Opinión

Sangre y arena

Actualizado el 04 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Sangre y arena

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No se trata de un espectáculo taurino ni tampoco de la biografía de Manolete. Lejos de ello, nos referimos a la sangre de las víctimas del terrorismo derramada en el arenoso suelo del Cercano Oriente.

Grupo sanguinario. Precisamente, en esas arenas, el sanguinario grupo autodenominado Estado Islámico, conocido en el argot del terrorismo internacional por sus siglas, el ISIS, mantiene cautivas a sociedades y naciones enteras.

La decapitación de un periodista estadounidense más, el pasado martes, habla ampliamente de los extremos de barbarie que caracterizan al grupo ISIS.

En realidad, el ISIS es mucho más que un grupo. Hablamos de un movimiento con más de 10.000 combatientes que posee, además, una vasta burocracia que administra modernas instituciones bancarias e, inclusive, novedosas academias para el adiestramiento de gerentes y oficinistas.

Sin embargo, esos logros visibles nunca podrían esconder ni atenuar la realidad de su cruento origen. Tampoco constituyen un milagroso fruto redentor del barbarismo desplegado hoy por el ISIS en Siria, donde nació, y en Irak… por ahora.

Califato del islamismo. Otro adorno que reclama es haber establecido el legendario califato del islamismo. Su fundador y jefe absoluto es un siniestro personaje que ahora pregona su calidad indiscutible de califa que liderará las legiones para transformar la región en un paradisíaco reino del islam.

Entre tanto, el ISIS ya es considerado el bando terrorista más adinerado del mundo. Sus rentas diarias se estiman en $2 millones, que provienen de sus haberes petroleros, el robo armado de bancos, los rescates por niños, mujeres y hombres secuestrados, franquicias de quienes escapan al filo de sus espadas y puñales, las tarifas que cobra por la entrega de cadáveres, y tantos otros rubros del mismo género.

Bebé de Al Qaeda. El ISIS nació en Siria como un bebé de Al Qaeda, bajo cuya tutela dio sus primeros pasos. Pronto, también, elaboró una doctrina sanguinaria y colmada de brutalidad, cuya praxis repugnó, incluso, a Al Qaeda, que finalmente echó de la casa al adolescente ogro.

La relación de sus andanzas es monstruosa. En todo caso, al conocerse el opus superficialmente por la prensa, se levantaron voces en pro de negociar, sí, de negociar, un acomodo con el supuesto califa.

Eso parecía y sigue pareciendo inalcanzable. El contacto con el ISIS reclamaría unos dineritos, y cada paso en la escalera para hablar con el califa demandaría una fortuna, y ni se diga del costo por la entrada al recinto imperial. Y hasta ahí llegaron las ilusiones de los cándidos que nunca faltan alrededor del planeta.

Ahora, un sector del público estadounidense cabildea en el Capitolio en Washington para procurar una superbatalla militar que destruya, de una vez por todas, al ISIS. Parece que los líderes de la solución militar no tuvieron presente que quien define eso no es el Congreso, sino el presidente.

Si por la víspera se saca el día, es harto conocida la aversión de la Casa Blanca a fórmulas que demanden poner las suelas sobre el terreno.

Chantaje. El pretendido chantaje del ISIS a Estados Unidos ha obedecido a los devastadores ataques que, cada día, la fuerza aérea norteamericana propina a las huestes homicidas del califato, que mantienen bloqueadas a poblaciones cristianas y de otras filiaciones religiosas que rechazan ser convertidas por la fuerza al islamismo.

Con todo, hay ahí una realidad dolorosa: el ISIS ya es dueño de vastas regiones en Siria que colindan con un tercio o más de Irak. Si algo sugiere este perfil, es que nos movemos hacia la desmembración de esos dos países no solo por obra del ISIS, sino también del sectarismo que ha saltado las barreras del ayer. Solo una genuina integración nacional pudo haber detenido esta marejada que hoy, lamentablemente, parece imparable.

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