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Seguridad y determinación enAsia oriental

Actualizado el 14 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Seguridad y determinación enAsia oriental

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WASHINGTON, DC – Como las fricciones territoriales entre China y muchos de sus vecinos persisten en los mares de la China oriental y de la China meridional, Estados Unidos (EE. UU.) debe tener una estrategia regional más clara. Debe defender sus intereses y compromisos de alianzas y evitar una confrontación contraproducente o, incluso, un conflicto.

Será difícil, sobre todo porque no está claro a quién se deben reconocer los derechos a las islas disputadas de esa región y sus afloramientos, y Estados Unidos no tiene la intención de intentar imponer una solución. Al mismo tiempo, EE. UU. debe modernizar sus fuerzas armadas como reacción a nuevas amenazas, en particular el ascenso de China. Cuando esta obtiene avanzadas armas de precisión para crear una así llamada “capacidad antiacceso y de denegación de acceso”, EE. UU. debe examinar cómo reaccionar ante la vulnerabilidad cada vez mayor de sus bases y fuerzas navales en esa región.

No existe una reacción fácil a esas amenazas. Lo que hace falta es un planteamiento matizado, y eso es lo que exponemos en nuestro nuevo libro Strategic Reassurance and Resolve ( Seguridad y determinación estratégicas ).

Nuestro planteamiento es una adaptación de la estrategia ya antigua de “dialogar, pero con protección”, mediante la cual EE. UU. y sus aliados han utilizado instrumentos económicos, diplomáticos y a veces militares para ofrecer incentivos a China, a fin de que su ascenso sea pacífico, sin por ello dejar de mantener capacidades militares sólidas en caso de que el diálogo no dé resultado.

El problema estriba en que se ha solido interpretar la protección como el mantenimiento de una superioridad militar abrumadora de EE. UU., pero con el desarrollo de China y su adquisición de armas avanzadas, incluidos misiles de precisión antibuques, no resulta verosímil que EE. UU. pueda mantener la invulnerabilidad de sus fuerzas en esa región como en pasados decenios, incluida la capacidad para actuar con impunidad cerca de las costas de China. En vista de la propia historia de vulnerabilidad de China ante las intervenciones extranjeras, las medidas unilaterales de EE. UU. para mantener una superioridad ofensiva abrumadora no harían sino desencadenar una carrera de armamentos cada vez más desestabilizadora.

Algunos estrategas americanos abogan por una solución, en gran medida técnica, para ese problema. Su planteamiento, denominado “batalla aire-mar", entraña una combinación de instrumentos defensivos y ofensivos para abordar las nuevas amenazas representadas por la proliferación de armas ofensivas de precisión.

Oficialmente, el Pentágono no dirige el concepto de “batalla aire-mar” contra ningún país en particular. Por ejemplo, la posesión, por parte de Irán, de capacidades ofensivas de precisión –y una relación mucho más hostil con los Estados Unidos– justificaría nuevas iniciativas de EE. UU. para afrontar vulnerabilidades de la seguridad cada vez mayores.

Pero es claramente China, que tiene los recursos para formular una estrategia creíble antiacceso y de denegación de acceso, la que más preocupa a los planificadores militares de EE. UU. Algunos defensores de la batalla aire-mar proponen ataques tácticos preventivos a lanzaderas de misiles, radares, centros de mando y, tal vez, también bases aéreas y puertos de submarinos. Además, muchos de dichos ataques se harían con armas de largo alcance emplazadas en el territorio de EE. UU., en lugar de en el mar o en el territorio de los aliados regionales, porque esos activos serían menos vulnerables, a su vez, a ataques preventivos.

Lamentablemente, la lógica subyacente a la batalla aire-mar plantea graves riesgos de errores de cálculo, comenzando por el nombre. La batalla aire-mar es, evidentemente, una concepción para la batalla . Aunque EE. UU. necesita claramente planes de guerra, también debe ser cauteloso a la hora de enviar a China y a sus socios regionales el mensaje de que sus más recientes ideas militares basan la disuasión primordialmente en la capacidad para ganar una guerra rápida y decisivamente mediante una intensificación en gran escala a comienzos de un conflicto.

