Opinión

Revolución silenciosa y las nuevas generaciones

Actualizado el 04 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

El país introdujo la tecnología en las escuelas públicas hace ya casi tres décadas

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En la columna Enfoque de hace unos días, Varguitas llama la atención respecto a la importante transformación que experimenta nuestra economía, y una evolución, sin mucho aspaviento, pero resueltamente, hacia una oferta valiosa y cada vez más sofisticada de bienes y servicios vinculados a las nuevas tecnologías digitales.

Esta “revolución silenciosa”, como la llama él, genera buenos puestos de trabajo e ingresos sustantivos para el país, en un esquema que ofrece múltiples beneficiosos: puede desarrollarse desde organizaciones relativamente pequeñas y no requiere necesariamente grandes inversiones o edificaciones.

Además, son operaciones limpias cuyos gastos de energía y de otros insumos son de moderados a bajos, que pueden manejarse en armonía con la naturaleza y conciliarse con una agenda de desarrollo urbano y de vida familiar (teletrabajo por ejemplo).

Son operaciones intensivas en conocimiento y en innovación y tienen un futuro prometedor.

Entre los factores que posibilitaron esta revolución, está sin duda la educación, aun con sus muchas debilidades. En particular, la decisión pionera que tomó el país hace 28 años de introducir las tecnologías en las escuelas públicas, con una visión del para qué y del cómo, que sigue siendo un modelo de referencia internacional.

Mientras los países más avanzados introducían las computadores a la secundaria, y fundamentalmente para alfabetizar en lo tecnológico a los jóvenes prontos a entrar al mercado laboral, Costa Rica decidió llevarlas a primaria para desarrollar en las nuevas generaciones competencias estratégicas: aprender a resolver problemas y a colaborar mediante el uso de métodos como la enseñanza de la programación en un ambiente lúdico (el laboratorio de informática educativa).

Desde primaria. El porcentaje de niños y jóvenes que encontraron en esas tempranas experiencias con la “tortuguita” de Logos, y más tarde con otros lenguajes de programación, un terreno fértil para el desarrollo de sus talentos y sus intereses, ha sido clave para el avance de un sector de la economía pujante y exitoso.

De paso, se fue atendiendo la brecha digital asociada al acceso a la tecnología al punto que Costa Rica, según la Cepal, muestra una de las menores desigualdades en términos de acceso entre zonas rurales y urbanas de Latinoamérica.

El desafío es que todos los estudiantes del país tengan acceso, al menos en los centros educativos, pero ojalá también en sus casas.

Todos los docentes deben saber aprovechar las nuevas tecnologías para enseñar y hacer un uso inteligente de estas, que ayude a reanimar la educación, de cara a las nuevas generaciones que habitan en el mundo digital de manera natural y fluida, a diferencia de sus maestros.

Se estaría además contribuyendo a cerrar las diferencias en las oportunidades educativas que el país aún soporta, como lo recuerda el recién publicado Informe Estado de la Educación .

La sociedad del siglo XXI es sin duda digital, conectada, basada en el conocimiento, la colaboración y la innovación.

Costa Rica debe continuar el camino que lúcidamente inició al apostar por el desarrollo de las personas, una senda en constante trasformación, en la que las grandes plataformas de servicios y recursos que van surgiendo están a disposición de las personas y ofrecen oportunidades extraordinarias al país.

Sin embargo, y a pesar de haber empezado de primeros y de que los frutos de estas iniciativas están a la vista, Costa Rica corre el riesgo de quedarse rezagada si no actúa diligentemente.

Conectar los centros educativos a estas plataformas, por ejemplo, es una tarea inaplazable.

Reconozco y me gusta esa revolución callada y profunda que Varguitas nos señala, y me gusta la fuerza creativa de nuestros jóvenes, quienes deberán muy pronto sumarse y profundizar esa revolución. No debemos dejar que esa fuerza se debilite por falta de herramientas o decisiones.

Leda M. Muñoz es directora de la Fundación Omar Dengo.

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