Opinión

Rojos, pero no comunistas

Actualizado el 25 de diciembre de 2013 a las 02:39 pm

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Rojos, pero no comunistas

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Poco antes de las once de la mañana, mi mamá solía decirle a alguno de mis hermanos: “Vaya y se fija por dónde viene”; si ninguno estaba disponible en ese momento, ella misma salía al corredor de la casa, abría el portón y miraba hacia el sur, en dirección a la cúpula de la catedral de Alajuela. Si no veía lo que buscaba, regresaba a la cocina, continuaba con la preparación del almuerzo y, al rato, volvía a atisbar. Después de que, por fin, me divisaba –un diminuto punto en la distancia–, sus idas y venidas se sucedían con intervalos de diez minutos, justo para medir mi grado de avance.

El ritual se repetía todos los días, excepto el domingo. A las seis de la mañana, todo el sueño que fieramente se resistía a abandonar mis ojos desaparecía mágicamente al contacto con el agua fría. Después de un desayuno frugal –café con leche y pan–, mamá alistaba mi lonchera y, de camino al mercado, me dejaba en la puerta del antiguo edificio del Instituto de Alajuela, frente al parque Central. A ese inmueble se trasladó la Escuela República de Guatemala (kindergarten incluido) en 1966, cuando sus instalaciones fueron condenadas a la demolición para construir un plantel nuevo.

En el parque. Del portón de mi casa al umbral del viejo Instituto había, exactamente, quinientas varas (un poco menos, si uno atravesaba el parque por el medio). No recuerdo cuánto duraba a la ida, en la mañana, pero, a la vuelta, tardaba aproximadamente una hora. El regreso era, así, un proceso de larga duración, explicable por todas las escalas que yo hacía.

Apenas salía del kínder, mi primera parada natural era el Cine Milán, en el que me detenía a contemplar los carteles de las películas que se iban a exhibir esa semana, con especial atención en la escogida para la tanda de la una de la tarde del próximo domingo. Luego, con la excusa de ir a ver los peces rojos –por el color, no por comunistas– que había en el estanque de la fuente, deambulaba un poco por el parque con la esperanza de toparme casualmente con mi tío Buroy (Salvador Soto, reconocido jugador y entrenador de la Liga Deportiva Alajuelense), siempre dispuesto a socorrer mis finanzas personales.

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Finalizada la etapa del parque, atravesaba los jardines de la catedral para tomar agua –supuestamente bendita– en la gruta de la Virgen. De vez en cuando, sobre todo si tenía un delicado asunto pendiente o un sofisticado proyecto financiero de arriesgada y difícil realización, entraba al templo, me arrodillaba y, después de un padrenuestro y un avemaría, trataba de llegar a un acuerdo mutuamente satisfactorio para Dios y para mí.

Revelación. En la esquina noreste de la catedral, con su imponente cúpula al fondo, experimentaba diariamente un conflicto entre mis deseos y mis recursos. Enfrente estaba la pulpería de don Diago, quien vendía, a diez céntimos, unos adictivos helados de leche agria.

Por lo general, tenía el dinero suficiente para permitirme ese láctico placer, pero, si lo gastaba, quedaba en quiebra por el resto del día; además, si cedía a la tentación –como ocurría casi siempre–, me exponía a las inevitables represalias posteriores por llegar desganado para el almuerzo.

Pronto comprendí que lo que me convenía era comer el helado dentro de la pulpería, y tardar lo más posible en andar las últimas doscientas cincuenta varas. En ese dilatado trayecto, empecé a reconocer a otros niños, vecinos míos, uno de los cuales se convirtió en un destacado dramaturgo y otro en fiscal general de la República.

Casi al final del recorrido, y por si lo veía, pasaba en cámara lenta frente a la casa de mi amigo Ramón, quien –sin saberlo– tuvo un decisivo impacto en mi vida. En una de esas ocasiones, cuando mis días en el kínder llegaban a su fin barridos por los vientos iniciales de noviembre, él me reveló que, en la incipiente televisión de entonces, transmitían un programa extraordinario, llamado Perdidos en el espacio .

Vagamente recuerdo que, una noche de domingo, tuve mi primer contacto con esa serie y quedé, ya para siempre, atrapado “en el universo libre y sin fin” (el verso es de Rafael Alberti) de la ciencia ficción, mientras la Navidad de 1966, con su atuendo de colores y maravillas, empezaba a asomarse por encima del horizonte.

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