Opinión

Siria: atacar o no atacar

Actualizado el 05 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Siria: atacar o no atacar

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El presidente Obama fundamentó su campaña electoral reprochando la intervención armada en Irak ordenada por George W. Bush. El éxito fue rotundo. Para ganar en su segundo término, nos recordó que repatrió las tropas de Irak y Afganistán, y consiguió eliminar a Osama Bin Laden.

Desde que Obama retiró las tropas de Irak, los atentados terroristas y luchas internas en ese país han dejado decenas de miles de muertos, de los que poco se comenta.

Según el informe de las Naciones Unidas, este pasado mes de agosto murieron 807 personas, algo menos que en julio, en que fueron 1.057. Desde enero del 2013 a la fecha, perecieron más de 5.000.

Con referencia a Siria, Obama se jugó entero sin medir las consecuencias, cuando dijo que atacaría Damasco si Assad cruzaba la línea roja (o sea, el uso armas de destrucción masiva). Y, pese a que el dictador sirio lo hizo varias veces, el presidente norteamericano recién decidió actuar, pues los cadáveres fueron vistos por todos.

Barak Obama se encuentra ahora en la misma encrucijada que G. W. Bush, con muchas más adversidades y complicaciones futuras.

En Siria hay dos flancos: Assad/Irán/Jizbalá, por un lado, y los Rebeldes Sirios/al-Qaeda/la Hermandad Musulmana, por el otro. Hasta el exrepresentante demócrata Dennis Kucinich, adalid de la ultraizquierda, reprochó a Obama diciendo: “Atacar a Siria sería convertir a los Estados Unidos en la Fuerza Aérea de al-Qaeda”.

Como le hicieron recapacitar por su impromptu, Obama mira ahora hacia el Congreso para obtener su aprobación, o evitar un enfrentamiento, aunque el comandante en jefe norteamericano, constitucionalmente, no requiere la aprobación del Legislativo para usar la fuerza.

Las dudas acerca de lo que Obama realmente quiere son tan desconcertantes que, si obtiene el visto bueno del Congreso, lo más probable es que haga una tocata y fuga, destruyendo algunos lugares claves del Ejército sirio, y dejando las cosas más o menos igual que ahora.

Acontece que a Estados Unidos le es menos incómodo que Assad siga en el poder, pues es más cauteloso que sus opositores fanáticos de la Hermandad Musulmana.

Pero no actuar es quitarle credibilidad y liderazgo a Estados Unidos, dándole alas a los asesinos chiitas para que sigan masacrando seres humanos, aprobando colateralmente que Irán prosiga enriqueciendo uranio.

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Sin duda, las ventajas que traería el derrocamiento de Assad serían beneficiosas para todos: provocaría el debilitamiento de Jizbalá e Irán, asunto de vital importancia para el Oriente Medio, Europa, y, en lo que nos concierne, Latinoamérica, donde se encuentran sólidamente incrustados en los gobiernos socialistas autoritarios, proveyéndoles de dinero y armas, reclutando paramilitares para educarlos en la lucha guerrillera.

Si hay batalla, las luces de bengala empezarán a verse cuando pasen las festividades del calendario judío, que comienzan con la celebración del Año Nuevo 5774 y concluyen en el Día del Perdón –Yom Kippur–. Esta no es una guerra de emergencia, el tiempo de inicio lo establece el más fuerte.

Israel es el único dispuesto a actuar con severidad, pero no intervendrá, a menos que sea atacado. Los países árabes no van a aceptar la participación de Jerusalén, pero están clamando la presencia estadounidense, para que apoye a sus correligionarios sunitas anti-Assad.

En conclusión, los únicos que deberían actuar en este embrollo son las Naciones Unidas, tomando una decisión contundente en defensa de los derechos humanos, y haciendo valer los tratados internacionales sobre prohibición de armas químicas y biológicas. Mas eso no va a suceder porque hay intereses encontrados entre sus pacíficos delegados.

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