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Retomar la paz para la región

Actualizado el 21 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Hoy se registrenmás homicidios que durante las guerrasde los años 80

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Retomar la paz para la región

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Centroamérica conmemora en el 2012 veinticinco años de la firma del Plan de Paz de Esquipulas II, patrimonio político de la región que puso fin a cruentos años de destrucción, odio y desesperanza. Este atestigua el genuino compromiso de gobernantes y actores de la época, quienes administraron diferencias y construyeron condiciones que mejoraron la vida de millones de centroamericanos.

Con el mismo entusiasmo de aquellos días, hoy se necesita reeditar y concluir aquel improbable, el cual, a pesar de sus bondades, no ha logrado que los fusiles dejen de dispararse ni impedido que las armas continúen circulando descontroladamente en esta franja continental.

Trípode de paz. Circunstancias geopolíticas, fiscales y agrarias, así como el desfase del multilateralismo respecto de las necesidades de posguerra, solo permitieron cumplimentar la desmovilización de miles de soldados y combatientes, pero impidieron la concreción del desarme y la reinserción social, precisamente las etapas encargadas de blindar y hacer irreversible el Plan de Paz.

¿Cómo se le explica a una generación que aprendió a hacer de la guerra su oficio de vida, que a partir de aquel acuerdo político, su trabajo era prohibido y, consecuentemente, debía deshacerse de su arma y dedicarse a otros asuntos, sin poder regresar a sus actividades fundamentalmente campesinas? Si aquello ya era un rompimiento identitario, la situación se agrava ante la ausencia de opciones laborales y educativas que les permitiera contar con ingreso económico y continuar sintiéndose valiosos en la vida.

No es de extrañar que en este contexto de paro forzado y Estados incapaces de ejercer plenamente el monopolio del uso de la fuerza y proveer de servicios públicos a toda la población, sean el crimen organizado y otros grupos irregulares quienes aprovechan para nutrir sus filas con miles de guerrilleros desmovilizados, así como de pandilleros deportados masivamente de la costa oeste de los EE. UU. a finales de los ochenta, cuyas habilidades en desuso vuelven a ser altamente cotizadas, ahora en la ilegalidad.

Ciertamente estaríamos peor si no se hubiese firmado la paz; sin embargo, su ejecución inconclusa ha establecido condiciones que imponen severas trabas al progreso económico y violaciones flagrantes a los derechos humanos.

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Centroamérica paradójica. En estos años, Centroamérica (CA) ha transitado hacia la constitución de democracias funcionales, con niveles relativamente exitosos de estabilidad política y económica, que no han prevenido deterioros significativos del desarrollo humano ni evitado que se registren más homicidios que durante la guerra de los ochenta.

Este nuevo tipo de violencia es fundamentalmente urbana, carece de tintes ideológicos, se apoya más en la desigualdad que en la pobreza, mina el capital social, afecta principalmente a las personas jóvenes y la magnitud de su mortalidad es epidémica y equivale a la detonación de una bomba atómica en cámara lenta.

En sentido clásico, la región es territorio libre de guerras, pero el narcotráfico y sus actividades conexas la convierten en la zona más violenta del mundo.

Retomar la paz. Afortunadamente, en los últimos años han brotado nuevos liderazgos conscientes de la obligación de implementar medidas alternativas para enfrentar la multicausalidad de la violencia. De la mano de la sociedad civil y municipios, y con el apoyo del sector privado empresarial y la comunidad internacional, los Gobiernos se han propuesto la disminución de la criminalidad y el fomento de mayores niveles de tolerancia y convivencia democrática, mediante el restablecimiento de redes comunitarias para la formación de capital humano, la promoción del emprendedurismo, el fomento de la cultura de la legalidad y el establecimiento de programadas para la niñez y la juventud orientados a la utilización alternativa del tiempo libre.

Este esfuerzo de retomar la paz requiere acompañarse del compromiso político y ciudadano con la superación de los déficits en desarrollo humano y calidad de la democracia, mediante políticas que reformen el tejido social y mejoren la legitimidad de las instituciones. Para ello, precisa limitar la influencia de los Gobiernos en los entes electorales, transparentar el vínculo entre dinero y política, devolver la presunción de santidad a los sistemas de justicia y promover un profundo proceso de reformas sociales, probadas como el único mecanismo para revertir el carácter epidémico de la violencia que siente la región.

También se necesita de una diplomacia profesionalizada y un multilateralismo diligente, que promuevan entendimientos en la prevención, represión y persecución regional del crimen, que incluyan la armonización de legislaciones y procedimientos para el adecuado control de las armas de fuego y municiones, la correcta administración de arsenales y la regulación de los servicios privados de seguridad, de manera que la seguridad continúe siendo un derecho efectivo y oportuno para toda la población.

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La encomienda histórica al liderazgo democrático de la región es la de recuperar los bríos y la madurez política para concordar, completar y blindar la espléndida obra pacificadora iniciada hace un cuarto de siglo. Centroamérica se sabe sobrestudiada y reclama el despertar de sus élites, las que durante estos años parecen haber hallado una zona de confort al lado de la inequidad, la violencia y la corrupción.

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