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Siria: teatro (sangriento) de lo absurdo

Actualizado el 04 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

El derrame de sangre continúa sin la transparencia a que obliga la democracia

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Siria: teatro (sangriento) de lo absurdo

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Ahmad Kanjo, uno de los comandantes de las numerosas fuerzas rebeldes protagonistas de la guerra en Siria, hace pocos días, desconcertado por lo que está pasando, dijo en tono sombrío: “Yo no sé quién está bombardeando a quién”. Su confusión resume la tragedia siria.

Si los pactos contradictorios y cambiantes que caracterizan este conflicto, si la ausencia de un jus ad bellum que lo excuse, si el maquiavelismo cortoplacista que caracteriza la conformación de alianzas, si el poco interés en la muerte de civiles y si el enorme costo económico implicado tuviesen como protagonistas únicamente a facciones locales, de seguro los gobernantes y la prensa norteamericana, europea y rusa –¡y quizá la costarricense!–, de manera condescendiente y racista, estarían rasgándose las vestiduras.

Pero resulta que Washington, Moscú, París y Londres juegan un papel central en el desarrollo de la tragedia. Bombardean, venden armas, fomentan la rebeldía, entrenan a diversos grupos guerrilleros y sacian la obsesión guerrerista de algunos de sus liderazgos políticos.

Este absurdo y sangriento drama sigue su marcha porque, contrario a los conflictos en Vietnam y Afganistán, de donde Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, respectivamente, salieron derrotados, hoy no hay ataúdes envueltos en una bandera regresando a Washington o a Moscú.

Las bombas salen de aviones, barcos, submarinos y bases de drones, desde muy lejos de los campos de batalla. No hay muertos, ni huérfanos, ni madres con el corazón hecho trizas. Esos “inconvenientes” son monopolizados por las familias sirias e iraquíes.

Tragedia. Se trata de una tragedia para Siria e Irak, pero se constituye en una inversión para las potencias: venden armas, prueban nuevas tecnologías, marcan territorio y advierten al mundo de su disposición a desenfundar la espada. Sus políticos aplacan la sed por la guerra de una parte de su población y de su prensa, sin los costos en vidas y sin veteranos de guerra en sillas de ruedas. La ecuación perfecta.

¿Perfecta? Quizá no. La guerra causa refugiados, los cuales “contaminan” la “pureza étnica” y “amenazan” la “superioridad” cultural y el empleo de los países que desde lejos envían bombas. Por lo menos así lo ven los demagogos nacionalistas de derecha en esas capitales, los cuales cada vez ganan más espacios de poder.

Las bombas, los aviones y los barcos de guerra salen en una dirección y, en la dirección contraria, vienen refugiados. La tecnología operada desde cuartos con aire acondicionado mata a la distancia; mientras familias enteras huyen del Levante. Unas naufragan y mueren, y en ocasiones la fotografía de un niño ahogado toca el corazón del mundo. Ello también mancha la “perfección” de la estrategia.

Pero la intervención sangrienta y provocativa en este conflicto civil, el cual siempre debió resolverse entre las facciones locales, se ha convertido en una fábrica de terroristas y de ataques suicidas cobardes, lo que ha llevado la guerra a las ciudades de los países bombarderos. Ello tiñe aún más las “virtudes” de la estrategia.

Competencia. En realidad se trata de una guerra donde fuera del suelo de Siria e Irak se compite por la medalla de oro de la cobardía y no por la del heroísmo o la hidalguía: por una parte, la cobardía de matar desde la seguridad de un avión, un barco o una computadora y, por la otra, la cobardía de sorprender a civiles indefensos, incluidos niños y niñas, y matarlos en teatros y restaurantes en París y otras ciudades occidentales.

Dado que en democracia el pueblo debe definir –o al menos dar el sí– en temas tan importantes como la guerra y la paz, es pertinente preguntarse por el nivel de comprensión de este conflicto por parte de los ciudadanos norteamericanos, británicos, franceses y rusos.

Hace casi 170 años el estadista inglés Palmerston dijo, palabras más palabras menos, “Inglaterra no tiene amigos, tiene intereses”. Este dictum ha sido el ancla de la política exterior de las potencias.

