Opinión

Reflexión sobre el matrimonio

Actualizado el 03 de agosto de 2013 a las 12:01 am

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Reflexión sobre el matrimonio

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El auténtico matrimonio que precede toda legislación es heterosexual por naturaleza. Tiene un carácter natural y prejurídico. Es una realidad preexistente que encuentra su fundamento en la propia naturaleza humana. La naturaleza es la esencia y propiedad característica de cada ser. La esencia es lo permanente e invariable. Lo importante y característico. La esencia de las cosas no cambia.

La esencia del matrimonio es dos sujetos (varón y mujer) unidos entre sí por un vínculo matrimonial (Javier Hervada). Es la unión de dos personas concretas, sexualmente distintas y complementarias. El amor conyugal se distingue de otro tipo de amor en su específico carácter sexual. Tiene un rasgo específico: la diferenciación sexual. Esto es predicable para el matrimonio canónico, civil, islámico u otro.

Realidad originaria. El matrimonio es una realidad originaria, una realidad existente en todo momento que sigue pujante, a pesar de las encuestas, y dejando admirados a quienes la encontramos, la vivimos, la luchamos, y, aun así, a quienes pretenden redefinirla, cambiarla o anular su identidad. Trasciende esta realidad lo jurídico, porque tiene un origen alegal. El matrimonio no lo inventaron los abogados ni los curas. Tampoco es un invento o construcción social. No es un tema legal o religioso, es un tema humano de una enorme trascendencia social. Un tema nuclear en la política. “Sin familia, no hay sociedad posible”.

“La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Esta idea está plasmada en el apartado 3 del artículo 16 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. La familia es fundamento por naturaleza. El orden social cuyo fundamento es la familia requiere una tutela de las relaciones que la originan. Relaciones como el vínculo conyugal sobre el que se genera la maternidad, la paternidad, la filiación y la fraternidad. Estas relaciones deben descansar en un orden jurídico que las proteja.

Realidades distintas. Debemos reflexionar y ser cuidadosos en el tratamiento y regulación de realidades distintas. No cohonestar exigencias contrarias. La noción de justicia exige dar a cada uno lo suyo, lo que le es debido (su derecho). Dar a cada uno lo suyo, pero no dar a todos lo mismo. La justicia está en el plano del ser. Las cosas deben llamarse por su nombre y no confundirse, equipararse o nivelarse. Corremos el peligro de atribuir unas calidades, derechos, deberes a situaciones que por su naturaleza no las tienen.

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El matrimonio tiene un fin distinto a otro tipo de convivencias y tiene una antropología distinta. La regulación debe plantearse qué modelo de sociedad desea. Si desea proteger a la familia fundada en el matrimonio monogámico heterosexual que tiene un carácter vincular y tendencialmente comprometido, tendrá que protegerlo y promoverlo mediante una legislación que fortalezca este modelo originario y natural.

El Estado no define al matrimonio. Esta realidad precede al Estado y al derecho y, por tanto, solo merece su justo reconocimiento y su justa regulación. Darle lo que le es propio, lo que le pertenece. No podemos poner un mismo fundamento sobre realidades distintas. Debemos edificar sobre principios suprapositivos, más allá de la voluntad de los Estados y de los hombres, que nunca serán de izquierda o de derecha, sino principios cimentados sobre verdades esenciales, objetivas y universales.

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