Opinión

Silva Ruete y la década de los ochenta

Actualizado el 27 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Silva fue nuestro asesor en la reestructuración de la deuda externa de Costa Rica

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Silva Ruete y la década de los ochenta

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Los cables internacionales nos traen la infausta noticia del fallecimiento en Lima del buen amigo Javier Silva Ruete, ministro de Economía de Perú en tres ocasiones, exsenador del APRA, gobernador del BID y del Banco Mundial, que nos vuelve a recordar las tribulaciones financieras de Costa Rica –y de la mayoría de los países latinoamericanos– en la “década perdida” de los años ochenta.

Es una pena que tantos países de Europa, y el mismo Estados Unidos no hayan aprendido la lección que se dio hace 30 años y hayan hecho caer al mundo actual en una crisis financiera de la cual aún no se ve clara una salida. Para nosotros, lo más importante es señalar que Javier Silva Ruete fue nuestro asesor durante 1982-83 en la reestructuración de la deuda externa de Costa Rica, donde también colaboraron, entre otros, Jorge Manuel Dengo, Alfredo César, Silvia Charpentier y algunos asesores externos como Christine Bindert, de Lehman Bros, Ferdinand Verdonck, de Lazard Frères, Arnie Nachmanof, de S. G. Warburg.

En el equipo del patio estábamos Carlos Manuel Castillo y Olivier Castro, presidente y gerente del Banco Central; Federico Vargas Peralta, ministro de Hacienda; quien esto escribe, como coordinador a cargo de la Renegociación de la Deuda, designado por el Presidente Luis Alberto Monge, quien siguió el buen consejo de no correr el riesgo de ir a quemar a Castillo y Vargas –autoridades formales con sus funciones propias–, que no convenía enfrentar a 225 bancos y 16 Gobiernos acreedores, además de 6 grupos de tenedores de bonos en Asia y Europa, todos furiosos con Costa Rica por tener cerca de un año –a mayo 1982– sin recibir siquiera el pago de intereses por sus préstamos al país.

Era preferible designar a alguien que fuera “sacrificable”, sin derramamiento de sangre gubernamental, en el caso de que las relaciones con los acreedores se agriaran. Yo acababa de regresar a Costa Rica después de siete años “en el exilio”, primero como embajador en Estados Unidos, Canadá y la OEA, y después como director ejecutivo por Centroamérica en el BID, de 1978 a 1981.

Participé seis meses en la campaña de Luis Alberto Monge, quien al ganar la elección me pidió considerar hacerme cargo del problema del pago de la deuda externa, como “ministro sin cartera” (lo cual no dejaba de ser una ironía). Tuve serias dudas de aceptar, sobre todo por ser tema en el que no tenía experiencia, pero el presidente Monge insistió en que nadie en Costa Rica la tenía. Por suerte, siete años en Washington me habían permitido conocer bastante a las instituciones financieras internacionales y a muchos de sus funcionarios, tuve la suerte de haber hecho conexiones y amistades que fueron muy útiles para lo que se venía, por ejemplo en el Banco Mundial y el Fondo Monetario, entre senadores y congresistas, en la AID, así como en la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Así, Carlos García Tudero, argentino, director de Proyectos Especiales del PNUD, nos brindó gran ayuda, así como el madrileño Ángel Herrera, representante de Naciones Unidas en Costa Rica. Fue muy valioso haber conocido funcionarios del Depto. de Estado, algunos más inclinados a colaborar, sobre todo de la administración Carter, en alianza también con el embajador Francis McNeil. No obstante, al Depto. del Tesoro habían llegado nuevos funcionarios de línea dura en la administración Reagan, cuyo lema era: “las deudas son para pagarlas...”.

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Además, por curiosa coincidencia, varios Silva ocuparon en esa época puestos clave en países amigos de la Región: Jesús (Chucho) Silva Herzog como secretario de Finanzas en México; Javier Silva Ruete, en Perú; Carlos Rafael Silva, presidente del Banco Central de Venezuela; todos ellos dispuestos a ayudar al primo pobre, el Silva de Costa Rica, que debía enfrentar a 225 bancos acreedores representados en un comité encabezado por Bank of America, capitaneado por Helmut Stromeyer, excomandante de submarino U-2 en la Segunda Guerra Mundial, ahora banquero con su blazer azul marino de botones dorados, dispuesto a hacer lo necesario para que los acreedores recuperaran sus préstamos de años previos, otorgados por los bancos de manera imprudente y excesiva a países que estaban sobreendeudados.

Silva Ruete vino varias veces a Costa Rica en 1982-83, recuerdo una ocasión en que lo invitamos a cenar y nos contó de su gran amistad con Mario Vargas Llosa, al punto que se le citaba en La tía Julia y el escribidor , publicado en 1978, como el amigo que ayudó al protagonista a casarse con su tía Julia Urquidi. Javier era un gran conversador, su afinidad aprista también contribuyó a que hiciera excelentes amistades aquí. En una ocasión nos pegó tamaño susto: las negociaciones con los bancos acreedores se efectuaban a veces en Nueva York o en Miami, en San José o en Europa. Una reunión en Miami, comenzada a las cinco de la tarde, se prolongaba ya hasta horas de la madrugada del día siguiente. Nos acompañaban Javier y Jorge Manuel. El ambiente era tenso y pesado, y sabíamos que ambos padecían de problemas cardíacos. Estábamos a punto de lograr que los bancos aceptaran reestructurar la deuda impaga, dando un plazo de siete años, con tres de gracia, por lo que hubiera sido muy perjudicial suspender la reunión, pero ni Javier ni Jorge dieron su brazo a torcer, permanecieron hasta el final. Es posible que el estímulo de las acaloradas discusiones diera a ambos la adrenalina necesaria para vivir treinta años mas, como en efecto, por fortuna, sucedió.

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