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Solidaridad con los tiburones

Actualizado el 16 de febrero de 2016 a las 12:00 am

Observar de cerca una mantarraya puede valer miles de dólares; muerta, solo una fracción

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SAN JOSÉ – Desde hace mucho tiempo se viene diciendo que sabemos más sobre la Luna que sobre los océanos. Después de todo, 12 personas han caminado sobre la superficie de la Luna, pero solo tres se han adentrado en la parte más profunda del mar. Ahora parece que sabemos mucho menos acerca de los océanos de lo que pensábamos, y que tal vez hemos podido hacer incluso más daño de lo que creíamos.

En un estudio reciente se observó que durante años se han subestimado las capturas de pescado. Este hecho debería captar la atención tanto de las organizaciones regionales de ordenación pesquera, que supervisan la pesca comercial en alta mar, como de las que velan por el cumplimiento de la Convención de las Naciones Unidas sobre la conservación de las especies migratorias de animales silvestres (CMS), que abarca las especies migratorias en peligro de extinción.

Según la CMS, las especies que requieren hoy la protección más estricta – incluidas en el apéndice I– figuran los tiburones blancos, además de las cinco especies de peces sierra y once tipos de rayas. Las reuniones de la CMS sobre los tiburones migratorios, que comenzó ayer en San José, Costa Rica, representan una importante oportunidad para avanzar en la elaboración de normas para asegurar la conservación y la utilización sostenible de estas especies, de forma que puedan seguir cumpliendo su función ecológica fundamental como depredadores apicales.

En su última conferencia, celebrada en Quito, Ecuador, en el 2014, las partes en la CMS añadieron varias especies de tiburones, cuya protección se alienta a los gobiernos a que la aseguren mediante la negociación de acuerdos internacionales.

Uno de estos acuerdos, alcanzado en el 2010 y hasta ahora firmado por 39 partes, es el Memorando de entendimiento sobre la conservación de los tiburones migratorios. Pese a no ser jurídicamente vinculante, la iniciativa proporciona un foro importante para llegar a un acuerdo sobre las políticas destinadas a asegurar que toda explotación de las poblaciones de tiburones migratorios sea sostenible.

Pero, tal como se subraya en el reciente estudio sobre las capturas de pescado, carecemos a menudo de datos precisos para determinar cuál es el nivel de consumo sostenible. A falta de ello, debería aplicarse el principio de precaución –en caso de duda, no proceder–. El problema es que la ausencia de datos fiables puede hacer que la necesidad de proteger una especie parezca más abstracta y menos urgente, debilitando así la capacidad de los gobiernos de resistir a otras demandas, más inmediatas, especialmente la necesidad de proteger los medios de vida correspondientes.

Entretanto, el consumo de los recursos de los océanos sigue aumentando. En las dos últimas generaciones, debido a que la población mundial se ha duplicado, alcanzando los 7.300 millones de habitantes, la cantidad de pescado extraído de los océanos cada año ha crecido aún más rápidamente, de 20 millones de toneladas métricas en 1950 a 77 millones en el 2010. Y estas son solo las cifras oficiales, que no tienen en cuenta las capturas ilegales, no reguladas y no declaradas.

Dado que los tiburones constituyen una captura secundaria comercialmente valiosa de otras pesquerías (generalmente las dedicadas al atún), las organizaciones regionales de ordenación pesquera tienden a no elaborar normas específicas para ellos. Por tanto, resulta más fácil a los tiburones deslizarse a través de las fisuras del derecho internacional, que eludir las redes de los pescadores, sobre todo las enormes redes especializadas que se emplean hoy día en la pesca.

De hecho, a diferencia de los pescadores artesanales del pasado, los buques factoría y las tecnologías modernas han permitido el enorme aumento de las capturas para satisfacer la demanda no solo local sino también de los mercados distantes. Ante esta situación, no debería sorprender la adición de tantas especies en peligro de extinción a la lista en los últimos años.

En estas condiciones difíciles, iniciativas como el Memorando de Entendimiento revisten una importancia aún más decisiva como medio de fomentar medidas (a menudo específicas para la región). Algunos signatarios, entre ellos algunos Estados insulares del Pacífico, han declarado sus enormes zonas económicas exclusivas de ser santuarios de tiburones y han establecido zonas donde está prohibido todo tipo de pesca. Por su parte, Australia, Nueva Zelanda y los Estados Unidos han creado planes y sistemas de observación para evaluar y gestionar las poblaciones de peces.

Por otra parte, en respuesta a la indignación por la práctica derrochadora del desaleteo de tiburones, la Unión Europea exige ahora que todos los tiburones se desembarquen intactos, impidiendo así el cercenamiento de las aletas de los tiburones en el mar y la eliminación por la borda de sus cuerpos menos valiosos. Esta norma se ha reforzado mediante la promesa del gobierno chino de no servir sopa de aletas de tiburón, considerada un manjar, en los banquetes oficiales.

Se ha alentado incluso a las empresas de transporte y a las compañías aéreas a tomar medidas al respecto, siendo ahora un número cada vez mayor de ellas que se niegan a transportar aletas de tiburón.

Si bien se debe aplaudir estos progresos, hay todavía un largo camino por recorrer. Por ejemplo, es necesario realizar esfuerzos para abordar el problema de la captura incidental (la captura de tiburones en las redes destinadas a otros tipos de pescado, especialmente el atún). La clave, para todas las partes interesadas –desde los pescadores y los conservacionistas hasta los gobiernos y los foros internacionales– es trabajar juntos a través del Memorando de Entendimiento y las iniciativas similares.

El impacto económico adverso que deriva de tales esfuerzos no es tan grande como era de prever; en muchos casos, podría ser compensado con creces por otros tipos de actividades comerciales en las que se aproveche la utilidad de los tiburones vivos. Ejemplos de ello son las operaciones de ecoturismo que prosperan en las Maldivas, Kenia, Sudáfrica, Fiji, y algunos países de América Central y el Caribe. Como atracción turística, observar de cerca una mantarraya puede valer miles de dólares; muerta sobre una losa en el muelle, con su carne y branquias se obtiene solo una fracción de ese valor.

Las ideas a corto plazo que impiden los esfuerzos de conservación del medioambiente pueden ser hoy devastadoras; de hecho, en cierta medida, lo son ya. Si seguimos agotando los ecosistemas críticos, estos se verán pronto imposibilitados de regenerarse.

Solo con un esfuerzo concertado, cooperativo y urgente de preservar los ecosistemas marinos y proteger los medios de vida de las personas que dependen de ellos, los océanos podrán seguir alimentando –y fascinando– al mundo durante las próximas generaciones.

Bradnee Chambers es el secretario ejecutivo de la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias de Animales Silvestres en el marco del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. © Project Syndicate 1995–2016

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