Opinión

Renunciar a la violencia para demostrar la buena voluntad

Actualizado el 22 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Firmamos un acuerdo que transformó la vida de millones de seres humanos

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Renunciar a la violencia para demostrar la buena voluntad

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Por muy desolador que parezca, el relato de nuestra especie ha sido escrito con puntuación de violencia. Hemos medido el paso de los años con el calendario de la fuerza. Pocos son los episodios de concordia entre todos los seres humanos. Pocas son las épocas de armonía y fraternidad. En el vasto inventario de vivencias humanas, rara vez nos hemos permitido una oportunidad para la paz duradera.

La historia humana puede leerse como la tensión entre dos fuerzas, entre el poder de los halcones y las palomas de la política. Al ritmo de ese péndulo hemos escrito los pasajes más cruciales de nuestra vida colectiva. Hace veinticinco años, ese péndulo se inclinó del lado de la paz en Centroamérica.

¿Qué rasgos distinguieron nuestra historia de la de tantos otros que aún sufren el dolor de un conflicto armado? ¿Cuánto influyó el contexto, el momento, los actores, o la suerte en la producción del resultado? Las circunstancias que antecedieron la firma del Plan de Paz son bien conocidas. Las cifras de los muertos y los heridos, de los desplazados y los desaparecidos, pueblan las repisas de las bibliotecas. ¡Pero hay tanto que las cifras no recogen! ¡Tanto que se esfuma en el recuento oficial! Hay algo intangible en el dolor de una guerra, algo que envenena el aire con la angustia y la conciencia insoportable de la muerte.

El Plan de Paz nació en medio de esta madeja de frustraciones, tras el fracaso final de los procesos de mediación de algunos Gobiernos latinoamericanos. Nuestras probabilidades de éxito tienen que ver con qué firmamos, quiénes lo firmamos, cuándo lo firmamos y bajo qué condiciones lo firmamos.

¿Qué firmamos? El Plan de Paz es un documento corto y preciso. Tiene como único propósito alcanzar la paz y la democracia en la región, y no se detiene en los detalles operativos. Cuando existen múltiples partes en una negociación, con intereses distintos y a menudo contradictorios, es vital definir la meta y reducir el ruido, porque cada parte presenta sus contrapropuestas y pretende implementar su propia agenda.

El gran mérito del Plan de Paz no fue haber sido un documento ideal, sino haber sido un documento posible, que garantizaba su propia supervivencia al exigir que las naciones celebraran elecciones libres y perfeccionaran sus instituciones democráticas.

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¿Quiénes firmamos? A pesar de la presión de Washington para excluir a Nicaragua de las negociaciones, el Plan de Paz incluyó desde un principio al gobierno de Managua, porque no es posible conducir una negociación exitosa si no se encuentran presentes los legítimos interlocutores de un conflicto.

Enfrentamos presiones ingentes de parte del gobierno del presidente Ronald Reagan y de los regímenes de Mijaíl Gorbachov y Fidel Castro. Pero defendimos nuestra voluntad. No solo porque era nuestra, sino porque ninguna guerra ideológica justifica la muerte de seres inocentes. La paz la decidimos únicamente las partes signatarias, porque, si bien un líder debe rodearse de opiniones, debe escuchar argumentos y estudiar la crítica, al final del día debe decidir con cargo exclusivo a su conciencia.

¿Cuándo firmamos? Al presentar mi Plan de Paz a los presidentes centroamericanos, comprendí que el tiempo transcurría en contra de nosotros. Las potencias mundiales presionaban por redoblar la presencia militar, mientras la paciencia internacional se agotaba producto de la frustración y el desgaste. Al reunirnos en la ciudad de Guatemala, en agosto de 1987, de alguna manera entendimos que aquella sería nuestra única oportunidad. Saber eso, sentir que la vida de millones de centroamericanos estaba atada al designio de unas cuantas horas, nos infundió la fuerza que necesitábamos. Desde el momento que presenté el Plan de Paz, hasta el día en que firmamos, transcurrió poco más de medio año. De haberle dado largas al diálogo, quizás habríamos terminado por rendirnos.

La lógica del Plan de Paz era exigir el cese al fuego como condición para dialogar. Renunciar a la violencia para demostrar la buena voluntad. Así firmamos un documento que cumple hoy un cuarto de siglo. Así firmamos un acuerdo que transformó la vida de millones de seres humanos. Ojalá los líderes del mundo se atrevieran a renunciar a la violencia como ficha de juego. Quizás se sorprenderían de la autoridad que tiene la palabra desarmada. Quizás se asombrarían de saber cuánto puede hacer una persona cuando tiene de su lado nada más que la razón y la verdad.

“La historia es una pesadilla de la que intento levantarme”, decía el héroe del Ulises de James Joyce. Durante muchos años, la humanidad ha intentado levantarse de una pesadilla de guerra. La violencia que alimentó los mitos e inspiró las epopeyas sigue dictando la saga del mundo. Demasiado pronto y con demasiada frecuencia, bajamos los brazos, volvemos la vista y damos la orden de fuego. Demasiado pronto y con demasiada frecuencia, renunciamos a la vía diplomática. Pero no hay escrito un destino de dolor para el hombre. Nadie ha dictado aún las páginas futuras de esta progenie deslumbrante, que aún en medio de las armas, es capaz de amar y perdonar, capaz de construir e imaginar.

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Los últimos veinticinco años en Centroamérica han sido un instante de quietud, un momento en silencio a la orilla del mar.

Pero por ese momento, por esa quietud, realmente vale la pena vivir y luchar. Por hacer de la paz la opción principal. Por hacer del diálogo la única salida. Por hacer de los próximos siglos, el final de la larga pesadilla.

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