Opinión

Regreso a la montaña y el río

Actualizado el 08 de octubre de 2016 a las 12:00 am

Un hotel en Dota está dedicado a la protección de la naturaleza y el medioambiente

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Regreso a la montaña y el río

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He regresado, una vez más, a la montaña mágica y al claro y bello río Savegre en el Valle de San Gerardo de Dota, que se extiende en las faldas del cerro de la Muerte. Es, hasta cierto punto, un regreso al hogar, ya que en ese bello y mágico lugar pasé con mi esposa, Ángela, la segunda y varias otras lunas de miel, y ahí también inicié una amistad con sus propietarios, Efraín y Caridad de Chacón, y vi crecer a sus hijos junto con los nuestros.

Hace ya varios años publiqué, en esta misma página, un artículo en el cual conté cómo se había iniciado la aventura de convertir una montaña primaria y cerrada en, primero, una finca ganadera y agrícola y, luego, en un próspero hotel.

Las nuevas generaciones no conocen esta historia por lo que, en su beneficio, la cuento de nuevo. En busca de un mejor destino para su incipiente familia, llegó al valle un joven, Efraín, y su todavía más joven esposa, Caridad, y se enfrentaron a la soledad y a la fiera naturaleza.

Durante varias semanas durmieron bajo los árboles mientras construían la primera pequeña choza, que los medio protegía del frío de la noche, pero siguieron durmiendo sobre el duro suelo. En unas de las pocas salidas que hacía Efraín al pueblo más cercano, decidió llevarle de sorpresa a su joven esposa un colchón de paja. El camino lo hacía sobre el lomo de una vieja yegua que conocía la montaña casi mejor que él.

Iba lleno de ilusión por la grata sorpresa que iba a dar, y ya se imaginaba la alegría de su esposa, pero, al pasar un árbol de ramas bajas, pegó su cabeza en un panal de avispas que picaron la yegua, la cual corrió espantada llevándose de frente ramas y cuanto objeto se le puso por delante. En la carrera, unas espinas rompieron el colchón y la paja fue quedándose por el camino. Caridad lo que recibió fueron unos pedazos de tela sin nada dentro. Así que durante más tiempo la pareja siguió durmiendo en el suelo.

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El inicio. La primera vez que visitamos San Gerardo de Dota todo era muy primitivo y sencillo. No había calefacción ni luz eléctrica. Todas las noches con el frío llegaban las luciérnagas que parecían reflejar el brillo de las estrellas; tampoco tenían un restaurante y los pocos huéspedes compartían la deliciosa comida que preparaba Caridad junto a la chimenea que aplacaba un poco el frío que, como un manto invisible, cubría la casa y la arboleda que blanqueaba la luz de la luna.

Ahí, en el zacate suave que rodeaba como una serpiente verde las cabinas aprendió a caminar mi hija Silvia que ahora, una señora profesional, profesora de yoga e intérprete, nos acompañó esta vez junto con su hija Daniela.

Por cierto, en esa primera visita, Silvia no daba un paso sin estar sostenida de algo o de alguien, pero cuando comenzó a caminar había que tener cuidado que no se fuera montaña arriba en busca de quetzales.

Con el pasar del tiempo todo ha ido cambiando y cada uno de los 11 hijos ha ido creciendo y tomando un papel importante en beneficio de la familia. Cada vez que uno se casa, construye su casa, rodeada de bellos jardines, y asume una función específica.

Recuerdo que la primera vez que visité este bello lugar, Marino era un adolescente delgado y tan rubio que parecía que venía de un país nórdico. Carlos todavía estaba en la escuela primaria y ahora está a cargo del cultivo de las truchas y un vivero. Rolando se pasaba jugando con nuestros hijos y ahora es el gerente del hotel.

Fines mayores. La propiedad mide 500 hectáreas y la mayor parte es un bosque primario en el cual no hay caminos sino solo senderos, para beneficio de los huéspedes que pueden disfrutar de la tranquilidad de la naturaleza sin la interferencia de humo o ruidos mecánicos.

Guido Fernández, quien fue director de La Nación y quien creó la Página quince del periódico, me contó en una ocasión que, cada vez que podía, pasaba unos días en ese lugar tan tranquilo y bello e, incluso, pudo ahí por fin terminar un libro que había iniciado hacía varios años y que solo pudo terminarlo en ese mágico lugar.

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Me contó Efraín que ha hecho un gran esfuerzo para que la montaña se mantenga igual y protegida para siempre: “Aquí no se corta un árbol por ninguna razón. Más bien sembramos todo el tiempo más árboles, sobre todo aguacatillos, que producen el alimento de los quetzales”.

En una parte del bosque de robles, muchos centenarios, crecen cientos de hongos de todos tamaños y de todos los colores, algunos venenosos, otros comestibles y varios medicinales. La National Science Foundation, el Museo de Historia Natural de Chicago y el Jardín Botánico de Nueva York han donado los fondos para el estudio de esas plantas talófitas, pero los Chacón proporcionan el hospedaje, el tiempo y el esfuerzo para lograr el objetivo final de hacer avanzar el conocimiento científico.

Tanto Efraín como sus hijos, ven el hotel no como un fin, sino como un medio para lograr fines más importantes, como la protección de la naturaleza y el medioambiente. Han firmado acuerdos con varias universidades de prestigio mundial para efectuar estudios en defensa de la fauna y flora nacionales.

Son estudios que ayudarán a comprender mejor la naturaleza y que seguirán sirviendo a la humanidad cuando nuestra generación sea solo un recuerdo.

El autor es periodista.

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