Opinión

Socialismo, democracia y liberalismo

Actualizado el 10 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Socialismo, democracia y liberalismo

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Un amigo me pide, casi ofendido, que le explique por qué manifiesto que la ideología del Partido Liberación Nacional corresponde al socialismo. “Mire –afirma– pertenezco a ese partido desde hace muchos años y siempre he creído que somos demócratas, no socialistas. Para mí, socialismo y comunismo son la misma cosa. Soy y seguiré siendo anticomunista”.

Durante cincuenta años me dediqué a dar charlas para grupos de jóvenes y profesionales sobre la democracia y, con alguna frecuencia, se me preguntó lo mismo. Con rotundez, apareció la declaración retadora: “Yo soy demócrata, socialista jamás”. Esta equivocación –porque lo es– pienso que es consecuencia de los ataques, comentarios y discusiones que hubo en relación con el régimen soviético durante sus setenta años de existencia. Resultado de esta larga discusión, nació un término que ha servido como clasificación ideológica para no pocas personas: el anticomunismo.

Siempre pensé que la forma de ubicarse dentro de una religión o ideología política debería ser positiva: ser católico, ser liberal. Por lo tanto, es improcedente la situación en estos campos al sostener que se es anticatólico o anticomunista. Nadie se puede definir como cristiano diciendo que es anti-islamista ni como demócrata diciendo que es anticomunista.

Error. El error es todavía mayor, si recordamos que no todo anticomunista es demócrata, como no todo anti-islamista es cristiano. Un nazi es un radical anticomunista, pero no es demócrata; y un cristiano no adquiere tal categoría por el hecho de declararse anti-islamista. La definición política, religiosa o filosófica siempre ha de ser positiva, por lo que se es y nunca por lo que no se es.

Lo otro, que el demócrata no puede ser socialista, es discusión que viene de dos siglos atrás, acentuándose a partir del nacimiento del liberalismo como doctrina, y del marxismo, como supuesta ciencia. Se podría afirmar que la esencia del socialismo fue siempre la emancipación del hombre, tanto en lo social como en lo económico. Ese principio de liberación es hoy universalmente admitido como objetivo fundamental de la democracia. Es socialismo puro y, al mismo tiempo, derecho humano elemental, base y sustento de la democracia moderna.

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Todo esto quiere decir que no podemos afirmar, con buenas razones, que somos demócratas pero no socialistas. “Soy socialista a fuer de liberal”, sostenía tempranamente Manuel Azaña, definiendo sus principios políticos.

Por el socialismo se transformó la democracia liberal decimonónica, del gobierno de los hombres con un mínimo de cultura y dueños de bienes, a la democracia del pueblo. El sufragio universal es producto del socialismo y transformador de todo lo que hoy entendemos por democracia. Asimismo, la democracia política es parte del planteamiento teórico del liberalismo, por lo que ahora un buen demócrata no puede decir que es antiliberal ni antisocialista.

Coincidencia. En esto coincidimos plenamente con la conclusión a que llegó John Stuart Mill. La obra cumbre de Mill, y que, a su vez, es la más conceptual del naciente liberalismo –Principios de economía política–, apareció pocas semanas antes de que Marx y Engels publicaran el Manifiesto comunista en febrero de 1848. En el prólogo, Stuart Mill atacó fuertemente al socialismo, denunciándolo como grave peligro para la libertad. Pues bien, un año después, cuando publicó la segunda edición revisada de sus “Principios”, Mill rectificó, y en el prólogo dice textualmente: “La visión de los socialistas es colectivamente uno de los más útiles elementos para el mejoramiento humano”, para terminar afirmando, al final de su vida, que él era socialista y liberal y que “el futuro tenía el siguiente problema: de qué modo combinar la máxima libertad de acción individual con la propiedad común de las materias primas de la tierra y con la participación igualitaria de los beneficios del trabajo colectivo”. Pensamiento éste que pareciera escrito para los días que estamos viviendo porque es el dilema que tiene frente a sí la democracia moderna.

Lucha permanente. Hasta el momento, los partidos socialdemócratas en el mundo no han logrado suprimir la sociedad de privilegios. En el mejor de los casos, solo han podido reformarla. Más que por objetivos, es por procedimientos que no se logra conformidad. El planteamiento está allí, fortaleciendo la base que da razón de ser a la socialdemocracia: cómo poner de acuerdo los derechos de libertad con las exigencias de justicia social. Pero, para evitar dogmatismos y reclamos inútiles sobre derechos totales, recordar permanentemente, al menos, aquella duda que Tomás Moro nos dejó impresa en su Utopía: “Me parece que allá donde rige la propiedad privada, donde el dinero es la medida de todas las cosas, es muy difícil que se llegue a establecer un régimen político fundado en la justicia y la prosperidad.”

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En conclusión, los demócratas de ahora debemos ser liberales en el planteamiento político del liberalismo, y socialistas en la parte reivindicativa y humana del socialismo. No es cierto que para encontrar la libertad para siempre hay que suprimir la libertad temporalmente.

La democracia es un sistema que busca reafirmar la libertad mediante el ejercicio de la libertad. La democracia o es social o no es democracia. Somos liberales y socialistas, por eso somos demócratas; y también lo somos porque sabemos que la justicia, en su totalidad, jamás se podrá alcanzar.

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