Opinión

Respuesta al señor canciller

Actualizado el 04 de abril de 2014 a las 12:00 am

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El Dr. Enrique Castillo, canciller de la República, publicó el 26 de marzo un comentario en el que hace referencia a uno de mi autoría, publicado el 5 del mismo mes, intitulado: “El pueblo del general, en su laberinto”. En él, comenté que, tras denunciar la injustificada inacción del secretario general de la OEA y de las democracias latinoamericanas en el caso de Venezuela, había preguntado respetuosamente a la señora presidenta, por qué se había mantenido en un “tenaz silencio”.

El señor canciller escribió: “El Gobierno comparte la legítima preocupación de la señora Gordienko por lo que acontece en Venezuela, pero nuestra posición no es la de quienes, con sus acciones o palabras, terminan por atizar una ruptura institucional o, incluso, un golpe de Estado, como algunos sugieren, una salida que solo agravará la situación del pueblo venezolano”.

Luego, explicó que el Gobierno emitió un comunicado, el 14 de febrero, en el que deplora las manifestaciones de violencia que han causado luto y dolor, expresa preocupación de que se exacerbe la confrontación que perturbe la paz y la estabilidad de Venezuela, y manifiesta su esperanza de que los sucesos se solucionen mediante el diálogo y el entendimiento entre el pueblo y el gobierno venezolano. Agrega que desde la Celac, Costa Rica ha alentado las posiciones responsables y la importancia del pleno respeto de los derechos humanos. Don Enrique concluye que no me informé apropiadamente antes de opinar sobre el tema.

Deseo empezar manifestando que el señor canciller es uno de los ministros más sobresalientes de esta Administración, por lo que me siento honrada de que mi artículo haya llamado su atención; aprecio que un alto funcionario de atienda de forma expresa las preocupaciones ciudadanas. Sin embargo, su respuesta no alivia mi inquietud ni la de muchos costarricenses que sentimos que nuestro Gobierno no ha actuado con suficiente contundencia. Esa postura tan prudente fue la que califiqué de “tenaz silencio.”

Silencio. Ciertamente, pude usar un término más asertivo, como “pasividad”. Pero creo que no decir lo que se debe es una forma de silencio; que cuando una democracia ejemplar como la nuestra, no condena claramente las detenciones ilegales, el homicidio de jóvenes manifestantes, la expulsión o cierre de los medios de prensa independientes, y otras graves formas de represión antidemocrática, estamos callando; que cuando solo insta al diálogo a sabiendas de que no hay equidad de condiciones entre las partes no hay garantía de respeto a los derechos de los opositores al régimen, ni a los acuerdos que se tomen, nuestro Gobierno está callando.

La denuncia de supuestas conspiraciones internacionales y de intentos de derrocamiento son los señuelos típicamente utilizados por los déspotas cuando temen perder su poder abusivo. Con esa excusa, Maduro ha sustituido el principio de inocencia por el principio de culpabilidad.

¿Cómo se puede dialogar con un tirano lunático que, cuando está de buenas, insulta y pone apodos ofensivos a quienes lo critican; y, cuando está de malas, los persigue, encarcela y tortura sin derecho a un juicio con las garantías debidas?

Aplaudo la postura de nuestra delegación ante la OEA en la sesión en que la diputada venezolana Machado denunció la gravedad de la situación. Sin embargo, se puede hacer más. Muchos ciudadanos y formadores de opinión lo han expresado con insistencia.

Lucha de todos. El 24 de marzo, una de las mujeres más ilustres y competentes de este país, doña Elizabeth Odio, expresó en un programa de radio: “Es muy doloroso que los mecanismos políticos que hemos creado en América Latina no le están sirviendo de nada a Venezuela, ni siquiera para tender esos puentes de diálogo que son tan necesarios. Venezuela es uno de esos penosos ejemplos de que no siempre las voluntades mayoritarias que salen de las urnas electorales, pueden legitimar una democracia. En una democracia, todas las personas deben gozar de unos derechos fundamentales que deben serles respetados a todos por igual. En Venezuela, en este momento, están ocurriendo violaciones gravísimas de los derechos humanos. Que no me digan que la OEA y la Celac no pueden hacer nada más que sentarse a observar una situación que puede llegar a ser más grave de lo que ya es si no se da un paso positivo”.

Y en el caso concreto de la posición de Costa Rica, la periodista Vilma Ibarra preguntó “¿por qué no hacemos nada, por qué no decimos nada de cara a la situación de Venezuela?”. Doña Elizabeth dijo: “Es no solo preocuparnos, no solo dolernos, es también hacer algo. La situación venezolana requiere acciones.

En nuestro Gobierno tenemos dos funcionarios excepcionalmente buenos y muy conocedores de la relaciones internacionales, que son el canciller Castillo y la vicecanciller Gioconda Úbeda, con los que valdría la pena tener una conversación franca y abierta. Sabemos que en el mundo diplomático no se puede andar diciendo qué se hace por colaborar con una situación como ésta; pero sí sería bueno que se supiera que, en el pueblo de Costa Rica, de largas relaciones con Venezuela, se está hacienda alguna cosa (…) Panamá ha actuado un poco en solitario, pero ha levantado una luz de alerta”.

Los abusos del régimen de Maduro han sido exhibidos por miles de ciudadanos venezolanos, por medios internacionales y por periodistas de renombre, con imágenes y evidencias clarísimas. El columnista Enrique Krauze afirmó en esta misma página: “Así se da la triste paradoja de que los venezolanos, que con Bolívar hace dos siglos liberaron a medio continente, hoy luchan solos por su libertad”.

Señor canciller: aún estamos a tiempo de que, con tono categórico y acciones políticas claras, Costa Rica acompañe al pueblo venezolano en esa lucha.

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