Opinión

Reflexiones de un navegante

Actualizado el 14 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Reflexiones de un navegante

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He navegado desde niño sobre las iracundas e impredecibles aguas de nuestra Mar Dulce y cada ola que sorteo a bordo de mi pequeña lancha, La Bachi, es como un círculo que se repite una y mil veces viniendo desde nuestros ancestros, que también navegaban por nuestro inmenso lago admirando su esplendor y su belleza incomparable.

Pero no lo había hecho desde que nuestro Gran Lago de Nicaragua enfrenta la siniestra perspectiva de ser partido con una gigantesca zanja en su lecho, para que puedan transitar por el los supertanqueros petroleros y los megacontenedores “Post Panamax”, luego de la concesión de nuestra soberanía al nuevo rey Midas chino, Wang Jing, quien ha prometido convertir sus aguas en casi oro puro para sacarnos de la pobreza.

La idea de ver pasar un supertanquero surcando el Cocibolca con las consecuencias ambientales que ello implicaría, antes y después de la construcción del canal, asaltaba mi mente con cada ola que sorteaba, mientras observaba a lo lejos –con cierta nostalgia– el espectacular regalo con que nos premió el Creador, sembrado en su centro con la hermosa isla de volcanes gemelos en forma de ocho: Ometepe.

Por un momento quise tomar aquel extraño sentimiento que me embargaba con humor, porque, aunque remota, la posibilidad existe. Entonces, en medio lago detuve la lancha y llamé a algunos amigos y familiares, a quienes dije a carcajadas: “Te llamo desde las iracundas e impredecibles aguas de nuestra Mar Dulce a bordo del buque insignia del Almirante de la Mar Dulce para informarte que aún no he visto pasar un buque de Wang Jing por aquí. Estaré en permanente vigilancia y disposición combativa y les llamaré nuevamente en cuanto vea pasar uno”.

Espero que nunca tenga que hacer esta llamada, porque, si la hago, significaría que nuestros nietos jamás van a poder disfrutar de las limpias y tibias aguas de nuestra Mar Dulce, a como lo hicimos nosotros cuando éramos niños y lo seguimos haciendo ahora, ya no digamos beberlas en un grifo en San Juan del Sur o en Juigalpa, primeras ciudades que calman su sed con las aguas del Cocibolca.

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Navegaba en la misma zona donde todas las rutas canaleras previstas coinciden: la amarilla, la roja, la verde, la azul, todas ellas cruzan de Ometepe (zona sur oeste del Maderas) a Las Lajas. Por ello, esta vez iba más atento a la ecosonda que otras veces, y la profundidad marcaba exactamente 36,7 pies en toda la ruta, o sea, 11,2 metros. El fondo del lago es muy plano, como desierto bajo las aguas.

Según anunció Wang Jing, cuando se estrenó en su “magistral” conferencia de prensa en Pekín, poniendo el mapa de Nicaragua al revés, el canal necesitará 26,7 metros de profundidad a lo largo de los mas de 80 kilómetros que tiene la ruta más corta sobre el lago.

Volumen de sedimentos. Es inimaginable el volumen de sedimentos que tendrán que extraer del lago y su efecto sobre la calidad de sus aguas. Peor aún: las miles de toneladas de dinamita que necesariamente tendrán que poner en el lecho del lago, a todo lo largo del canal, para romper las formaciones rocosas de basalto (llamada popularmente la piedra azul), que inevitablemente van a encontrar en su lecho, debajo de la arena y los sedimentos. Ni pensar en el efecto devastador de estas descargas en la vida lacustre, que aún subsiste en el Cocibolca, a pesar de la depredación ambiental de que ha sido objeto en años recientes.

Fue el 19 de julio, uno de los tres días que anduve navegando bajo el acoso permanente de este pensamiento. Pero, ese día, me recompensó la naturaleza con un atardecer tan espectacular, que tenía que dejar grabado para la posteridad en mi pequeña cámara digital.

Fue algo realmente excepcional. Yo iba navegando en Ometepe desde San Ramón hacia Valle Verde al terminar mi infructuoso día de pesca. De repente salió el sol que no había brillado en todo el lluvioso y brumoso día. Lo vi, paré la lancha y me quedé deslumbrado. Procedí a sacar mi cámara digital, que ya tenía bien empacada en un bolso impermeable, para captar aquel inolvidable espectáculo.

Desde la verde cima del Maderas, semejando una “erupción” de colores, se levantaba un arcoíris completo y brillante, que cruzaba el Lago hasta “caer” en territorio tico cerca del volcán de la Vieja. Fue un atardecer de encanto que no hubiera sido posible, de no haber sido que la atmósfera estaba superlimpia, pero cargada de átomos de agua ambulantes que capturaron la luz en todos sus colores.

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Los rayos del sol, por primera vez en ese día, iluminaron Ometepe, los cerros gemelos, que como gigantescas pirámides de perfecta simetría sostenían, sobre sus verdes cimas, las nubes enrojecidas por el sol poniente, tal como dijo, admirado, Mark Twain, 146 años antes de la llegada de Wang Jing.

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