Opinión

Réquiem por el posmodernismo

Actualizado el 22 de abril de 2012 a las 12:00 am

Uso yabuso de la palabra mágica que sirvepara todo

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Réquiem por el posmodernismo

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Está muerto hace días y huele mal. Solo hace falta enterrarlo bien sin posibilidad de que resucite. El problema es que sus dolientes se resisten panza arriba a aceptar que se trata de algo que tiene anquilosadas sus mentes y que no deja progresar el pensamiento hacia otros horizontes. Cerca de medio siglo repitiendo las mismas cosas como si hubieran encontrado la piedra filosofal cuando en realidad lo que han hecho es congelar y cristalizar sus cabezas.

Durante todo ese tiempo, en clases, conferencias, artículos, libros y foros he oído los mismos nombres y las mismas teorías con un fervor digno de mejor causa. Lo repiten como si se tratara de una verdad revelada. Es un Olimpo en el que reinan Derrida, Foucault, Barthes, Habermas, Lyotard, Vattimo y una larga caterva de dioses menores con culto propio.

Babel informativa. Ha llegado un punto en que “posmoderno” se ha convertido en una palabra mágica, el abracadabra de todas las puertas, que hace sentir bien al que habla y al que escucha. Para indicar que se está al día, que se es profundo, basta decir que se es posmoderno, que en realidad es tomar del brazo a un moribundo: no sólo hay filosofía, cultura, arte, historia o arquitectura posmodernas; también la música, el cine, la poesía, la moda, la pintura, la publicidad, la culinaria o la peluquería son posmodernas (no tardaremos en oír hablar del fútbol posmoderno en cabeza de Leo Messi).

Todas esas variables tienen sus practicantes o mentores que se regodean con su apellido de “posmodernos” como si se tratara de la avanzada permanente del pensamiento. Como quien dice: “Antes del posmodernismo está la asquerosa modernidad que hay que machacar y después del posmodernismo que venga el diluvio ( aprés moi le diluge! )”. Toda su esencia es la antimodernidad y todo su futuro es la transmodernidad. Bien confiesa Habermas que se trata de unos “jóvenes conservadores” que están creando una nueva Ilustración o, si se prefiere, con Vattimo, habría que decir que se trata de una babel informativa, sincrética y presentista, lo que él tan acertadamente llama “pensamiento débil” que igualmente podía denominarse anémico, enclenque, lánguido o demodé .

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El soberano absoluto. Los antiguos decían que la filosofía era la servidora de la teología para indicar la subordinación de la verdad filosófica a la teológica. Ahora habría que hablar de que el posmodernismo es el soberano absoluto al que rinden pleitesía millones de personas que ni siquiera saben lo que eso significa. Haga usted la prueba y pregúnteselo a alguien, o busque la palabra en un diccionario de filosofía y trate de entender de qué va el asunto; verá la sorpresa ante lo ininteligible. Como diría Ortega, hablando de otro tema, aquí hay una “contradictio in terminis”, es decir, algo que es confuso en sí mismo y que nadie lo define del mismo modo porque es melifluo y escurridizo, como la “animula, vagula y blandula” de la que hablaba Adriano al borde de la muerte.

Respetar la realidad. Los posmodernistas juegan con la confusión como método. Para ellos la filosofía debe usar un lenguaje esotérico, que los demás no entiendan porque eso es sinónimo de profundidad y de seriedad; más o menos la verdad llega al mundo de la filosofía de su mano. Mejor, de la mano del “giro del lenguaje” que es el que realmente moldea el pensamiento; la verdad es una simple perspectiva y la persona un simple constructo mental.

“Primum vivere, deinde philosophari”, decían los antiguos: “vivir primero y después filosofar”. Habría que decirle ahora a estos señores posmodernistas: ¡Fuera la jerigonza, por favor, respeten la realidad!

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