Aunque un tanto cínico, aun con esa ética de la geopolítica es difícil comprender la participación de las potencias en Siria e Irak. Pero si quisiéramos recurrir a valores como democracia, derechos humanos o igualdad de género para intentar explicar que hace, por ejemplo, Estados Unidos en Siria, lo difícil se convierte en imposible.

Cabe preguntarse si los congresistas de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido comprenden que los bombardeos contra el Estado Islámico (EI) han extendido la influencia de Irán y Hizbulá (grupo terrorista antiisraelí) y han fortalecido al dictador sirio Bashar al Asad (¡para deleite de Putin!); que Estados Unidos coordina estrechamente con Irán sus acciones en Irak y Siria; que la intervención unilateral de Estados Unidos abrió las puertas para que Putin incrementara su presencia en la región y ganara espacios políticos, militares y diplomáticos gigantescos en el Levante; que Estados Unidos, lejos de reclamar por esa intervención rusa, más bien ha coordinado con Putin, por ejemplo, para evitar colisiones de sus aviones en los cielos sirios; que Estados Unidos ha dado armas y entrenamiento a grupos guerrilleros que luego han terminado luchando al lado del EI; que los aliados en un lugar y momento son enemigos semanas después o en otro lugar durante la misma semana; que para Turquía, importante miembro de la OTAN, los kurdos que Estados Unidos apoya en Siria son terroristas; que por décadas la violencia del yihadismo sunita ha sido nutrida conceptual y económicamente por el wahabismo, versión intolerante del islam financiada por la monarquía que gobierna Arabia Saudita, a su vez aliada de Estados Unidos; que las potencias se codean con Turquía, Irán y Arabia Saudita como protagonistas en la matanza; que Estados Unidos y Arabia Saudita financiaron y asesoraron a los muyahidines, cuando estos luchaban para expulsar a los soviéticos de Afganistán o que sus líderes fueron recibidos por Reagan en la Casa Blanca.

¿Comprenden los tributantes norteamericanos que sus dólares sirvieron tanto para ayudar a Sadam Huseín en su guerra contra Irán, como para atacarlo y destruir su régimen? ¿Se percatan que estos cambios radicales en las alianzas de guerra son la norma hoy en Siria e Irak y no la excepción?

Sin transparencia. Cuando escuchamos declaraciones simplistas de políticos importantes desde las capitales de las potencias, es fácil concluir que el derrame de sangre continúa sin la información y la transparencia a que obliga la democracia.

Mientras tanto, los grupos locales en pugna en Siria e Irak no tienen incentivos para ganar la simpatía de la población en el tanto su principal apoyo lo encuentran en los actores externos.

Ello explica las constantes masacres perpetradas por las diversas fuerzas guerrilleras contra poblaciones civiles. Así que las potencias extranjeras no pueden fingir razones civilizatorias, y menos humanitarias para apoyar a este o aquel grupo.

Esas potencias constantemente declaran que conforman alianzas con el mal menor ( the lesser evil) , pero entonces siempre terminan al lado de grupos que –de acuerdo con sus propios criterios– representan el mal.

Las potencias nunca debieron intervenir en esta guerra, la cual originalmente fue un conflicto local. Aún es tiempo de retirarse. Si gana el EI no hay derrota a valores superiores porque Asad es tan criminal y antidemocrático como el EI.

Sea quien sea que gane esa guerra civil, si luego intentase dañar intereses de las potencias, estas atacarían y el mundo comprendería. En su momento todos entendimos el ataque fulminante a Afganistán cuando los talibanes optaron por dar refugio a Al Qaeda después de que esta agrupación atacara a Estados Unidos.

Ante la catástrofe humanitaria quisiera ver a mi país proponiendo un proyecto de resolución ante la Naciones Unidas, haciendo un llamado al cese de la intervención extranjera en este conflicto.

Tenemos la autoridad moral para al menos dejar constando ante el mundo, quizá en la próxima sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que existe un pequeño país llamado Costa Rica que no es indiferente al derramamiento de sangre y al sufrimiento del pueblo sirio.

El autor es diputado del PAC.

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