Opinión

Recurrir a los dirigentes de base

Actualizado el 14 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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El 2 de febrero sucedió lo inesperado. Las encuestas no conducían a pensar que Luis Guillermo Solís podría ganar y algunas, como la del Centro de Investigaciones y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica –publicada por la Prensa Libre el 23 de enero– le daba a Solís solamente el 9,5% de la aceptación popular, con un 20,4% para Johnny Araya. Lo interesante de esta encuesta fue que alertaba sobre un crecimiento significativo de Solís –que había comenzado casi desde cero– y de un estancamiento, tanto de Araya como de Villalta. Recuérdese que Solís, al inicio de la campaña, afirmó: “Saldré a las calles a conversar con la gente porque a mí nadie me conoce”.

Si esta encuesta era acertada para su momento, no lo era, en cambio, la posibilidad de que, en diez días, Solís ascendiera de ese 9,5% –que lo colocaba en cuarto lugar– a un 31%, para alcanzar el primer lugar el 2 de febrero.

Sin precedentes. Un resultado de esta categoría no tiene precedentes en la historia política nacional y, tal vez, ni en el mundo de las democracias, si recordamos, además, que Luis Guillermo no ha sido un político profesional, sino un profesor universitario, con unos pocos años en la burocracia diplomática. Hasta el momento, lejos ha estado de un liderazgo político sobresaliente. A pesar de lo sucedido, todavía tiene que demostrar que su éxito es producto de cualidades personales y no del boom creado por los periodistas.

Entonces, Solís, si no es un globo que han inflado, es un fenómeno político que merece atención especial, porque podría dar algunas sorpresas más. Pero, como la lucha continúa, lo que ahora la realidad obliga a descubrir es el nuevo procedimiento que tendrán que emplear los dos contendientes que se han de disputar la presidencia de la República el próximo 6 de abril, tomando en cuenta que las circunstancias son totalmente distintas. Para un resultado inesperado, una inesperada estrategia.

Ambos candidatos están obligados a inventar, y aquí es donde la nueva situación exige la presencia de estadistas.

Ninguna universidad del mundo enseña a gobernar, puesto que el arte del gobierno tiene que ver más con los procedimientos que con los objetivos y principios. Nadie ha escrito todavía un tratado de estrategias políticas de aplicación universal. Ni se ha escrito ni se podrá escribir. Lenin lo intentó, pero solo para la revolución rusa. El error de todos los dirigentes comunistas del mundo fue creer que podían aplicar los consejos de Lenin en Asia, África o América.

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Imaginación. De Araya y Solís, el que necesita mayor imaginación es Araya, pero ambos están obligados a presentar un plan de acción totalmente distinto, si quieren triunfar el 6 de abril. Por el momento, nadie puede levantar banderas triunfadoras; solo apreciamos un empate, con sonrisas sorpresivas por un lado, y entrecejos arrugados, no menos sorpresivos, por el otro. En política, como en futbol, nadie puede cantar victoria antes del pitazo final.

¿Qué hacer? Opinaré sin que me lo hayan solicitado. Araya, en este momento, está completamente solo frente a un grupo que lo ha venido apoyando, y que ahora algunos de sus integrantes lo abandonan porque son incapaces de señalar nuevos senderos. Los grandes errores han quedado expuestos. El cambio debe ser de ciento ochenta grados. Nada de volver a comparar partido con partido, candidato con candidato, trayectoria con trayectoria. No más repetir lo que Araya ha hecho. Ahora solo queda mirar hacia delante. El alcalde de San José debe desaparecer para dar lugar al aspirante con propiedad a la presidencia de la República.

Por otra parte, olvidarse de que Luis Guillermo Solís existe durante este corto plazo podría ser una buena táctica. Lo que se dijo en la campaña que terminó no se debe repetir. El único que le puede dar el triunfo a Araya es el Partido Liberación Nacional, que es, al parecer, el que ha sido marginado.

Medida de urgencia. Prescindir de inmediato de ciertos asesores es una medida de urgencia y, luego, unirse con toda la fuerza del espíritu con la dirección política tradicional del Partido. Convocar a cientos, a miles y, con ellos, recorrer caminos, pueblos y hogares con la bandera verde y blanco en alto. Acercarse a la historia, a la tradición, a la esperanza siempre fecunda en la única organización política que ha levantado y fortalecido la democracia de este país. Solo las bases del Partido Liberación Nacional pueden evitar la derrota. Si Araya sabe estimar el valor de los dirigentes de base, esas bases responderán. Y, para todo esto, no se necesitan millones de colones; solamente voluntad, coraje y fe. El pueblo liberacionista es generoso y no cobra por luchar en lo que se cree.

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Consejo que da un viejo batallador social que siempre creyó – y sigue creyendo– que los dirigentes políticos superiores deben unirse con sus partidos, defendiendo sus principios y combatiendo por sus objetivos. Esta es actitud que reclaman los pueblos y exige el mejor comportamiento democrático. Todo otro pacto es bastardo.

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