La batalla aire-mar recuerda a la idea de batalla aire-tierra de la OTAN, adoptada a finales del decenio de 1970 y al comienzo del de 1980 para contrarrestar una cada vez mayor amenaza soviética a Europa, pero China no es la Unión Soviética y la relación de Estados Unidos con ella debe evitar los ecos de la Guerra Fría.

El de “operaciones aire-mar” sería un nombre mucho más apropiado para un planteamiento más eficaz. Semejante doctrina podría comprender planes de guerra secretos, pero debería centrarse en una diversidad mucho mayor de actividades marítimas propias del siglo XXI, algunas de las cuales deberían incluir a China (como, por ejemplo, las actuales patrullas antipiratería en el golfo de Aden y algunos ejercicios militares en el Pacifico).

Además, los planes de guerra no deben depender de una intensificación temprana, en particular contra activos estratégicos en la zona continental de China y en otras partes. Si estalla una escaramuza sobre una isla o un canal marítimo disputados, EE. UU. debe tener una estrategia que le permita lograr una resolución favorable sin llegar a una guerra total. De hecho, en el marco más amplio de las relaciones chino-americanas, incluso la “victoria” en semejante choque podría ser costosa, porque podría desencadenar una preparación e intensificación militar encaminada a garantizar un resultado diferente en una escaramuza posterior.

En cambio, EE. UU. y sus socios necesitan una mayor diversidad de reacciones que les permitan adoptar medidas eficaces y proporcionadas con lo que esté en juego, y que demuestren una disposición a imponer costos importantes sin desencadenar una intensificación contraproducente.

Asimismo, el programa de modernización militar de Estados Unidos necesita reequilibrarse. Para reaccionar ante la amenaza que el arsenal en aumento de armas avanzadas de China representa para muchos de sus activos, no hace falta una ampliación en gran medida de las plataformas de ataques de largo alcance. En realidad, hacerlo crearía inevitablemente incentivos para que los planificadores de guerra de EE. UU. Insistieran en las opciones preventivas en sus planes de contingencia, y no tanto en la presencia diaria de fuerzas americanas en zonas de avanzada cerca de China, donde contribuyen en gran medida al mantenimiento de la disuasión, y también crearía un poderoso incentivo para que los planificadores de guerra de China desarrollaran, aún más, las capacidades “antiacceso y de denegación de acceso” de su país.

La continuidad de la participación de EE. UU. en esa región requiere tener en cuenta las enseñanzas que se desprendieron de la Guerra Fría: ninguna solución tecnológica aportará una invulnerabilidad completa. Las medidas económicas y políticas, además de una presencia militar permanente de EE. UU., serían más eficaces que la dependencia exclusiva de una intensificación ofensiva, en caso de que Estados Unidos tuviera que contrarrestar actuaciones chinas que amenazaran intereses americanos importantes. De hecho, depender de la capacidad para atacar la zona continental china, a fin de defender la libertad de navegación y los compromisos de las alianzas en Asia oriental, podría tentar a los dirigentes de China a poner a prueba la disposición de EE. UU. a arriesgar Los Ángeles para defender las islas Senkaku.

Una estrategia más equilibrada de EE. UU. para aumentar la estabilidad regional requiere una combinación juiciosa de determinación y seguridad, y una postura militar que refleje esa combinación. Ese planteamiento brindaría a Estados Unidos la mejor posibilidad de inducir a los dirigentes de China a adoptar una actitud más cooperativa respecto de las disputas territoriales de la región.

James Steinberg, subsecretario de Estado de EE. UU. (2009-2011), es actualmente decano y profesor de Ciencia Social, Asuntos internacionales y Derecho en la Escuela Maxwell de Ciudadanía y Asuntos Públicos de la Universidad de Siracusa.

Michael O’Hanton es investigador superior de la institución Brookings. Su libro Strategic Reassurance and Resolve: U.S.-China Relations in the Twenty-First Century (Seguridad y determinación estratégicas: las relaciones chino-americanas en el siglo XXI) ha sido publicado recientemente por la Princeton University Press.© Project Syndicate.

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