Opinión

Sesgos contra la Revolución francesa

Actualizado el 25 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Sesgos contra la Revolución francesa

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Con respecto al artículo del señor Jaime Gutiérrez Góngora, publicado en La Nación el 12 de julio bajo el título “Otra revolución que no sirvió”, caben varias objeciones, las cuales se plantean aquí en aras de un debate sobre ideas de relevancia histórico-filosófica. Como se demuestra, el señor Góngora incurre en varios sesgos y argumentos problemáticos.

Más que una etapa. El autor retoma sobre todo la época denominada El Terror, donde los jacobinos, liderados por Robespierre, llevaron a cabo una de las fases más cruentas de la Revolución francesa. Si bien los jacobinos no tenían por característica la piedad para con sus enemigos políticos, lo cierto es que su gobierno duró poco y fue seguido de otras etapas. Juzgar a los jacobinos por el hecho de no respetar las libertades civiles resulta anacrónico, pues se los está juzgando desde un concepto que apenas estaba naciendo durante la época de Robespierre, y que si bien había sido relativamente planteado antes por Locke, el respeto a las libertades civiles era excepción y no una norma en la Europa absolutista (por ejemplo, los libros de Kant sufrieron censura).

Igualar la Revolución francesa con la época del Terror se asemeja a identificar a la Segunda República de Figueres únicamente con el mes y medio que duró la Guerra del 48, o peor aún, a igualar al Estado gestor socialdemócrata con el Tribunal de Sanciones Inmediatas: en todos los casos se está reduciendo un proceso histórico complejo, sus raíces y sus repercusiones, a una pequeña etapa de este.

Si bien debe hablarse del periodo jacobino, resulta insoslayable tratar los antecedentes y las consecuencias de toda la Revolución francesa: el despotismo (“El Estado soy yo”) ante el cual se rebeló el pueblo francés, la Ilustración, el enciclopedismo, el imperio de la razón (que confrontó al dogmatismo y tanto ayudó a la ciencia), entre otros, lo cuales dan un matiz más positivo y objetivo.

Posición filosófica compleja. El año 1789 y la década posterior involucran mucho más que lo que aduce el autor mencionado: implica a Voltaire, a Montesquieu, a Rousseau, entre otros muchos, cuyo legado resultaría demasiado extenso para comentar aquí.

Preocupa que Góngora “culpe” a la revolución de los franceses de “la promoción del mito de la igualdad”.

Nuestro sistema jurídico y el de casi todas las naciones (tal vez exceptuando el proyecto talibán) plantean la igualdad ante la ley, bastión de un Estado de derecho. Aunque suene a lugar común hablar de tal prerrogativa en el siglo XXI, en la época de la Revolución francesa la sociedad se concebía desde lo opuesto, desde la desigualdad, con individuos portadores de “sangre azul” y aborrecibles privilegios, y otros que no eran sino súbditos casi indefensos.

Quien aborrezca un concepto como la igualdad jurídica puede caer en la admiración por la sociedad estamental del Antiguo Régimen. ¿Acaso es justo que se juzgue a los individuos con leyes, marcos y derechos diferenciados? ¿O resulta deseable un poder político total y en manos de unos pocos? ¿No operó así la ignominiosa Sudáfrica del apartheid ?

Legados positivos. Nadie ignora las guillotinas, pero lo cierto es que los legados positivos de la Revolución francesa saltan a la vista. Incluso el despótico gobierno de Napoleón, cuyas campañas resultan de triste memoria, heredó algo positivo: el Código Napoleónico, inspirador de amplio número de sistemas jurídicos.

Acusarla de ser un antecedente de Hitler, Stalin o Mao carece por completo de sustento histórico. Recuérdese que Benjamin Constant y otros abogaron por el respeto al individuo, a sus libertades básicas, a las garantías de los ciudadanos; los procesos a los que alude Góngora (como el nazismo, el stalinismo, el maoísmo, o el castrismo) tienen un común denominador: todos descartaron las prerrogativas defendidas por Constant, imponiendo gobiernos y partidos totalitarios que mancillaban a los ciudadanos, tanto desde el Estado como mediante grupos al margen de la ley; todo esto fue también contrario a Montesquieu (separación e independencia de poderes, etc.). A contrapelo de la modernidad política se han construido infiernos.

Y si de referirse al marxismo se trata, de sobra se conoce la repugnancia que los marxistas han tenido por el concepto de un sujeto universal de derecho, a juicio de estos burgués, ahistórico y abstracto, de forma tal que tampoco se sostiene colocar a los grupos marxistas como continuadores de la Revolución francesa. Por otra parte, no se comprende el juicio negativo con respecto a Francia, país económicamente próspero y notable cuna de grandes genios de las ciencias y las letras (entre estos Víctor Hugo), mismos que revolucionaron sus ámbitos respectivos.

Relación con otros procesos. Se adujo la supuesta diferencia sustancial entre las Trece Colonias y la Revolución francesa. Tal juicio deja por fuera el hecho de que los revolucionarios franceses y los independentistas de la Norteamérica inglesa colaboraron entre sí y convergían en puntos nada marginales de sus doctrinas políticas (una vez más, la igualdad de todos ante la ley, el constitucionalismo, entre otros).La Francia de finales del siglo XVIII inspiró nada más y nada menos que las independencias de América Latina. ¿Son estas también una “herencia nefasta” del 14 de julio de 1789?

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