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Rotundamente, ¡no!

Actualizado el 01 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Se debe revisar el proceso de desconcentración en la CCSS

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¿Es la democracia la causa de nuestros problemas económicos, sociales y culturales? Y si así fuera, entonces, ¿establecer una dictadura sería la solución a esos problemas? Rotundamente, ¡no!

Sobran los ejemplos (Corea del Norte, Cuba, Venezuela, etc.) que demuestran que con dictaduras no se avanza sino que se retrocede fatalmente. Alexis de Tocqueville nos diría que volvamos a leer su obra maestra, “La democracia en América” que más de 160 años después nos explica cómo surge una sociedad democrática.

El desarrollo de un país en democracia y libertad nunca ha sido empresa fácil; en parte porque deben hacerse confluir una cantidad grande de factores y circunstancias, pero además, porque tienen muchos enemigos externos e internos, que siempre están tergiversando los hechos y los proyectos, obstaculizando las acciones y condenando a priori toda idea nueva o nuevo planteamiento; aferrados al pasado y llenos de prejuicios, producto de temperamentos caprichosos y una ausencia casi total de buena lectura, no aportan nada a la solución de nuestros problemas y le atribuyen la persistencia de las deficiencias a los otros, a cualquier otro, menos a ellos mismos.

Son los que cegados por la ignorancia y fanatismo insisten en imitar a Gobiernos fallidos, como una persona conflictiva que vive causando problemas pero que cree que la culpa es siempre de los demás o de las circunstancias; por ellos existen los manicomios o los tribunales de justicia.

En países gobernados por déspotas como los citados anteriormente se han podido identificar las siguientes inconveniencias de la concentración de poder y centralización de todas las decisiones en sus sistemas de salud:

•Esteriliza el pensamiento y paraliza la acción.

•Mutila la autoestima y promueve el servilismo hacia la autoridad central.

•Atenta contra la libertad.

•Comete muchos errores, pero se los atribuye a los hospitales.

•Desarrolla una actitud de prepotencia en las oficinas centrales y a veces se establece un régimen de terror.

•Incrementa la burocracia por medio de informes, formularios, evaluaciones innecesarias, etc. Y les resta tiempo a los profesionales para atender a los pacientes.

•Aumenta la corrupción en el nivel central porque maneja sumas enormes de dinero y en los hospitales como reacción contra el despotismo, desaparece la mística de trabajo y la entrega a los pacientes.

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•Fortalece a los sindicatos y, por eso, estos están contra la desconcentración.

•El personal necesita identificarse con su lugar de trabajo y llegar a considerarlo suyo para estar satisfecho y sentirse orgulloso de ser parte de ese hospital; nadie desde un hospital se puede sentir identificado con las oficinas centrales.

•Reduce la capacidad de crear o innovar y de tomar decisiones.

En nuestro caso, la ley de desconcentración en la CCSS no fue implementada plenamente; a ello se opusieron los mandos medios de la institución que convencieron a los jerarcas de que era algo peligroso y en esas condiciones, doce años después le echaron la culpa a esa ley, de las deficiencias de operación de los hospitales que ellos mismos provocaron y todo para aumentar el poder de los burócratas dentro del juego de poder, autoridad e influencia que permanentemente se lleva a cabo en las instituciones, aun cuando posiblemente en los hospitales también se cometieron errores.

En todo caso, lo que parece razonable ahora, es revisar objetivamente el proceso, definir mejor qué se desconcentró verdaderamente y qué no y por qué, cuáles aspectos funcionaron y cuáles no y dónde, pero, especialmente, la relación entre nuestro modelo de servicios de salud y las deficiencias persistentes en la calidad de las prestaciones.

No es, de manera alguna, el espíritu de la ley el equivocado, sino los responsables de su implementación, unidos a una alarmante negligencia, improvisación y casos de corrupción impunes; los mismos que han conmovido a la institución en sus propios cimientos y los que hacen que la brecha científico-tecnológica entre países ricos y pobres en los últimos 50 años, de 30 a 1, pasó a ser de 400 a 1.

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