Opinión

Salut à Simone Veil

Actualizado el 08 de julio de 2017 a las 10:00 pm

Ella creía que para la generación que sobrevivió a los campos, primero fue el olvido

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PARÍS – Tengo siempre presente una imagen de Simone Veil, la política francesa (y más tarde europea) fallecida la semana pasada. Es una foto en blanco y negro, tomada en setiembre de 1979, entre Rosh Hashanah y Yom Kippur (el período que la tradición llama “días temibles”); es en París, delante de la tumba del mártir judío desconocido. Un joven, con la cabeza descubierta, detrás del atril, habla en honor de los muertos del Holocausto. Simone Veil está de pie en primera fila, una mujer atractiva, perdida en sus pensamientos pero a la vez atenta. Se la ve escéptica y seria. Incrédula y vigilante. Después le dirá al joven, en tono de amable reproche: “demasiado lírico”.

Algunos años antes, en 1974, ante el Parlamento francés. Pronuncia un discurso que cambiará las vidas de las francesas y marcará la presidencia de Valéry Giscard d’Estaing (como la abolición de la pena de muerte hará con la presidencia de su sucesor, François Mitterrand). Entonces, defendiendo la legalización del aborto, se parece a Romy Schneider en El proceso, de Orson Welles: está decidida, pero se la ve incómoda. Sus palabras, un trueno, coexisten con una melancolía infinita. Aunque no haya llorado tras el discurso, no tengo la menor duda de que vivió ese momento como lo que el teólogo cristiano Duns Escoto llamó “la soledad última”.

A partir de allí, paradójicamente, Veil será honrada, celebrada, adorada en toda Europa; pero vivirá casi clandestinamente en una época que nunca termina de aceptar; un enigma para sus contemporáneos, siempre algo retirada, pero tan transparente a sus propios ojos como es humanamente posible serlo. Sabedora de su vocación, de la dirección de su destino y de la fuerza de su deseo (algo en lo que nunca desfalleció) de cortar con lo que durante una manifestación en París en apoyo de las víctimas del atentado a la sinagoga de la rue Copernic en 1980 describió como la “desintegración judía”.

¿Quién era ella, que había sido deportada a Auschwitz pocos días después de recibir el bachillerato y sobrevivió a lo imposible, tras mirar a la muerte a los ojos? ¿Cómo podía sino mantener distancia, cuando había experimentado en carne propia el desastre y el milagro?

Nada la enfurecía tanto como oír el sonsonete de que el Holocausto es indecible, y que eso explica que sus sobrevivientes, al regresar, se encerraran en el silencio. ¡No! bramaba ella. ¡Si lo único que pedían era eso mismo, hablar!

Pero la gente no quería oír. Y contra el lugar común según el cual primero fue la memoria, y después la memoria fue gradualmente borrada y reemplazada por el olvido, ella creía que para la generación que sobrevivió a los campos, primero fue el olvido. La memoria tuvo que construirse, arraigarse, superar la trampa de la banalización y la negación.

Fue real y muy evidente la incomodidad que sintió cuando, siendo ministra de Gabinete, trató de abrir la discusión sobre el tema. ¿Qué habrá pensado cuando en una recepción alguien le preguntó si el tatuaje que llevaba en el brazo era el número del guardarropa?

Una vez tuvimos una discusión. Fue en 1993, tras retransmitir yo a Mitterrand un mensaje del presidente bosnio Alija Izetbegovi, en el que este comparaba Sarajevo con el gueto de Varsovia. Poco después, concerté una reunión entre Izetbegovi y el presidente francés en París. Antes de la reunión, Veil, Izetbegovi, varios amigos de Bosnia y yo cenamos en la planta alta del restaurante Lipp en París. No se anduvo con remilgos: “Cuidado con las comparaciones; por muy terrible que sea la situación en Bosnia, de nada sirve identificarla con el sufrimiento incomparable de los judíos”. Izetbegovi escuchó, asintió y, extrañamente, pareció estar de acuerdo.

Así era ella: imperiosa y amable, irascible y generosa.

Hay que decir en su descargo que nadie señaló la singularidad del Holocausto con tanta precisión como ella. Un crimen, dijo, sin rastros (sin órdenes escritas, sin directivas oficiales en ningún lugar); sin tumbas (su padre, su hermano y su madre, convertidos en humo y cenizas, sin otra lápida que su memoria y, más tarde, su autobiografía); sin ruinas (cuando años después regresa a Auschwitz, encuentra un lugar pacificado, neutralizado, lavado); sin salida (los habitantes de Sarajevo, de Ruanda, de Camboya, podían, al menos en teoría, huir; pero el sello del Holocausto es que el mundo mismo se convirtió en una trampa); finalmente, sin razón (puestos a elegir entre despachar un tren con soldados al frente o un tren con judíos a los hornos, los nazis elegían siempre lo segundo).

Y además, claro, la cuestión de Europa. Después de la guerra hubo dos respuestas. La del filósofo y musicólogo Vladimir Jankélévitch: la culpabilidad ontológica de Alemania; la irremediable corrupción de su lenguaje a manos de Hitler; la promesa de no querer saber nunca más nada de su cultura o de su pueblo. Y la de Simone Veil: nada de culpas colectivas; si el alemán es la lengua del nazismo, también lo es del antinazismo; la creencia en una Europa posible, con Francia y Alemania (las dos llorando a sus fantasmas) como pilares.

El filósofo francés Gaston Bachelard dijo hace un siglo que el mundo podría reducirse a una serie de copyrights. La relatividad de Einstein. La duda de Descartes. La risa de Bergson. El infierno de Dante. Y hoy: la Europa de Simone Veil. Trato y trato de poner otros rostros al nombre de la princesa Europa, pero el suyo es el único que me viene a la cabeza.

La última vez que hablé con Simone fue hace diez años, cuando tuve el honor de entregarle el Premio Scopus de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Fue con su marido, Antoine, y con sus hijos, Jean y Pierre-François. Estaba cansada, pero animada. Intranquila, pero sin nostalgia. En su discurso, en el que elogió la paz, la ciencia y el derecho, citó cambiada la frase del filósofo Martin Heidegger, diciendo: “solo una palabra puede salvarnos”.

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento Nouveaux Philosophes y autor de libros como “Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism”, “American Vertigo: un viaje por Estados Unidos tras los pasos de Tocqueville”, y el más reciente “The Genius of Judaism”. © Project Syndicate 1995–2017

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