Opinión

Repensar las instituciones internacionales

Actualizado el 27 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Repensar las instituciones internacionales

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OXFORD – Cuando se establecieron las instituciones de las Naciones Unidas (ONU) y Bretton Woods tras la Segunda Guerra Mundial, hace casi siete décadas, el poder económico y político estaba concentrado en manos de unos pocos países “victoriosos”. Lograr consensos sobre cómo restaurar el orden internacional era entonces relativamente fácil. Pero, desde entonces, la gobernanza global se ha tornado cada vez más confusa, obstaculizando los avances en áreas que afectan a todo el mundo.

No solo son más de 190 los países los que actualmente forman parte de la ONU, también han proliferado instituciones internacionales con financiamiento público y ni siquiera se ha cerrado una sola institución multilateral desde la Segunda Guerra Mundial. El resultado es una amalgama ineficiente y confusa de mandatos superpuestos.

Mientras tanto, porciones significativas del sistema internacional carecen de financiamiento suficiente para lograr progresos significativos en áreas críticas, un problema que solo empeorará a medida que crezcan las necesidades y expectativas de una población mundial en continua expansión. En este contexto, los avances en temas mundiales –como el cambio climático, los delitos informáticos, la desigualdad del ingreso y la crónica carga de enfermedades– resultan esquivos.

Por cierto, los esfuerzos de muchos organismos con financiamiento público tienen impactos positivos reales y duraderos en el mundo. De hecho, las instituciones internacionales han encabezado grandes avances en una gran cantidad de áreas, que incluyen a la salud, las finanzas, la economía, los derechos humanos y el mantenimiento de la paz. Pero esas instituciones se perciben en gran medida como inaccesibles, ineficientes y opacas, por lo que sufren la desatención de los Gobiernos nacionales. A medida que disminuyen su legitimidad y financiamiento, también lo hace su eficacia.

Superar los desafíos del siglo XXI requerirá una revisión y renovación integral de las instituciones internacionales. En su informe Now for the Long Term (Ahora para el largo plazo) , la Comisión Oxford Martin para las Generaciones Futuras –un grupo de experimentados líderes y académicos (nosotros incluidos) convocados para ayudar a formular respuestas a los desafíos mundiales– propone mecanismos para encarar este proceso.

Por ejemplo, incorporar cláusulas con fecha de vencimiento en las estructuras de gobierno de las instituciones con financiamiento público garantizaría una revisión regular de su desempeño y objetivos. Las instituciones que hayan cumplido su mandato, o sean incapaces de responder eficazmente a las cambiantes demandas, deberán ser cerradas y sus recursos, redirigidos a esfuerzos más productivos.

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Para evitar ese destino, las instituciones existentes deben adaptarse a las cambiantes dinámicas del poder mundial. Esto significa una mayor representación no solo de las economías emergentes más importantes, como China, India y Brasil, sino también de países como Nigeria e Indonesia, que albergan conjuntamente a más de 400 millones de personas.

Las organizaciones internacionales y de asuntos internacionales están organizadas en gran medida según criterios de mediados del siglo XX, que adolecen de dos graves defectos. En primer lugar, los países cuya participación se reduce mantienen un poder desproporcionado. En segundo lugar, la toma de decisiones mundiales involucra ahora al cuádruple de países que en la época inmediata a la posguerra, sin mencionar una plétora de organizaciones no gubernamentales y grupos de la sociedad civil, que generan un proceso desordenado y a menudo improductivo.

Como la complejidad e interconexión de los problemas mundiales es cada vez mayor, los procesos para la toma de decisiones mundiales deben racionalizarse y ser más eficientes, tanto como sea posible. Cuando numerosos comités se reúnen en paralelo, los países con mayores equipos de expertos dominan los procedimientos, dejando de hecho fuera de las decisiones claves a la mayoría de los países e impidiendo un diálogo significativo.

Para aumentar la productividad de las negociaciones globales, la Comisión Oxford Martin recomienda crear coaliciones de países motivados, junto con otros actores, como ciudades y empresas. A medida que los resultados mejoren, la legitimidad de los organismos internacionales se verá fortalecida y, con el tiempo, eso aumentará la disposición de los países a delegarles poderes.

Además, la Comisión propone la formación de plataformas voluntarias para facilitar la creación de tratados mundiales en áreas fundamentales. Por ejemplo, un intercambio impositivo y regulatorio ayudaría a los países a avanzar sobre la elusión fiscal y armonizar los impuestos corporativos, promoviendo al mismo tiempo la cooperación y el intercambio de información. De igual manera, una plataforma de intercambio de información sobre seguridad informática podría resultar decisiva para la comprensión y prevención de los ataques digitales, y la respuesta a ellos.

A medida que los Gobiernos aprendan a colaborar entre sí y con otros actores, como empresas y grupos de la sociedad civil, se recuperará la fe en el poder de la cooperación internacional. En ese tipo de entorno, salir de la parálisis que afecta a cuestiones mundiales urgentes sería mucho más fácil que en la actual atmósfera de desilusión y desconfianza.

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La sencilla verdad es que la interconexión se ve acompañada por la interdependencia. Para proteger los espacios mundiales compartidos de todo tipo, los líderes mundiales deben buscar soluciones conjuntas de la manera más inclusiva y eficiente posible, un proceso que solo puede lograrse a través de las instituciones internacionales. Si se fracasa en este aspecto, se amenazará el tremendo progreso que la globalización ha facilitado en las últimas décadas.

Los cambios necesarios no tendrán lugar de la noche a la mañana. Pero, si los Gobiernos, las empresas y la sociedad civil trabajan juntos, son posibles y prometen un futuro más sostenible, inclusivo y próspero para todos.

Pascal Lamy, ex director general de la Organización Mundial del Comercio, es presidente de la Comisión Oxford Martin para las Generaciones Futuras.

Ian Goldin es director de la Escuela Oxford Martin en la Universidad de Oxford y vicepresidente de la Comisión Oxford Martin para las Generaciones Futuras.

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