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Santiago Porras: Abangares: 100 años de claroscuros

Actualizado el 01 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Santiago Porras: Abangares: 100 años de claroscuros

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En abril de 1915, Aracataca, el poblado colombiano donde nació Gabriel García Márquez, fue declarado municipio. Allí había asentado sus huestes la United Fruit Company, la poderosa compañía bananera tan vinculada a Minor Cooper Keith.

Pocos días después, el 4 de junio de ese mismo año, también se erigió Abangares como municipio. Esa coincidencia en propósitos y la cercanía en las fechas, no pareciera ser producto del azar. Keith y sus empresas siempre estuvieron bien relacionados con los gobernantes de turno.

En Costa Rica, tenían influencias a todo nivel. Una prueba del poder de la Abangares Gold Fields (compañía de Keith que explotó las minas) fue la destitución que hizo el presidente de la República, en 1933, de Rubén Venegas, comandante cantonal de Abangares, por quejas de la empresa, admitiendo en la carta de despido que ignoraba si los cargos eran ciertos, pero recordándole que como esta sufragaba parte de los gastos de la fuerza pública debía dársele un buen servicio de vigilancia.

Mucho se ha especulado y de seguro se especulará sobre la cantidad de oro que se extrajo de Abangares. Según un inventario del Gobierno, publicado el 7 de abril de 1934, cuando el auge de las minas ya había pasado, hasta ese día se contabilizaban 45 toneladas de oro puro, pero cálculos conservadores duplican esa cantidad; esto, sin contar con la extracción que se dio en los años que faltaban hasta 1948 cuando vencía la concesión a la empresa de Keith.

Fueron muy conocidas las indemnizaciones millonarias que Keith reclamó por las pérdidas que, según él, tuvo en sus inversiones para terminar el ferrocarril; sin embargo, hasta donde se sabe, él siempre salió avante con sus negocios en Costa Ria.

¿Cuánto de sus balances pudo haber ayudado a solventar la minería de oro en Abangares? Curiosamente, a ese emporio minero, su biógrafo Watt Stewart solo le dedicó un corto renglón: “Poseía minas de oro en Abangares”.

Este capítulo de la historia patria y de Keith, en particular, salvo por los destacados trabajos de los historiadores Antonio Castillo Rodríguez y Guillermo García Murillo, sigue esperando a nuevos estudiosos para que desentrañen nuevos claroscuros.

A gran escala. Las primeras vetas descubiertas en la zona por Juan Alvarado Acosta hacia 1883 inauguran la explotación aurífera en Abangares, que ya para 1898, con la llegada de Minor Keith, se constituye en una explotación a gran escala y significó la irrupción frontal de la Revolución industrial en aquel recóndito y apacible lugar: la población y el medioambiente sufrirían sus impactos irreversibles.

Dentro de la concesión por 800.000 acres (más de 320.000 hectáreas) de terrenos que Keith recibió como pago parcial por la conclusión del ferrocarril al Atlántico (Caribe), él instauró en Abangares un enclave de 13.260 hectáreas, del que aprovechó todos los yacimientos de oro que contenía, no sin antes pagar los derechos a quienes eran dueños de denuncios.

Se estima que en su apogeo este cantón guanacasteco llegó a estar habitado por más de 6.000 personas. A partir del cierre de las minas, poblados que contaban con servicios escolares, de hospedaje, de comisariato, de fondas, etc., se fueron despoblando aceleradamente. Solo se quedaban unos pocos vecinos dedicados a la agricultura y la ganadería de subsistencia.

La poetisa abangareña Ofelia Gamboa, cronista de esa época, recuerda en sus escritos las caravanas de carretas cargadas con los enseres y las familias de los mineros, rumbo al puertecito de Manzanillo. De allí, en vapores, se iban los exmineros a trabajar en las plantaciones bananeras que otra empresa de Mr. Keith sembraba en Quepos.

“Durante días y días, los perros y los gatos abandonados en Tres Hermanos anduvieron de aquí para allá, hasta que se morían de hambre, entonces la gente los echaba en un pozo abandonado”, recordaba un viejo minero.

Carácter de comunidad. Las Juntas, como toda población al margen de los enclaves, surgió para proveerle entretenimiento a los mineros en sus días libres: licores, juegos de azar, prostitutas, víveres, comercio lícito o ilícito, etc.

Poco a poco se fue poblando con familias de comerciantes venidos de muchos países que contribuyeron a darle el carácter de comunidad diversa que aún conserva. Llegó a tener electricidad y una radioemisora en tiempos cuando esos servicios eran inimaginables en muchos poblados del país.

A finales de los cincuenta, Las Juntas mantenía el aspecto que tenía en tiempos de las minas: la mayor parte de las casas eran de madera y sobrevivían barracones de zinc y madera rústica. Las calles eran de grava con frondosos almendros a los lados, donde los campesinos amarraban sus bestias o bueyes. Ya entonces, por los caños, corría el agua limpia del río.

En los últimos años, luego de sobrevivir heroicamente el período de decaimiento casi total de la actividad minera y la salida de las compañías de mediana escala en los años ochenta, Las Juntas y el cantón en general, sin dejar de lado las actividades tradicionales de comercio, agricultura y ganadería así como de algunas industrias importantes, sigue dependiendo en gran medida de la minería artesanal de oro. Se calcula que más de 800 familias viven directamente de ella.

Tiempo de cambiar. Aunque faltan pocos años para que venza el plazo que se dio a los “coligalleros” (mineros artesanales) para que cambien de actividad o de tecnología en la extracción de oro (ellos siguen dependiendo mayoritariamente del azogue o mercurio) no se vislumbra una solución viable y definitiva a esa situación. No pareciera que todos los mineros vayan a tener acceso a procesos de extracción de oro menos contaminantes como sería el caso de la cianuración; aunque ya existe una planta que emplea el cianuro y otra está por instalarse.

Esta celebración del primer siglo de existencia de Abangares como cantón debería servir para que las autoridades locales y nacionales se aboquen a buscar una solución más realista y estable de esta crítica situación, de ella dependen miles de personas y la economía de todo el cantón, cuyos índices socioeconómicos no están dentro de los mejores del país.

Santiago Porras es agrónomo y escritor abangareño.

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