Opinión

Siempre hay un mar

Actualizado el 26 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Siempre hay un mar

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El primer amor golpea como una ola inesperada en un mar incierto; se siente el impacto, pero no se escoge la ola, ni es posible evitar mojarse en ese océano inmenso que llamamos “vida”.

Conviene conocer hacia dónde fluyen las corrientes, pero eso no significa que no nos arrastren, tampoco implica que naufraguemos, ni que nos vayamos a salvar.

Amigos y familia. Los amigos son balsas en esta travesía, también son brújulas y compases. La familia es puerto, y algunas bienvenidas son más celebradas que otras.

Como en todas las historias salinas, la rutina corroe hasta los huesos de las gaviotas que se atreven a volar por encima de la bandada. Pero ese es ya otro cielo, otra historia y otro cuento.

Sin saber cuándo ni cómo. El punto que separa la aurora de lo posible del ancla de lo imaginable se dispersa en la niebla del amanecer. Un sol de agua anuncia la llegada del reflejo y las posibilidades. Existen alfombras de hipocampos y jardines de medusas. Al fin y al cabo, no sabemos con certeza cuándo ni cómo nos bajaremos del barco. También ignoramos el orden en que cambian los tripulantes y los pasajeros.

Las mareas se alternan, pero siempre hay un mar.

El autor es abogado.

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