Opinión

Seguros contra riesgosmacro- y microeconómicos

Actualizado el 15 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Seguros contra riesgosmacro- y microeconómicos

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“Dios no juega a los dados”, afirmó el sabio Einstein, pues, para Él, no existe la incertidumbre. Para nosotros, a pesar de haber sido creados a su imagen y semejanza, sí. Y, como dice aquel famoso bolero, “¡cómo es cruel la incertidumbre!”.

Seguro macro-. Las economías pequeñas y abiertas al comercio exterior necesitan un seguro contra las reducciones violentas del ingreso de divisas, que les recortan la posibilidad de importar, sea por causas internas (por ej., desconfianza en las autoridades económicas, caída de las exportaciones, catástrofes naturales) o externas (huidas de capital golondrina que encuentra mejores nidos en otros países, deterioro de los términos de intercambio o contagio de crisis de países vecinos, como le ocurrió a Uruguay en el 2002, cuando Argentina entró en uno de sus recurrentes problemas financieros). Una forma que puede tomar dicho seguro es contar con líneas de crédito contingente por montos suficientemente elevados, de entes multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, para ser utilizadas solo en caso de crisis. Otra es hacer como las ardillitas, que guardan sistemáticamente comida en tiempos de abundancia, para ser utilizada en los de escasez. Estas opciones contribuyen a estabilizar el consumo nacional en el tiempo.

En el pasado, en las décadas, por ejemplo, de 1950 y 1960, cuando la preocupación de los países estaba en la cuenta corriente de la balanza de pagos, una regla de aceptación común fue que las reservas monetarias internacionales (RMI) deberían ser equivalentes, al menos, a tres meses de importaciones. Con el paso del tiempo, y, en particular, cuando la cuenta de capital de la balanza de pagos adquirió importancia creciente, esa regla perdió atractivo. Ante esto, algunos autores –como Alan Greenspan– consideraron que todo país debería mantener RMI por, al menos, el equivalente al servicio de toda su deuda externa (pública y privada, amortización e intereses) con vencimiento inferior a un año.

Mantener RMI tiene un costo (que se refleja en la contabilidad del banco central) pues lo que se suele pagar por tenerlas es más alto que el rédito que se obtiene al invertirlas afuera: por ejemplo, en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Por eso, como ocurre con todo tipo de seguro, aunque el temor al riesgo lleva a favorecerlo, ello no es a cualquier costo y, por ende, las RMI han de tener un límite finito. Además, un país con tipo de cambio flexible, como, dícese, es el caso actual de Costa Rica, tiene menor necesidad de RMI elevadas que uno con tipo fijo, pues en parte aquel actúa como compensador de choques.

Para otros, el monto óptimo de RMI depende no solo de las obligaciones de corto plazo y del costo de oportunidad de mantener reservas (según se indicó), sino también de la probabilidad de enfrentar una crisis de divisas, de su severidad (que, normalmente, se mide por el grado en que se espera haga caer la producción) y duración, del saldo de cuenta corriente de la balanza de pagos y transferencias unilaterales, del acceso a líneas de crédito y de la aversión del ciudadano promedio al riesgo, entre otros. Y estos factores, a su vez, dependen de muchos otros (por ej., el faltante en cuenta corriente de la balanza de pagos suele ser mayor, conforme más alto sea el déficit fiscal) que los analistas han tratado de modelar matemáticamente con diversos grados de éxito.

En general, la conclusión es que, en países como el nuestro, un nivel de RMI que esté entre el 10% y el 15% del valor de la producción anual (PIB) es adecuado. En números absolutos, eso equivale, en el caso actual de Costa Rica, a una cifra que está entre $5.000 millones y $7.500 millones. Las RMI del país andan por ese rango y el entorno por ahora nos favorece, pero podría revertirse cuando las tasas de interés internacionales vuelvan a su nivel típico y el ingreso de capital baje. En estas circunstancias, nuestro déficit fiscal, de continuar incontrolado, ejercería indebida presión sobre las reservas, una presión que el tipo de cambio y el consumo interno reflejarían.

Seguro micro-. Las personas se enfrentan a una gran cantidad de riesgos (por ej., robo, colisión de vehículo, incendio), pero me concentraré en los de invalidez y vejez, que tan poca consideración parecen haber recibido. Suele ocurrir que, cuando la gente comienza a investigar e informarse sobre esta materia, con referencia a su caso específico, ya es muy tarde, pues todo está consumado.

Si se hiciera una encuesta entre costarricenses de entre 25 y 50 años de edad, es muy probable que una alta proporción (superior al 60%) de ellos contesten, como lo han hecho en otros países, que esperan que una pensión oficial –en nuestro caso, la de la CCSS– les satisfaga todas sus necesidades pecuniarias a partir de los 65 años o de cuando se materialice su invalidez, lo que ocurra primero. No se dan cuenta de que, en la actualidad, se vive más años que en la década de 1950, que cada año más de vida apareja un costo adicional y que la CCSS tiene, relativamente hablando, menos recursos para pagar pensiones que hace seis décadas.

La compra de pensiones complementarias es otro mecanismo que desde hace unos años se creó en el país, lo cual equivale a gastar menos en los años laboralmente activos y ahorrar más para la época de las vacas flacas. Pero su alcance actuarial no es muy grande aún. Por último, quedan otras dos vías para financiar la vejez: (a) pensionarse con más edad que en el pasado, y (b) aceptar una importante reducción en el nivel de ingreso a partir del retiro de la población económicamente activa.

Este es el menú que a todos teóricamente se nos presenta, pero considero que muy pocos se lo han planteado así, y que casi nadie ha hecho siquiera a mano alzada el ejercicio de estimar cuál sería el ingreso anual mínimo que requiere –a partir, digamos, de su cumpleaños 65 o 70– para mantener un estándar de vida “adecuado” (término cuya definición, y costo, constituye el primer paso del ejercicio).

Desafortunadamente, poquísimos cuentan con la abierta la posibilidad que tuvo nuestro antepasado típico (y, por eso, no la mencioné en el menú): tener veintitantos nietos y esperar que alguno de esa marimba humana se encargara de él, o ella, cuando llegara el otoño de su vida.

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