo para ello, ya que la misión de Apple Hill es utilizar la música como un medio único para estimular las capacidades que definen nuestra humanidad: fuerza, compromiso, persistencia, empatía, cooperación, sensibilidad estética, responsabilidad, flexibilidad y conciencia distendida.

Éramos un grupo interesante: desde el punto de vista cuantitativo, sumábamos como cuarenta. Desde el cualitativo, nuestras edades oscilaban entre los 16 y los 75 años y nuestros intereses variaban desde la ingeniería y la computación, la ciencia y la matemática, hasta la educación, la música, el arte y la danza.

La mañana siguiente dejó ver el paisaje espectacular que rodea a Apple Hill. En los últimos días de agosto, los colores del impresionante bosque mostraban que ya casi no era verano, y casi entraba el otoño.

Durante los siguientes tres días, convertimos cada reunión, cada conversación y cada ocasión en una oportunidad para explorar nuestras propias capacidades creativas y de aprendizaje. Aprendimos y creamos en el establo, en el bosque y en los trillos de las colinas.

Exploramos nuestras posibilidades creativas para hacer cosas muy variadas, algunas de las cuales nunca habíamos hecho antes. Cantamos en canon, organizamos un coro para expresar un “espiritual” de los esclavos, aprendimos a acompañar varias canciones con el ukelele, programamos música en la computadora, entendimos y disfrutamos música de cámara, bailamos música folclórica, analizamos software de última generación, hicimos ciencia con materiales de desecho y diseñamos una coreo-grafía con luces, en la noche oscurísima del campo en Nuevo Hampshire.

Cuentacuentos. La última noche de nuestra estadía en Apple Hill, Dobbs demostró que además de un consumado bajista es un magistral cuentacuentos. Contó sus historias acompañado por su bajo y promovió en el auditorio profundos sentimientos de emoción y éxtasis.

En uno de sus cuentos, confesó cómo se había enamorado de Margot Fontaine, una noche en Costa Rica en 1972 cuando él tocaba para la orquesta mientras ella bailaba en el Teatro Nacional, en su gira mundial de despedida.

De aquí a unos años, cuando me llegue el turno de contar mis cuentos, entonces yo confesaré que me enamoré de Dobbs, una noche, oscurísima, en Nueva Inglaterra. Mientras tanto, debo volver a confesar que don Pepe tenía razón: ¿para qué tecnología sin creatividad?

La autora es rectora de la Universidad Castro Carazo.

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